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Ciclismo urbano

Salta: más linda que nunca gracias a nuevas ciclovías y estacionamientos para bicicletas

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La Ciudad de Salta tiene al rededor de 700.000 habitantes, se encuentra en un valle con condiciones únicas: poca humedad, un invierno sin lluvias, zonas de planicie y distancias relativamente cortas para pedalear; pero desde hace al menos 15 años que este potencial no había sido aprovechado desde los gobiernos tanto provinciales como municipales. La bicicleta había dejado de ser vista como un vehículo válido y se le adosaron varios estereotipos: un medio de transporte de la clase baja, un juguete de niños o simplemente un medio de recreación y deporte.
La pandemia vino a plantear un nuevo escenario en muchas ciudades del mundo y “La Linda” no fue la excepción. El municipio, representado por la intendenta Bettina Romero, puso a la bicicleta como prioridad en la gestión. Así fue como en el mes de mayo se anunciaron 22 km de ciclovía, se ejecutaron 100 nuevos espacios de estacionamiento de bicis y se lanzaron piezas de comunicación audiovisual a favor de la movilidad sustentable.

Como en Netflix
Si alguna vez vieron el documental Bike vs Cars, se acordarán de la escena donde Aline, biciactivista en Brasil, se emociona al ver la ejecución de una ciclovía en San Pablo luego de años de reclamos y que meses atrás parecía imposible.
Esa misma sensación nos atravesó a los y las activistas de Salta al ver cómo la Av. Belgrano (una de las más importantes de la ciudad) cambiaba su morfología: una carril completo, antes destinado a estacionamiento de autos, ahora lucía dos lineas amarillas horizontales y separadores físicos en toda su extensión; 3.5 km de ciclovía nacían como un nuevo espacio para que fluyesen las bicicletas.
Además de la nueva infraestructura, tuvo lugar la creación del Observatorio de la Ciudad, lo que va a permitir recolectar información sobre cómo nos movemos los y las salteñas, clave para diseñar políticas públicas basada en datos.

La frutilla del postre
Como si todo esto fuera poco, la innovación de Salta no solo se limitó a ser una de las primeras ciudades de Argentina en anunciar la creación de ciclovías (¡y por avenidas!), sino que además involucró a la ciudadanía en los diferentes procesos de su implementación; algo que lamentablemente no sucede con frecuencia. Como parte de la ciudadanía organizada, estoy convencida de que hacernos partícipes del diseño de la infraestructura que nosotros/as mismas vamos a recorrer diariamente contribuye a un ejercicio ciudadano del que todas las partes somos responsables.
Si en algún viaje, de esos que soñamos tener algún dia, les toca venir a mi ciudad, traigan la bici, porque les aseguro que Salta va a estar más linda que nunca.

Por Jimena Pérez Marchetta: alcaldesa de la bicicleta de la ciudad de Salta desde 2019, parte de una red de más de 100 alcaldes y alcaldesas de todo el mundo designados por el proyecto Bicycle Mayor and Leaders Program, promovido por BYCS, una empresa social con sede en Ámsterdam. Su objetivo es acelerar el progreso del ciclismo urbano en su ciudad. | @bicimama | @alcaldiabici.salta

Ciclismo urbano

Elogio del ciclismo lento

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Una de las cosas más beneficiosas que puede aportarle la bicicleta a la vida urbana es una suerte de pacificación del tránsito, naturalmente alocado por una superpoblación de máquinas a motor en las que el único esfuerzo que hay que hacer para andar más y más rápido es apretar levemente el acelerador. Pero los que andamos en bicicleta solemos contagiarnos del insano ambiente de velocidad y apuro que genera la manada automotriz y terminamos intentando ir a su ritmo, o incluso a mayor ritmo a medida que vamos descubriendo que para trayectos urbanos somos realmente más rápidos que cualquier súper automóvil. Y con ello desnaturalizamos a la bici, la convertimos en un apéndice de aquella masa metálica y dejamos de aportarle a la ciudad nuestra más preciada virtud, la baja velocidad.

Además, una de las claves para disfrutar plenamente de la bici en la ciudad es bajar la velocidad y andar más seguros, más placenteramente, llegar a destino más calmados y relajados, disfrutando del momento y de lo que nos rodea. Para nada es necesario imitar a los automóviles, porque para hacerlo nada mejor que bajarse de la bici y subirse a un auto o a una moto…

Por esta demanda de lentitud es importante que para la ciudad optemos por bicicletas que nos permitan una posición erguida y confortable, con buena visión de nuestros alrededores, con mínimos cambios de marcha, con algún portapaquetes para trasladar cosas. Una máquina simple y cómoda. Lo contrario de una súper equipada mountain bike o de esas inútiles símil pisteras que nos obligan a posiciones incómodas, que nos dificultan la visibilidad de nuestro entorno y nos tientan permanentemente a subir la velocidad. El deporte hay que practicarlo en el ambiente adecuado, en la pista o en la montaña, no en la ciudad y mucho menos para trasladarnos.

Andar a baja velocidad nos permitirá vestirnos “de ciudad”, tal como queremos que nos vean al llegar a nuestro destino. Y respetar semáforos y otras reglas de tránsito escritas y no escritas que nos aportarán mucho más seguridad que un casco.

Por último, como regla general, la propensión de los no-ciclistas a subirse a la bicicleta es inversamente proporcional a la velocidad que observan en el tránsito ciclista. Cuanto más lento sea ese tránsito y por tanto más seguro y menos deportivo, más gente se animará a sumarse a la corriente y generar esa masa crítica que el día que la logremos será una importante herramienta de pacificación del tránsito urbano.

La próxima vez que te subas a la bici date 5 o 10 minutos extras para cubrir tu trayecto urbano. Con eso quizás sea suficiente. Te sentirás feliz y hasta un poco extasiado. Y esa felicidad suele ser contagiosa.

Texto: Mario García | Foto: Ariel Sabatella

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Ciclismo urbano

Ciclismo urbano: cuando la noche es nuestra

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No descubro nada si digo que subirse a la bici para andar por la ciudad tiene un encanto especial. Y no hay clima o ambiente que no haga especial a esa rodada, obviamente tomando en cuenta los gustos y preferencias de cada uno, cada uno de las cuales tiene sus fanáticos y detractores.

Están quienes disfrutan el agobiante verano para pedalear y quienes detestan lidiar con el sudor o con el calor que irradia el asfalto. Son estos los amantes del frío y la preparación estilo “capas de cebolla”, con su certeza de que el movimiento les brinda la temperatura ideal. Hasta el viento y la lluvia tienen un gustito especial, casi como si saliéramos a jugar y divertirnos con las condiciones climáticas. Y están los que prefieren salir con los primeros rayos del sol y aquellos de los que vamos a hablar en esta nota (entre los que me incluyo): quienes disfrutamos la ciudad de noche.

Lo imprescindible

Para disfrutar de la noche en bicicleta no voy a pasar por alto las recomendaciones básicas, casi de supervivencia, que todo ciclista urbano que se precie como tal debe tener en cuenta. 

Como partidario del “vestirse para el destino y no para el camino”, no soy muy amigo de la ropa fluorescente o reflectiva, aunque obviamente (y aplicando el sentido común) tampoco recomiendo vestirse completamente oscuros, estilo ninja, porque eso nos hace invisibles a los ojos de los demás. 

Las luces son innegociables. La función de las luces no es tanto que nosotros veamos el camino (las luces de la ciudad suelen ser más que suficientes) sino para llamar la atención y que nos vean los demás. Luces blancas adelante y rojas atrás, deben estar religiosamente puestas cada vez que salgamos a rodar. De hecho, siempre recomiendo tener un juego de luces extra (de las más económicas) por cualquier imprevisto que nos juegue una mala pasada, como perderlas, roturas o que se acabe la pila/batería. 

Otro riesgo que enfrentamos (sobre todo los fines de semana) tiene que ver con el alcohol y la conducción, que hace que tengamos que mantener los radares atentos ante cualquier situación que percibamos fuera de control, para poder anticiparnos y evitar un mal momento.

Todas las noches, la noche 

La nocturnidad tiene varias etapas bien marcadas, con sus características y vida propia, casi como si fueran capítulos diferentes, que los voy a definir de manera completamente arbitraria. 

Desde que los rayos del sol se apagan definitivamente hasta las 22 horas, la noche mantiene la inercia de lo que fue el día. Movimiento, gente que vuelve a sus casas, gente que sale. Si no fuera por las luces nadie notaría la diferencia: ruido, movimiento, la danza de los ciudadanos moviéndose al compás de la rutina. Es quizás el momento donde más precauciones debemos tomar, porque el tránsito es aún intenso y la transición desde la tarde hace que nuestros ojos (y los de los demás) deban adaptarse a la nueva situación. 

Luego de esta primera etapa de intensidad, de repente notaremos que las calles empiezan a despejarse. Casi de un momento a otro notamos que el nivel abrumador de ruido desciende bruscamente y es ahí donde empezamos a relajar (un poco nada más) la tensión del tránsito y es cuando se empiezan a disfrutar las pedaleadas. 

Esta segunda etapa arbitrariamente la defino desde las 22 hasta las 2 o 3 de la madrugada. Las luces de la ciudad en la noche plena le dan un marco más espectacular aún a la travesía. Sea que salimos con destino a algún lugar puntual (al cine, a tomar algo con amigos, a alguna cita) o que simplemente decidimos dejarnos llevar, vamos a poder apreciar el paisaje urbano de avenidas con poca actividad, pudiendo llegar con la vista más allá y apreciar ese horizonte que durante el día se nos hacía invisible. 

Salir a estas horas nos muestra una postal que en nada se parece a la de apenas algunas horas atrás. El movimiento de la ciudad aún perdura y lo vemos en los bares, cervecerías, puntos de encuentro, que de alguna manera la sentimos como la compañía de nuestra rodada, junto con el ruido de nuestras ruedas deslizándose por el pavimento (sí, se pueden oír), que nos hace sentir que vamos flotando sin llamar demasiado la atención, sin interrumpir los momentos de los demás. Es el momento en el que compartimos la calle con otros intrépidos que disfrutan la noche como nosotros, como también con quienes se ganan la vida repartiendo las comidas que muchos están esperando ansiosos en sus casas. Casi de manera implícita, entre ciclistas urbanos se respira ese espíritu de camaradería y compañerismo; difícilmente escucharemos discusiones estériles o agresiones gratuitas entre “compedaleros”. Nada de ruidos molestos, bocinas, motores gritones. La ciudad a esta hora es un territorio fértil, en donde podemos sacar a relucir todo lo bueno que le hace la bicicleta a la ciudad. 

Pasadas las 3 y hasta que el sol vuelve a decir presente se van agotando todos los indicios de movimiento que podíamos ver. Realmente la ciudad se convierte en un desierto y la soledad del pedaleo es algo que definitivamente se puede disfrutar. Quizás también sea el momento en el cual estemos emprendiendo la vuelta o la retirada y sean los últimos kilómetros de nuestro viaje. Nada quita que ahora disfrutemos del encanto de tener las calles casi a nuestra entera disposición. Es el momento de relajar el pedaleo, no dejar que nada nos apure y hasta quizás podamos repasar mentalmente el balance de nuestro día, sabiendo que nos espera nuestra casa y un merecido descanso para nuestras piernas, pero con la satisfacción de haber disfrutado de esos estímulos y postales atípicas que nos regala la ciudad cuando cae la noche, cuando sentimos a cada golpe de pedal que arriba de la bicicleta… la noche es nuestra.

Por Matías Avallone, conductor del programa de radio B Invasión Bicicleta. 

https://twitter.com/matiasavallone | https://twitter.com/binvasionbici

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El Banco Interamericano de Desarrollo desaconseja el patentamiento de bicicletas por considerarlo inútil, burocrático e irreal

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En una reciente publicación de Biciclub (https://biciclub.com/luchemos-contra-el-proyecto-de-patentamiento-de-bicicletas-en-buenos-aires/) informamos que durante este mes de noviembre la Legislatura de la Ciudad de Buenos Aires va a tratar un proyecto de ley que propone un sistema de patentamiento para bicicletas y monopatines con el objetivo de “reducir el robo de estos vehículos”. El proyecto fue presentado por el legislador oficialista Diego Weck, de la UCR Evolución.

Para ello se crearía un Registro Único de Ciclorodados y Dispositivos de Movilidad Personal, que contempla una inscripción voluntaria de esos medios de movilidad para personas mayores de 16 años. Cada vehículo registrado llevará grabado un número de patente y su propietario dispondrá de una cédula verde similar a la de los automotores, ambas cosas con costo a cargo del propietario de la bici.
Todos los ciclistas sabemos que un grabado en la bici no evitará robos ni hurtos, ya que las bicis ya llevan grabado el número de cuadro de fábrica y nada impide que las roben, ya sea para revenderlas como están o para venderlas por partes, ya sea en el mismo distrito donde fue robada o en otro. Como tampoco ni el patentamiento ni el grabado de partes de autos o motos impide que esos vehículos sean robados. Por otra parte, como buenos argentinos que somos, sabemos que esta medida, de aprobarse, sería voluntaria de entrada pero que todo lo voluntario tarde o temprano se convierte en obligatorio, por parte de un Estado voraz, que solo apunta a inventar nuevos recursos recaudatorios en lugar de gastar menos. Y también sabemos que el costo del patentamiento, que el proyecto promete que sería modesto, no tardará en crecer, con el único objeto de alimentar una nueva burocracia estatal. 

En definitiva, podemos afirmar sin sombra de duda que cualquier medida de este tipo desalienta el uso de la bicicleta.

A esta conclusión, que puede resultar a primera vista “caprichosa” e injustificada, llega no solo Biciclub, sino también el Banco Interamericano de Desarrollo (BID), que en un exhaustivo manual denominado Ciclociudades, elaborado en México con colaboración de los Países Bajos, afirma lo siguiente en lo referente a marco regulatorio de la bicicleta como medio de transporte urbano:

“Registro de bicicletas: en el siglo XX desapareció el registro obligatorio de bicicletas. Actualmente, sólo en algunas ciudades de Estados Unidos y Países Bajos se tiene un registro voluntario con el objeto de evitar robos, pero no es un requisito para circular. Por lo tanto, no se deben colocar placas a las bicicletas ni exigir licencia o permiso vigente de manejo a los ciclistas. Como menciona Pardo (2010), es un consenso general (entre quienes se dedican al tema) que es inútil, burocrático e irreal exigir registro obligatorio de las bicicletas, pues éstas no representan un riesgo significativo ni existe una razón específica para exigir su registro. Además, este tipo de requisitos reduce el uso sin generar efectos positivos en las ciudades.”

http://ciclociudades.mx/manual: Tomo II (Programa de Movilidad de la Bicicleta), punto 3.4: La bicicleta en la regulación del tránsito.

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ABC

Clases para aprender a andar en bici en Buenos Aires

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Laureano Núñez es ciclista, organiza salidas en bici para principiantes y da clases para todos aquellos –adultos y niños a partir de los 12 años– que aun no saben pedalear y quieren aprender. Las clases son 100% personalizadas.
Debido a la situación actual, disponen de comunicación electrónica para un distanciamiento social efectivo.
Las clases se realizan en Puerto Madero, una vez por semana, acordando los horarios según los requerimientos de los alumnos, y duran una hora.
La idea es tener nociones básicas de cómo pedalear en la ciudad, aprender la técnica, perder el miedo y practicar. También se enseñan nociones básicas de mecánica (como arreglar una pinchadura y cambiar una cámara) y teoría básica sobre seguridad vial para movernos de forma segura.
Las clases finalizan cuando el alumno siente que alcanzó su meta y siente que puede seguir por si solo.

Más info sobre las clases: 112823-1343

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