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El placer de viajar en bici

Fecha: 04.05.2020

      

Pasaron más de dos años desde que terminé de dar la vuelta al mundo en bicicleta y desde entonces no viajé más en bici; hasta este verano, que salí ansioso, casi desesperado. Y estuvo muy bien, porque lo disfrute al cien por ciento.
Es obvio que tras un viaje de 16 años cuelgues las alforjas y la carpa y te encierres en una casa a ordenar la cabeza y a escribir. A ver todo el material producido, recordar historias y pensar sobre todo lo que traés contigo.
También es obvio que durante meses te metas en el consejo de administración del departamento de tu hermana para derribar a la mafia que administra allí o que te pongas al frente de la obra para arreglar la casa de tu abuela, principalmente si en la ciudad no quedó nadie de tu familia. Hasta es obvio que estudies un poco de filosofía, teología o economía, o que intentes tener una relación con un amor que te quedó allá lejos. Cuando viajás durante tanto tiempo y regresás a tu casa, es obvio que quieras hacer todo lo que no hiciste mientras andabas por ahí. Los seres humanos somos extraño, aunque no siempre hacemos todo lo que queremos.

Mi viaje con Hernán
Luego de engordar ocho kilos y pasar meses frente a la computadora viajé feliz a la Patagonia argentina para volver a viajar en bici. Para ello organicé una propuesta de viajes que publiqué en mis redes sociales y que tuvo más de un millón de reproducciones, miles de comentarios y más de mil consultas por privado. Me sorprende la cantidad de gente que sueña con viajar en bici. Aunque fueron muy pocos los que se lanzaron a la aventura.
El primer valiente fue Hernán, un joven de 34 años; el único que realizó el viaje de los 500 kilómetros tal como lo propuse: desde San Martín de los Andes a Esquel. Demoramos ocho días, con un día de descanso en el Bolsón. Hernán hizo todo bien, se consiguió unas alforjas, compró un portaequipaje además de la carpa y un hornillo; y él mismo puso a punto su bici, la empaquetó y la envió por cargo. Luego viajó en autobús y en avión desde Aldea Brasilera, provincia de Entre Ríos.
El viaje en bici fue perfecto porque Hernán entrenó durante semanas y estaba fuerte, tan fuerte que me dejaba siempre atrás, cuestionándome sobre los kilos que aumenté en Buenos Aires. Por primera vez compruebo que una bicicleta rodado 29 avanza mucho más rápido que una 26, y no es una cuestión de fuerza.
En su primer viaje en bicicleta Hernán quedó encantando, no sólo por todos los lugares que recorrimos o donde acampamos sino por el propio placer que genera viajar en bici. Yo casi no lo recordaba.

Mi viaje con Joao
El segundo viaje lo hice con Joao, un brasileño de 44 años, del estado de Sao Paulo, que tenía experiencia en viajes de bici. Pero Joao no vino entrenado y por ello prefirió que saliésemos desde Bariloche, bajando así el promedio diario de 75 a 50 km. El viaje también duró ocho días, con una parada forzada en el Bolsón, debido a todas las facturas y empanadas fritas que se comió en el camino. Pobre brasileño.
Pedalear tantos kilómetros con alforjas y por la montaña te exige al máximo, por ello cuestioné a la gran mayoría de personas que me escribieron queriendo hacer su primer viaje en bici. El estado físico y un cierto entrenamiento son fundamentales, pero por sobre todas las cosas uno tiene que estar convencido que puede hacerlo.
El viaje de Joao fue más sufrido que el de Hernán, porque nos tocó lluvia y bastante frío. Además Joao se trajo una bolsa de dormir de mala calidad. La temperatura en la Patagonia puede caer a 3 o 4 grados de noche y es muy importante tener buen equipo de camping y buena ropa.
Lo maravilloso de viajar en bici con alforjas es que puedes hacer o deshacer a tu gusto, detenerte y acampar en el más bello de los lugares o buscarte un buen techo donde dormir, como hicimos con Joao. El brasileño se fue maravillado no solo por el viaje en bici sino por la belleza de los paisajes de la mítica ruta 40 y sus parques nacionales, muy distinto a la tierra de samba de donde proviene.

Un viaje homérico
El último viaje lo hice con tres personas, también de Bariloche a Esquel y fue homérico. Claudia vino de Alemania y alquiló bicicleta y todo su equipo a su llegada, para sumarse a Tito y Martín, un padre e hijo que harían su primer viaje en bici.


Ella era una mujer delgada pero con mucha actitud, admirable por sus 55 años. Recuerdo el anteúltimo día, tras una pedaleada por un camino de ripio; cuando llegamos a destino se quebró en llanto. Estaba totalmente emocionada por haberlo conseguido. Aquel día le habían faltado fuerzas en sus brazos durante los últimos metros de una difícil subida y por ello se cayó. Afortunadamente no le paso nada, apenas sufrió unos raspones pero se llevó un gran susto.
Hay dos cosas que son fundamentales para viajar en bici. La primera es contar con un buen espejo y la segunda es controlar la velocidad. Tomar una bajada a alta velocidad puede darte placer, pero no suma, y si por desgracia te caés, lo más factible es que termines muy mal. Recordalo: evitá la alta velocidad.


Martín y Tito terminaron siendo épicos. Vinieron en camioneta desde Reconquista, Santa Fe, tan cargados de equipaje como si fuesen a dar una vuelta al mundo, y casi sin entrenamiento. La bici de Martín tenía un portaequipaje pequeño y frágil que conseguimos reforzarlo el día previo a la partida con unas maderas que encontramos por ahí. Además su bicicleta ni bien partimos comenzó a dar problemas en el descarrilador delantero y no conseguimos repararlo. Por ello Martín caminó muchas de las subidas que existen entre Bariloche y Bolsón, pero no tanto como su padre, Tito, un jubilado de 62 años con 120 kilos. Su bicicleta tenía un sistema de transmisión de doble plato, que no es el ideal para pedalear en montaña. Pero a Tito no le importó. Por el contrario, se mostró muy seguro sobre la posibilidad de hacer el viaje recordando su época de juventud, en la que llegó a pedalear hasta 240 kilómetros en un solo día.
Eso sí, Tito no tenía experiencia en la montaña y por ello caminó cada una de las subidas que existen entre Bariloche y El Bolsón. Sí, leíste bien, cada una de las subidas de los 150 kilómetros que recorrimos. ¡Increíble!


Como en aquel trecho no teníamos camioneta de apoyo, le pregunté un par de veces si quería detener un vehículo para que lo llevasen, pero Tito no quiso. Verlo era admirable, su convicción y paciencia pudo más que su estado físico y cansancio. No le importaba si demoraba, él estaba feliz de estar allí con su hijo, haciendo su primer viaje con alforjas en una región de paisajes sublimes y en pleno contacto con la naturaleza.
Cuando llegamos a El Bolsón contactamos un buen mecánico. Martín arregló su bici y Tito cambió la transmisión por una de tres platos, y así junto a Claudia seguimos viaje, aunque Tito siguió empujando y caminado la mayoría de las subidas hasta llegar a destino. De nada sirvió la asistencia de mi hermano, que con su camioneta nos acompañó el segundo trecho para hacernos unas buenas truchas a la parrilla. Tito, que nunca aceptó subirse a la camioneta, siguió despertando admiración por su fuerza de voluntad entre todos que lo acompañábamos. Era un ejemplo a la perseverancia y a las ganas de hacer cicloturismo.

Gracias a cada uno de mis nuevos amigos por permitirme revivir el placer de viajar en bicicleta. Solo espero que el año que viene sean más los valientes que se animen a cumplir este sueño: viajar en bici.

Por Pablo García

Para info podés contactarlo en: Facebook o Instagram.


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