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Cicloturismo

La otra Cuba en bicicleta

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Un viaje en bicicleta por Cuba por fuera de los tradicionales circuitos turísticos, con mucha información práctica para aquellos que quieran intentar la aventura. Cómo alojarse en casas particulares y comer en los lugares que comen los propios cubanos.

Durante el mes de febrero de 2017 un pequeño grupo de cicloturistas argentinos recorrimos 1500 kilómetros de la mágica isla de Cuba. Al hacerlo en bicicletas pudimos internarnos en la realidad de sus pobladores, compartir sus actividades y comprender cómo funciona esta nación y cuáles son sus costumbres. Como grupo definimos que nuestro objetivo sería recorrer la mayor cantidad de kilómetros, pero teniendo en cuenta que no fuera por lugares preparados para el turismo, buscando conocer la diversidad geográfica, que es mucha pese a lo pequeño del territorio, y sobre todo conocer al habitante, al cubano de las ciudades y del campo. Entre nosotros nos decíamos que era un viaje ciclo-antropológico. El alojarnos en 21 casas particulares nos permitió conocer cómo funciona la sociedad, acompañarlos en sus tareas cotidianas y descubrir rincones que no se promocionan al viajero.

Occidente: Pinar de Río, Artemisa, La Habana, Mayabeque, Matanzas
Desde el aeropuerto de La Habana una combi nos transportó hacia la casa donde nos alojaríamos por 30 dólares, ubicada en el barrio chino. Después de entender cómo funciona el sistema de abastecimiento y comunicación y por dónde transitar con seguridad, estábamos listos para la partida.
Al alba y desde el Malecón de La Habana partimos con rumbo oeste. La ciudad es muy extensa pero absolutamente segura. El tránsito en las carreteras es escaso: predominan camiones, ómnibus, muy pocos autos y llegando a los poblados aparecen bicis, motos y carros. La bicicleta es el vehículo multipropósito de Cuba, muchas con dos pasajeros, con enormes cargas, con jaulas con gallinas, con fardos de pasto. Nos comentaban que en un período en que faltó petróleo, desde el gobierno se entregaron bicis chinas rodado 28 a la población.
El mar nos acompañó por más de 100 kilómetros de carretera costera, hasta que comenzamos a ingresar a la provincia más occidental de Cuba, Pinar del Río, donde se manifiesta la cordillera de Guaniguanico.
La zona del valle de Viñales nos sorprendió por su belleza y diversidad de paisajes, por lo que decidimos permanecer un día recorriendo la zona rural, que es Parque Nacional, donde nos aseguraron que se produce el mejor tabaco del mundo.
Cuando salimos del valle arribamos a la carretera central, una enorme autopista de ocho carriles, vacía, sin autos. Pasamos pueblitos sin mayor interés y sin darnos cuenta el atardecer se nos vino encima y con él la noche, sin tener arreglado el alojamiento.
Todo debe servir de aprendizaje. En Cuba no hay alumbrado en ninguna carretera ni cruce rutero y en los pueblos es escaso. Deambulamos peligrosamente, intentando encontrar un lugar donde dormir. En los hospedajes nos decían que estaban completos, hasta que dimos con un hotel alojamiento a la salida de San Cristóbal. Su dueño, enterado de que éramos argentinos, tomó la decisión de cerrar el alojamiento para atendernos. Nos brindó un dormitorio, donde puso otro colchón en el suelo, así que descansamos entre espejos y pósteres eróticos.
Ante lo ocurrido decidimos planificar los tramos en cuanto a distancia a recorrer y ciudades por dónde pasar en función de que dispusieran de casas de renta. Esto es posible de averiguar en las centrales de policía y en una aplicación para celulares que utilizan los dueños de las viviendas.
Seguimos andando por zona rural, con pequeños pueblos dedicados de lleno a la actividad agrícola, básicamente de arroz, con muchos tractores en la calzada. Los trabajadores nos saludaban alzando sus herramientas a nuestro paso, otros nos seguían en bici y los chicos querían que los fotografiásemos.
En Jagüey Grande se produce un cambio de paisaje en el ingreso a la península de Zapata, un extenso territorio ocupado por la ciénaga homónima. Este es el mayor humedal de Cuba, donde predominan los manglares y habita una especie endémica de cocodrilo. La carretera hasta Playa Larga transcurre por este ecosistema. Allí encontramos alojamiento con una maravillosa familia de profesores universitarios con grandes habilidades culinarias.
Este lugar es una referencia histórica de Cuba, pues Playa Larga se ubica en Bahía de Cochinos, donde en 1961 intentaron desembarcar tropas contrarrevolucionarias.
Seguimos recorriendo la península hasta Playa Girón por una carretera que bordea el mar, entre manglares, con solitarias playas donde parar y gozar de las vistas y de un baño.
Por la noche encontramos a una ciclista estadounidense que recorría la isla sola con bici de ruta y buen equipamiento, armando un derrotero para traer turistas.
Esa noche, para cenar estacionamos las bicis en un porta bici con los temores propios de nuestra tierra. Pasamos más de una hora cenando sin ver nuestras bicis y a nadie se le ocurrió tocar algo, tal cual nos aseguraron los parroquianos que ocurriría.
Región Central: Cienfuegos, Sancti Spiritus, Villa Clara, Ciego de Ávila, Camaguey
Cuando tomamos rumbo a Cienfuegos compartimos con un grupo de ocho ciclistas veteranos franceses varios kilómetros hasta el poblado de Yaguarama, donde en una cafetería de la carretera paramos a probar los sándwiches de pierna (carne de cerdo), causando una revolución entre los parroquianos que bebían ron.
Desde Cienfuegos, hermosa ciudad colonial fundada por franceses, llamada La Perla del Sur, nos dirigimos hacia Trinidad, otra villa de más de 500 años, con un centro histórico declarado patrimonio arquitectónico de la humanidad, con playas muy recomendables. Allí descansamos un día completo.
Siguiendo nuestro derrotero transitamos lo que se llama el Valle de los Ingenios, todo cultivado con caña de azúcar y con el fondo de las sierras de Escambray. La zona rural es productora de papaya, guayaba, bananas, algunos cítricos, ajo y cebollas, además de las tradicionales de café y tabaco.
Bordeando las montañas de Guamuhaya arribamos a Sancti Spiritus. Cruzando un histórico puente de cinco arcos de ladrillo sobre el río Yayabo ingresamos a una ciudad multicolor fundada en 1522 por españoles. El casco histórico, recientemente restaurado, nos dejó sorprendidos por su prolijidad, limpieza y belleza arquitectónica. Todo merece destinar tiempo para recorrerla: el puente de ladrillos, los parques, la catedral y otros edificios, todos de vivos colores.
Un viejo puente de hierro nos despidió de la ciudad en un amanecer neblinoso, mientras se desarrollaba la cosecha de caña de azúcar, en algunas parcelas con máquinas y en otras a puro machete, cargando camiones de doble acoplado.
Luego de 84 kilómetros arribamos a Ciego de Ávila, ciudad sin otra particularidad que ser acceso a las playas del norte y del sur del país, al estar en una parte muy angosta de la isla.
Ahí conocimos a un mecánico de la escuadra local de ciclismo que por la mañana nos acompañó a conseguir agua mineral y salir del pueblo en su vieja rutera de cromo. En esta zona la agricultura da lugar a una cuenca lechera productora de quesos.
Tras 110 kilómetros sin muchos atractivos ingresamos a Camagüey, tercera ciudad en cantidad de habitantes de la isla, otra de las ciudades con centro histórico del 1500, nombrado como patrimonio de la humanidad, cuna del nacimiento del General Agramonte, padre de la independencia cubana.

Oriente: Las Tunas, Granma, Holguín, Santiago de Cuba, Guantánamo
Por la ciudad de Guaimaro ingresamos a la zona oriental serrana de la isla. Este municipio tiene importancia porque allí se redactó la constitución cubana luego de la independencia de España.
Onduladas carreteras nos llevaron por Las Tunas hasta Holguín, llamada la ciudad de los parques (plazas), que se suceden a lo largo de la avenida principal.
Hacia el norte de la ciudad, en la bahía de Gibara, hay una zona de playas. Aquí se produjo el primer contacto entre los europeos comandados por Colón y las culturas nativas. Subidos a un vehículo ruso de marca Moskovich, llegamos a playas que hacen honor a las palabras que se atribuyen a Cristóbal Colon sobre las Antillas: “La tierra más hermosa que ojos humanos han visto.”
Un día domingo emprendimos desde Holguín la anteúltima etapa de nuestro viaje, hacia Bayamo, con la ruta solo para nosotros. Nos sorprendieron pequeños poblados con nombres tales como Cacacum, Limpio Chiquito, Cauto Cristo.
Finalmente emprendimos la última jornada de 140 kilómetros, con mucho desnivel, debido a que estábamos a las puertas de la Sierra Maestra. Grandes extensiones de caña de azúcar, en distintos momentos de la cosecha, con fuego donde ya se había cortado la caña, el aire espeso y con olor a melaza quemada.
Los últimos 50 kilómetros los realizamos en un tramo que ellos llaman “autopista”, una vía de cuatro carriles por mano totalmente asfaltada con interminables subidas. Por allí, llegando a la población El Cristo, faltando unos 12 kilómetros, se ve la ciudad de Santiago de Cuba, el mar y la Sierra Maestra.
Finalizamos nuestro viaje en la Plaza de la Revolución, donde se erige la estatua ecuestre del héroe de la independencia Antonio Maceo y en la esquina opuesta una gigantografía de Fidel Castro.
Luego de 1400 kilómetros dimos por terminado el viaje por la isla, con el cansancio propio de estas travesía pero felices por lo conocido y aprendido y sobre todo sin ningún contratiempo.
Santiago es una hermosa pero calurosa ciudad, en la que cada rincón está lleno de historia de los tres principales momentos históricos del país. Museos, paseos, viejas librerías, el puerto y el cementerio de Santa Ifigenia, donde descansan los restos de José Martí y de Fidel Castro, son un gran atractivo.


Lo que hay que saber
Las cajas de transporte de las bicis en avión se pueden guardar en la casa de renta en La Habana por unos CUC (Peso Cubano Convertible: 1 dólar = 0.90 CUC). Ellos la conservan mientras dure la vuelta a la isla.
– Clima. Hay dos temporadas: verano, muy caluroso, e invierno, cuando fuimos nosotros, donde la temperatura es más benévola, aunque en dos ocasiones tuvimos una máxima de 35°C. Los vientos pueden venir de cualquier lado, depende de la zona, y se puede escuchar el pronóstico en la radio o TV. Amanece muy temprano y oscurece a partir de las cinco de la tarde.
– El estado de las rutas, todas de asfalto, es entre bueno y regular, pero hay poco vehículos; mayormente camiones, tractores y buses.
– Alojamientos. Nosotros utilizamos casas de familia, a un costo de entre 20 a 30 CUC la habitación para los cuatro. Solo reservamos la casa de la primera noche, luego utilizamos su red de relaciones. Una familia te envía a la siguiente. Las familias brindan unos desayunos increíbles por 3 a 5 CUC, al igual que la cena.
– Hay que beber solo agua embotellada o, como los locales, hervida y filtrada. Se consigue agua mineral en botellas de 1.5, 3 y 5 litros a un costo de 1.90 CUC en estaciones de servicio o supermercados. Hay que tener cuidado con las botellas que no estén bien cerradas, porque las rellenan, y con el consumo de hielo.
– Comedores hay de todo tipo y precios. Para nuestro presupuesto reducido utilizamos lo que llaman cafeterías, que son para los nativos y que cobran en la moneda nacional CUP, cenando por 1 a 2 CUC.
– La comida es a base de arroz y frijoles, que pueden ir acompañados de carne de cerdo, pollo o pescado, y ensaladas de la verdura de estación (remolacha, repollo, tomate). Al pan lo adquiríamos en las panaderías del estado por centavos. Se puede tomar jugos exprimidos (sin hielo) o comer frutas, en nuestro caso bananas, papaya, guayaba. En la ruta se puede conseguir jugo de caña de azúcar, muy energético. Se ofrecen unas barras de maní caseras muy buenas.
– Bebidas: hay una marca de gaseosa en lata, Ciego de Ávila, malta y cerveza regionales en botellas de 250 cc de las más variadas marcas, todas entre 1 a 2 CUC.
– Repuestos de bicicletas: no hay nada. Lo que se consigue es todo muy elemental y solo para rodado 28. En La Habana hay un negocio para rentar bicicletas pero básicas. Las cámaras están hechas de cámara de tractor, las venden por metro y hay que llevarlas al ponchero (gomero) para que las pegue según la medida.
– Moneda. Tienen dos: el CUC, que vale aproximadamente un 10% más que un dólar y un poco menos que un euro, y el CUP, la moneda local más difundida en el interior, que equivale a 0.24 de CUC. El dinero se cambia en bancos o en casas de cambio. Para todo trámite se necesita pasaporte. Conviene llevar euros, no dólares, a los que les aplican un descuento del 10%.
– Seguridad. Nos sentimos muy seguros y cuidados tanto de día como de noche hasta en las ciudades más grandes. Lo más peligroso es cuando te pasan en la ruta las guaguas (camiones adaptados para el transporte de personas). Les llamábamos asesinos por las maniobras que realizaban.
– Los argentinos somos muy queridos y respetados, al ser de la patria del Che.

Datos del viaje
– Recorrimos 1400 kilómetros entre el 7 de febrero y el 8 de marzo, pedaleando unos 16 días por las rutas y tres días en La Habana y alrededores, recorriendo otros 100 kilómetros.
– Pedaleamos 70 a 130 kilómetros por día, desde temprano por la mañana y luego de la siesta, evitando el mediodía.
– Gasto promedio por día: 21 CUC por persona.
– Clima: mayoría de días soleados, salvo dos con lloviznas, y el viento un poco anárquico.
– Alimentación. Desayunábamos abundante en las casas de familia donde nos hospedábamos, al mediodía comíamos sándwiches de pierna y por la noche cenábamos en las cafeterías o en las casas donde nos hospedábamos.
– Si uno concurre a los lugares preparados para el turismo los precios suben. Para evitar esto conviene relacionarse con las familias y ellos negocian con su red de servicios.
– Derrotero: La Habana, Bahía Onda, Viñales, San Cristobal, Surgidero de Batabano, Playa Larga, Playa Girón, Cienfuegos, Trinidad, Sancti Spiritu, Ciego de Ávila, Camaguey, Guaimaró, Las Tunas, Holguín, Bayamo, Santiago de Cuba.
– Información adicional: rebord.gustavo@gmail.com.


Por Gustavo Rebord

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Cicloturismo

La increíble experiencia de cruzar el Sahara en bicicleta

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Dejar la ruta de Marruecos con sus pueblos abarrotados de mercados callejeros no fue nada fácil. Me había adueñado de esos bares donde el olor a tajine y verduras con especies saciaban cada día de esfuerzo. El tener las alforjas llenas de frutos secos como almendras, avellanas, duraznos o nueces me generaba tranquilidad, en especial cuando la civilización se alejaba durante varias horas.
Guelmin es considerada la puerta al Sáhara, esa porción de la tierra que pocos se animan a cruzar en bicicleta en verano, con 45ºC grados y en soledad. Sin embargo, el tiempo me enseñaría que la soledad es la mejor compañía y que el calor asfixiante tiene como extra quebrarte los labios por la sequedad y mantener las botellas de agua tan calientes que a veces es difícil beber.

Pero de eso iba este viaje que había empezado un año atrás cerca de Finlandia. Una mañana, mientras estaba desarmando la carpa detrás de una duna, fui testigo de una manada de camellos cruzando el desierto.

Me sorprendió su andar lento pero seguro al mismo tiempo, lo que me llevó a reflexionar acerca de como tenía que avanzar los próximos 3.500 kilómetros.
Las tierras saharauis, ese pedazo del mundo olvidado por la gran mayoría es uno de los sitios más sorprendentes para pedalear. Hay mañanas donde el sol te acompaña con luces suaves con el océano Atlántico al costado. Hay tardes donde una recta infinita se vuelve tan monótona que el esfuerzo es mas mental que físico. Hay días donde no pasa nada. Hay días donde el dorado de la arena se fusiona con una jaima, carpa beduina. Y hay días inolvidables: son cuando llega de Argelia el harmatan, la famosa tormenta de arena.

En una de ellas me encontraba a pocos kilómetros de llegar a la frontera con Mauritania. Cuando los ojos, orejas y nariz se cubren de polvo, arena y viento caliente a pesar de llevar turbante uno entiende que pedalear es inútil. Recuerdo que esas tres horas acostado en la arena esperando a que pasara la tormenta se hicieron eternas. Pero justamente son esos los momentos donde uno valora las cosas mas pequeñas y sencillas. Las cotidianas. Estar sentado con un café viendo el mar. Pedalear con viento a favor. Conversar con extraños y que te inviten a sus casas, etcétera.
Entrar a Mauritania, país #95 en esta vuelta al mundo, fue otra cachetada de la realidad. Si bien había vivenciado lo que es la pobreza de Afganistán, India, Haití o Uganda, el ver a una cabra comiendo cartón y a un grupo de chicos saltando descalzos en un basural no me pasó inadvertido. Bienvenidos al África negra, bienvenidos al África de verdad, pensé.

A pesar de las adversidades, el africano lleva una sonrisa pegada en la cara y siempre, sin importar el lugar o la hora, la hospitalidad pareciera ser su común denominador. Hay pocos destinos en el mundo donde la empatía está tan a flor de piel y el acampar en una comunidad o aldea es tan sencillo como acerarse a conversar unos minutos con el jefe y ser aceptado como uno más.

Es verdad que antes de empezar el viaje estaba lleno de miedos y dudas sobre este continente, en especial en cómo sería cruzar el desierto de Sahara. Sin embargo, a medida que me acercaba a Dakar, Senegal (e iba dejando la ruta con dunas), sentía una confusión de emociones. No solo por haberlo logrado sino porque esa paz tan abrumadora no estaría durante el resto del recorrido. Y así fue.
Si están pensando en vivir una experiencia única, épica, irrepetible y que les marque para el resto de sus vidas, les aseguro que cruzar un desierto en soledad es una de ellas. Porque tan solo se necesitan dos cosas: una bicicleta y confiar en que es posible.
La aventura tuvo una pausa cuando estaba cerca de la frontera con Ghana. Dejé Costa de Marfil a causa de la pandemia y enfermo de malaria cerebral. El regreso a Europa no fue el esperado, pero como dice la canción…: el show debe continuar.
Ahora estoy en Buenos Aires organizando paseos culturales en bicicleta junto a Mariela Cavallo, una guía de turismo experta en contar historias de esta hermosa ciudad. Organizamos paseos de dificultad baja (6 km) con paradas, donde ademas ofrecemos tips de fotografía y mecánica de bici. El paseo finaliza en el lago regatas de Palermo donde los invitamos con un pícnic saludable, un juego sorpresa y les contamos cómo organizar un viaje en bici por el mundo.
Además estoy dando cursos de fotografía de viajes en forma online (vía Zoom).

 

Por Esteban Mazzoncini | esteban.mazzoncini@gmail.com | unviajerocurioso.com | (+54911) 5125-6358 | Instagram/estebanmazzoncini

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Cicloturismo

Viajeros: Galicia y Asturias en tiempos de pandemia

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Me habían hablado del norte de España, especialmente de las bellezas de Galicia y Asturias. También de lo difícil que sería recorrer esa geografía en bicicleta y con 60 kilos de equipaje. Sin embargo, después de atravesar los Pirineos, los Cárpatos y soportar varias tormentas de arena por el desierto de Sahara hacia Mauritania, los obstáculos no eran un problema sino un desafío, como bien dicen en África.
Durante la etapa anterior había recorrido el sur y centro de España y el objetivo de este viaje era visitar el norte para completar la vuelta. El calor de la región de Extremadura, con sus 41 grados, fue la primera sorpresa, a pesar de tener pocos kilómetros con grandes subidas. Por suerte, durante el verano las temperaturas son mucho más agradables en el norte.
Una de las cosas que me había propuesto era viajar a la velocidad del disfrute. Ya no estaba preocupado por cuántos kilómetros podría hacer en un día, sino ser consciente de que estaba pedaleando en tiempos de pandemia (COVID-19) y que por suerte España era uno de los pocos países que permitía viajar nuevamente.
En algunas ocasiones me detenía durante varias horas a la orilla de un río, en un lago o embalse, para refrescarme, sin importar en dónde me atraparía la noche. Bajo esa modalidad y un poco por los consejos de los lugareños llegué a la isla de Arosa, que así la llaman aunque en realidad esté conectada por un larguísimo puente.
La isla está dividida en dos partes. Una donde se ubica el pueblo de Arosa y la segunda enmarcada por el Parque Natural de Carreirón, una zona de bosques, innumerables playas y varios senderos para hacer cicloturismo.


La magia de los viajes hizo que cuando estaba por sacar el equipo de acampada me encontrara con Armando y Flor, una pareja de gallegos muy simpática pero sobre todo muy amable. La hospitalidad está a flor de piel en esta comunidad de España, por lo que es muy común que te inviten a comer o incluso a dormir unos días en su casa, como terminé experimentando. Eso me permitió no solo conocer más de cerca la cultura de Galicia, sino el islote Guidoiro Areoso, el cual se encuentra a solo 45 minutos de navegación en kayak. Es la síntesis del paraíso: agua calma y turquesa, contacto con la naturaleza y anidamiento de cientos de aves.
A una velocidad promedio de 12 km/h continué el recorrido atravesando destinos turísticos como Santiago de Compostela y La Coruña para llegar a los asombrosos acantilados de Loiba, donde se encuentra supuestamente el banco con la mejor vista del mundo (N. de la R.: se trata de bancos de madera al borde del acantilado).
Tanto me habían hablado de este lugar que temía que mis expectativas se derrumbaran al llegar. Pero increíblemente el paisaje hizo que me quedara con la boca abierta durante varios segundos. Era increíble ver cómo las enormes olas rompían contra las piedras, las formaciones rocosas dando lugar a cuevas y la inmensidad del mar Cantábrico perdiéndose en el horizonte. Se dice que en Galicia la llovizna de verano es tan común que es parte del viaje, pero un clima atípico me recibía con una seguidilla de días soleados y con temperaturas agradables.
El banco de Loiba existe y las vistas que desde allí se tienen son verdaderamente increíbles, pero fue más adelante donde encontré los mejores escenarios de toda Galicia. Durante mi recorrido atravesé la Ría da Foz, descubrí la playa de las Catedrales y me detuve varios días en Puerto de Vega para pedalear a la par del mar y en compañía de verdes praderas. La gran ventaja de viajar en bicicleta bordeando los pueblitos que dan al mar es que los desniveles son relativamente bajos.
Sin embargo, la etapa más dura llegaría en los famosos Picos de Europa, donde su parque nacional recibe a los majestuosos lagos de Covadonga, aventura que les contaré más adelante.


A tener en cuenta: es posible seguir la ruta de los peregrinos del Camino de Santiago, que por momentos es la Eurovelo Nº 3, aunque también es interesante salir de los caminos marcados y aventurarse por senderos secundarios. Lo mejor del viaje Sin embargo, la etapa más dura llegaría en los famosos Picos de Europa, donde su parque nacional recibe a los majestuosos lagos de Covadonga, aventura que les contaré más adelante.
A tener en cuenta: es posible seguir la ruta de los peregrinos del Camino de Santiago, que por momentos es la Eurovelo Nº 3, aunque también es interesante salir de los caminos marcados y aventurarse por senderos secundarios. Lo mejor del viaje fue hacer camping libre en los bosques que ofrece la región.
Otra ruta del camino de Santiago muy pintoresca es el camino del norte, o francés, que en agosto 2020 estaba muy tranquilo debido a la poca cantidad de turismo extranjero.

 

EN SÍNTESIS
Fecha: Primavera/verano 2020
Distancia: 273 kilómetros
Contacto: esteban.mazzoncini@gmail.com | unviajerocurioso.com | y @estebanmazzoncini


 

Un curso online para
sacar fotos de viaje

Esteban Mazzoncini es fotógrafo, escritor y Profesor de Educación Física. Vivir para viajar es lo que más le gusta hacer. Explorar nuevos destinos es su mejor manera de disfrutar de la vida, pero además da cursos de fotografía de viajes en forma online (vía Zoom)

estebanmazzoncini@gmail.com | (+54911) 5125-6358

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Cicloturismo

Sudamérica entrañable IV: Colombia

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Ingresé a Colombia por Ipiales, desde donde la Cordillera de los Andes se ramifica en tres: la occidental, pegada al Océano Pacífico; la oriental, que llega hasta Venezuela y por la que me moví yo; y la cadena central.
Aunque los argentinos nos vanagloriemos de nuestra calidez y apertura social, debemos aceptar que tenemos el segundo puesto en ese partido. Colombia fue por lejos el país en el que más cerca de la gente me sentí, en donde en más casas de familia me alojé; todo esto sumado a que el ciclismo lo tienen casi al mismo nivel que el fútbol. Esto genera que, en cualquier pueblo y por más chico que sea, haya una tienda de bicis con todo tipo de repuestos y grupos de ciclismo. Me cruzaba con pelotones casi a diario y de la misma manera que a mí me sorprendía la velocidad que llegaban a desarrollar, ellos no podían creer que mi bici pesase 45 kilos frente a las maravillas de carbono de nueve kilos sobre las que pedaleaban. Esto siempre era motivo de risas y cargadas.
Los primeros días se sucedieron por montañas con un hermoso clima, entre frutales y cafetales. Luego otros transitando por el valle del Cauca para finalmente llegar a la capital de la salsa, Cali, donde por supuesto tomé clases (en vano).


Durante varios kilómetros me crucé con una situación muy triste, que parecía intensificarse cada vez más. Se trataba de caminantes, cientos de venezolanos en grupos de amigos, familias, niños, bebes en coches, caminando al lado de la ruta, llevando sólo lo puesto y durmiendo en plazas o en mitad de la nada. Para ellos el objetivo era salir de su país, pero como Colombia ya estaba saturada, se hacía cada vez más difícil conseguir algo para ganarse la vida, de modo que seguían bajando: Ecuador, Perú…
Desde hacía unas semanas, para ingresar a Ecuador les pedían 25 dólares de “visado”, así que había algunos que iban y otros que volvían de la frontera Colombia-Ecuador. Los que volvían sobre sus pasos era simplemente por no contar con ese dinero. Compartí charlas con muchos venezolanos: abogados, médicos, ingenieros, adolescentes, ancianos, todos emigrantes. Sobre cada situación se podría escribir innumerables páginas de resiliencia, pero por ahora sólo me quedo con el sabor de una realidad que cuesta asimilar.
Siguiendo al norte desvié de la Panamericana para entrar al eje cafetero, con pequeños poblados rodeados de cafetales y casitas de colores. Me entretenía en senderos de montaña solitarios, metidos en una cerrada vegetación, algo simplemente magnífico.
Seguí explorando caminos, a veces acertando, otras insultando. Por esos días se comentaba en todo el país que las FARC (Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia) habían vuelto a levantarse, lo que finalmente terminó por confirmarse.


Éstas suelen hacer un control en medio de algún camino secundario durante algunos minutos y generalmente de noche. Si estás en el lugar equivocado y en el momento inoportuno podés terminar demorado o secuestrado y como supe de algunos casos recientes decidí no acampar libre y por supuesto evitar pedalear de noche.
Ya saliendo del eje cafetero llegué con las últimas luces a un camping abierto donde estaba de paso un escuadrón del ejercito nacional, de modo que dormí entre cajas de municiones y soldados adolescentes que no tenían mayor conocimiento de la lucha que perseguían.
Estuve hasta altas horas de la noche contándoles a estos chicos historias de viajes: Argentina, Messi, y explicándoles por qué anteponemos el “che” al comenzar una oración. Como siempre, la curiosidad termina por derribar las barreras.


Dejé atrás las armas lo más pronto que pude y me metí por un camino que dos días después me conduciría a Medellín, sin antes pasar la noche en un estadio que me fue abierto por orden del alcalde del pueblo, con quien luego intercambiaríamos camisetas de las respectivas selecciones.
Ya estaba entrando a la tierra de los parceros. Me pasé unos días en la Casa del Ciclista de Medellín haciendo algún ajuste a la bici, descansando y recorriendo la hermosa ciudad.
A partir de aquí le apuntaría derecho al Mar Caribe. Tenía dos opciones pavimentadas o una tercera de ripio. La zona por la que pasa este tercer camino es el antiguo territorio de los muchachos de las FARC, pero cuando al fin me enteré de eso era demasiado tarde para cambiar. Al día de hoy agradezco que así haya sucedido, porque fueron los paisajes más bonitos y autóctonos que vi, pero sobre todo donde recibí la mayor hospitalidad.
Por nombrar algunos casos:
s La familia en Yolombó que me invitó a su hogar y me llenaron de bendiciones.
s El playero de la estación de servicio en Zaragoza, que con la banda de amigos de su pequeño hijo salimos a pedalear por la ciudad y que terminé haciendo un service a cada una de sus bicicletas.
s El hombre que no me permitió armar la carpa en una plaza, pero llamó al pueblo siguiente y allí me estaba esperando el director de la escuela para darme el aula de cuarto grado.
s O la tienda de bicicletas en Planeta Rica, a la que llegué a las 15 hs para comprar un inflador y me fui a las 23 hs, después de compartir varias cervezas, además de que me tenían reservada una noche en un hotel.
Si cualquiera de estas actitudes no es la fidedigna prueba que las personas son buenas por naturaleza y que hay que confiar más en ellas, no sé qué será. Al fin de cuentas yo no era más que alguien pedaleando sobre una bicicleta cargada. Llevando la bandera de un sueño, viajando para conocer y conocerme.
Creo que eso genera una empatía casi automática; quizás ven que ayudándome están siendo parte de mi sueño. Por mi parte intentaba devolver esos gestos, invitando una comida, haciéndoles reparaciones en sus hogares, hablándole de lo que hay por estos lados. Lo cierto es que haga lo que haga nunca voy siquiera a nivelar la balanza.
¿Cómo se paga una botella de agua en el desierto o un “dale que ya lo tenés parcerito” en plena subida?
Dejando atrás varios días de barro, cruzando ríos y luchando con los mosquitos, llegaba al extremo norte de Sudamérica, concretamente metiendo los pies en el agua cálida y transparente del Mar Caribe. Ahora seguiría con el mar a mi izquierda, acampando en hermosas playas, pasando por Coveñas, Barú, Cartagena, Barranquillas y Santa Marta, donde dejaría descansar a la bici por un tiempo mientras voluntariaba en un hostel y un velero, pero mayormente yendo de la hamaca a la playa.
Esto era lo más al norte que iba a llegar. Luego emprendería la vuelta a Bogotá, unos mil kilómetros por la ruta del sol, y doy fe que tiene bien ganado su nombre.
Tenía que llegar a Bogotá en cierta fecha porque me recibirían unos ciclistas, pero además tenía el vuelo. De modo que le metí pata, pero al ser tan fuerte el sol, de 11 a 14 hs buscaba una sombra y me echaba a dormir, esperando que el sol amainase. Todo fantástico, hasta que en un día decidí que no pararía. Ese mismo día me agarró un golpe de calor que me tiró dos días en una cama, volando de fiebre y con suero.


Después, bastante débil para darle al pedal, me subí a un bus que completó los 200 kilómetros que me quedaban hasta la capital colombiana, donde después de disfrutarla me subiría a un avión que me dejaría bastante más al sur, en Asunción del Paraguay.

 

*En nuestra edición de octubre (Nº 310) el autor contó el primer tramo de su viaje, desde Tucumán a la frontera boliviana con Perú, en la edición del pasado noviembre (Nº 311) su travesía por Perú, en la edición de diciembre (Nº 312) el tramo ecuatoriano. En nuestra próxima edición: regreso a Argentina pasando por Paraguay.


 

EN SÍNTESIS

Fecha: 2019
Distancia: 2.993 kilómetros
Contacto: bernardogassmann@gmail.com

 

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Cicloturismo

India en bicicleta

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Guillermo Napolitano, creador del proyecto Sumando Bicis, de investigación y promoción de la bicicleta en entornos rurales, inició durante el 2020 un viaje en bicicleta por India. Aquí su reflexiones acerca de las imágenes y de las energías profundas que despierta ese inmenso y misterioso rincón del planeta y su vínculo con su proyecto Sumando Bicis.

Mariposas
Viajar lento…, tomar cada pausa como medio para conocer más de las comunidades rurales y su cultura ancestral hindi… Así sucedió en estas últimas semanas junto a Ganesha, la bici que me acompaña en esta parte del viaje hacia la costa sur de India, con muchas playas que me han sorprendido por su belleza, enormes selvas de palmeras y cultivos de arroz y con la gente más sencilla y feliz que haya visto. Así se me han cruzado cientos de imágenes y experiencias cada día, y fue muy hermoso volver al ritmo del pedal después de tanta intensidad, volver a sentir esa brisa entre montañas y templos bellísimos, volver a sentir esa libertad de no saber dónde se termina el día. Hacia el sur de la región de Kerala una casualidad más de las Indias me hizo cruzar con unos españoles que iban a hacer un voluntariado a la fundación Vicente Ferrer, y esa magia cambió el itinerario, para ir con Ganesha allí a colaborar con el proyecto #sumandobicis, en la región de Andhra Pradesh, la que menos recursos tiene en la India. Seguimos aprendiendo y transformando lentamente, como dice el cicloviajero Álvaro Neil…, ¡a la velocidad de las mariposas!

Transformación en tiempos de pandemia
Relato de transformación en estas últimas semanas…, recuerdos vívidos de experiencias intensas en lo que sería el final de este viaje por la gran India, pero la vida volvió a sorprenderme y aún sigo aquí, tratando de procesar aquel pasado sobre un presente revuelto.
Fue el final de Ganesha también, quien retornó a Shekar, su dueño en Mumbai. Agradecido por regalarme esa pausa tan necesaria que me grabó imágenes imborrables, pedaleando en el extremo sur de una India agobiante de calor y con igual calidez en sus gentes. Como todo final, lo he vivido al límite, como dicen en sánscrito: Antevasin, viviendo en la frontera, mirando siempre a lo desconocido. Así el viaje, así la vida me llevó al supuesto cierre del camino en la mítica Varanasi, aquel sitio donde la vida y la muerte se cruzan de una manera surrealista. La ciudad sagrada para las culturas más antiguas es una forma trascendental de alcanzar el samsara (lo absoluto) y esa energía se siente en cada escalón de los ghats, en cada baño espiritual, en cada cremación donde las almas se liberan del cuerpo.
Así pasaban estos días mágicos, las noticias convertían este final en el inicio de un nuevo viaje, inesperado y excitante. No es casualidad que el destino me cruzó con los aghoris, una tribu ortodoxa del hinduismo que adora a la muerte como superación de los miedos, en momentos donde el temor nos juega fuerte. Será nuestro desafío construir desde nuestras pequeñas burbujitas, porque nada se pierde, todo se transforma.

Cuarentena en Rishikesh
Origen de una cuarentena en India. En el final del viaje sucedió otro viaje, como una vida dentro de mi propia vida, condensada. Hace tres meses me encontré con una situación que se convertiría en una experiencia única e inigualable: la energía del momento me hizo llegar a Rishikesh dos días antes del comienzo de la cuarentena. Rishikesh es la llamada capital del yoga y la meditación y tiene una significación hermosa para las culturas orientales. Situada al pie de los Himalayas, se la considera un punto de origen para las peregrinaciones por el sagrado río Ganges, aquel que tanto me había conectado cuando en el final (de mi “otro” viaje) me encontraba en Varanasi.
Encontrarme aquí fue reencontrarme. Varado en un hostel con otras 30 personas vivimos una convivencia maravillosa, llena de aprendizajes, de amor y de magia. En momentos que el mundo pegó un giro abrupto me hallé en una burbuja llena de oportunidades hacia mi interior, de posibilidad de deconstruirme, de enamorarme, de romperme el ego; de poder pensarnos como una sociedad más igualitaria, menos egoísta y con amor y respeto a nuestra madre naturaleza.
Cada día de esta cuarentena me levanto sintiéndome más conectado con estas montañas poderosas, con el aire sin polución, con el silencio, con los animales cada vez más cercanos… Vaya lección nos dio la Tierra, como se practica en el Vipassana: ver las cosas tal como son.
Esta vida que me regaló una pausa llena de emociones, de miedos y de alegrías, de las sonrisas más genuinas, de colores saturados por el sol intenso que cada día nos alimenta, de las lunas compartidas y su ciclos renovadores, de la fuerza de nuestra madre Ganga, de las vacas más mimosas, de los bailes más liberadores y de los infinitos chai compartidos con amigos que ya son parte de esta nueva galaxia, nuestra galaxia.
Y así nos encontramos en un paraíso que hemos forjado lleno de amor y de abrazos, mientras algunos siguen mirándonos atónitos entre tanta locura. Nos hallamos en esta burbuja que ya será siempre nuestra burbuja, y entre tanta incertidumbre solo nos queda vivir el presente, reiniciándonos, como en todo origen, conectados con lo más esencial y puro, como el primer sonido del universo. Nuestro “om” nos brindará un nuevo mundo del que nosotros somos el principal actor. ¡Que sea pura vida!

La revolución de las bicicletas
¡Recibimos este nuevo año con todo! Después de tantas fuerzas inesperadas, de una pausa obligada en el sentido práctico de Sumando Bicis, de encontrarme aquí en Rishikesh ya no cómo viajero o varado por una pandemia ya tan reconocida (y a la vez desconocida). Elijo estar viviendo en India aquí y ahora con mucho amor, muchos aprendizajes, y así en este freno abrupto que me tocó vivir (llámese también regalo), sumarle un nuevo sentido a este proyecto tan querido, un nuevo renacer desde la conciencia de este presente con altibajos que a todos nos toca y que también nos acaricia el alma, viendo como el planeta respiró (al menos por unos meses) de tanto daño que le hacíamos, creyendo en un futuro mejor, construyendo desde nuestro pequeño aporte para que vivamos en armonía entre nosotros y en todo lo que nos rodea.
Y nos preguntamos: ¿Cómo va la bici en todo esto? ¿Qué podemos aportar en este presente turbulento desde este objeto maravilloso?
Aquí les propongo ver a la bicicleta como objeto revolucionario, como uno de los más nobles creados por el hombre; diseñado hace más de un siglo pero que en su forma física y tecnológica no ha tenido grandes cambios. Así cercano a la perfección ha nacido este medio de transporte y vivencias y es que uno sigue viendo hoy en día la misma bici de un siglo atrás en cualquier rinconcito del planeta. Claro que podemos ver modelos más desarrollados, con nuevos materiales, transmisiones con cambios y muchos más accesorios, pero la esencia de este objeto tan potente es la misma, pura desde su origen. La bicicleta nos invita a pensarla como eterna, trascendiendo de los avances tecnológicos, accesible en todos lados; la bici es parte de nuestra cultura como seres y de aquí la invitación a pensarla como revolucionaria en el sentido más humano.
Toda revolución nace después de momentos complicados, de transformaciones, de movimientos inesperados en el que nos pone la vida… Así vivimos este presente, replanteando cosas que hace un año atrás ni imaginábamos, adaptándonos a esta nueva realidad y a pensarnos desde lo colectivo, como seres sociales que podemos ayudarnos de las formas más variadas.
En estas nuevas energías proponemos recuperar a la bici como una verdadera alternativa de transporte, de oportunidades, como medio de vida. También como elemento de conciencia en sentido ambiental, porque cuidar a nuestra madre Tierra es cuidarnos a nosotros mismos. Además pedalear transforma nuestro cuerpo en forma saludable, dándole fuerza, revitalizándolo.
Como elemento social la bici es una invitación a la conexión entre seres, porque nos permite oírnos, sin ruido-motor, apreciando el silencio del camino, cada mínimo detalle con el que nos cruzamos… Los que han experimentado viajar en bici seguramente habrán vivido esa sensación, esa meditación de fluir en el pedaleo constante de la vida, viviendo el aquí y ahora, y así la bici nos invita a conectar con los demás, con nuestra madre naturaleza y también (y sobre todo) con nosotros mismos.


En esa fuerza vital es de donde proponemos vivir este renacer de Sumando Bicis, pensándonos desde lo colectivo y alimentándonos de nuestra fuerza interior, de toda la abundancia y el amor que nos rodea. Así, la bici, como una prolongación de nosotros mismos, nos abre a caminos impensados, a conocer gentes y culturas que nos hacen vivir un sueño, nuestro propio sueño. Así lo sentimos, con ansias de compartir todas estas posibilidades que da la bici, que permite aún en las situaciones sociales más difíciles regalar algo que todos nos merecemos: ¡la libertad! Libertad de elegir qué camino tomar en la vida, libertad de oportunidades, libertad de poder descubrir, de poder llegar más allá, de vivir a pleno este regalo llamado vida.
¡Así la revolución, así plantamos esta semillita a través del uso y la conciencia de este amor llamado Sumando Bicis!

 

guillenapolitano@gmail.com | Sumando bicis


 

Sumando Bicis: La bicicleta en entornos rurales

El autor de esta nota es el cicloviajero Guillermo Napolitano, quien llevó adelante un proyecto de investigación en la Facultad de Arquitectura de la UBA en escuelas rurales de la provincia de Santiago del Estero. “Yo soy diseñador industrial -cuenta- y trabajo como docente en la Universidad. Hace unos años me empecé a involucrar en Diseño Social, que es pensar al diseño no ya tanto desde los objetos, como objeto de consumo, sino pensar desde las necesidades de la gente. Y ahí es donde empecé a meterme en la temática de cómo los chicos van a la escuela, algo con lo que me encontraba mucho viajando. Chicos caminando muchos kilómetros para ir a la escuela. Y esa fue la chispa: pensar qué se podía hacer para facilitar eso. El tema del transporte era para mí un tema con falencias, sobre todo en nuestro país. Lo vi en muchos lugares, pero por las grandes distancias que tenemos en Argentina llegué a la conclusión de que aquí era una problemática que valía la pena abordar.”
Llegado a este punto y ya pensando como Investigador de la Facultad de Arquitectura, Guillermo presentó este proyecto, que tiene que ver con la accesibilidad, con el uso de la bicicleta en entornos rurales. “Y esto encaja con lo que me gusta, que es viajar, encontrarme con gente en ese camino, no tanto el llegar sino encontrarme con gente y naturaleza. Esa parte del viaje es lo que me llevó a trabajar en esto, a contactarme con la gente, con las comunidades y a tratar de aportar un granito de arena, haciendo una charla, haciendo talleres a veces, pero sobre todo tratando de mostrarles a los chicos la posibilidad que yo tuve de viajar, de conocer lugares a través de la bici.”
El título del proyecto es “Accesibilidad y uso de la bicicleta en entornos rurales”. Napolitano resume como objetivo central del proyecto “mejorar las situaciones de traslado y comunicación de los sectores populares en entornos aislados y desarrollar un programa colaborativo de adquisición, uso y mantenimiento de bicicletas en zonas rurales.” Y en una segunda etapa la creación de talleres para la recuperación y/o reciclado de bicicletas en desuso, vinculándose para ello con organizaciones que obtengan los rodados en el ámbito urbano.
Hoy, luego de la pausa por su viaje por India, Guillermo nos cuenta que en esta etapa ya está armando Sumando Bicis como organización.

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