Conectá con nosotros

Cicloturismo

Sudamérica entrañable I: Argentina

Publicado

el

Bernardo Gassmann, que confiesa ser “heredero de Biciclub” por su padre, realizó en 2019 un viaje en bicicleta de nueve meses y medio por Sudamérica, completando 10.200 km. Aquí nos cuenta el primer tramo de ese viaje, desde Tucumán hasta poco antes de su entrada a Perú (1.871 kilómetros). Un relato lleno de vida y color, ilustrado con fotos y videos y con los mejores consejos para futuros viajeros.

El proyecto de una nueva aventura en agenda es siempre una motivación para encarar el día a día. Muchas se llevan a cabo, otras quedan archivadas en el cajón de las excusas. Al fin y al cabo lo que las diferencia es simplemente una decisión.
El viaje comienza mucho antes del día de partida, desplegando mapas; leyendo relatos; preparando equipos e inventando el que no existe.
Por esas decisiones de dejarlo todo y de cambio drástico, un amigo se sumaría al tramo de Argentina.
Así sucedió que un mediodía de marzo me entero que un camión con sacos de harina partía desde mi ciudad (Las Rosas, Santa Fe) rumbo a San Miguel de Tucumán, donde un amigo me recibiría en su casa unos días antes de arrancar la pedaleada con mi bicicleta rodado 26 espolvoreada con harina 0000.


Se va la primera

Como no podía ser de otra manera (en el noroeste), los primeros kilómetros comenzaron con mucha lluvia y subidas constantes. Salimos por la mañana de San Miguel de Tucumán hacia Tafí del Valle. Sólo habían transcurrido 90 kilómetros y ya habíamos pinchado dos veces; cortado un rayo; reventado una cubierta y las alforjas parecían tener vida propia.
¿Habíamos subestimado el proyecto? ¿Y si vamos hasta acá nomas? Lo cierto es que hay muy pocas cosas que no se puedan reparar con un poco de ingenio y mucha paciencia (y alambre, una constante en mi viaje).
La primera noche la pasamos en un refugio de vialidad provincial, en un viejo galpón, al resguardo de la persistente lluvia, pero no así de los murciélagos, que no dejaron de revolotearnos toda la noche. No quedó otra que dormir debajo de la mesa.
Para pasar de Tafí a Amaicha del Valle hay que dejarlo todo en una subida hasta El Infiernillo, a 3000 msnm. Pero luego viene el premio, una bajada casi ininterrumpida de unos 30 kilómetros donde uno pasa del verde y húmedo bosque a un paisaje desértico, custodiado por enormes y añosos cactus.
Ahora comienza el ritual de buscar dónde armar la carpa para pasar la noche, no tan lejos de la ruta para no desviarse demasiado, pero tampoco tan cerca como para no ser visto. ¡Si tiene agua es un lujo! Las opciones van desde la costa de un río; en medio de la montaña; un desierto; una iglesia; una estación de bomberos o de policía; una casa de familia; un cementerio; una plaza; etcétera…
Seguimos por los valles Calchaquíes. Ahora rodamos por la mítica ruta 40 hasta Cafayate, con sus viñedos que parecen reclamarle al suelo la escasa agua de la zona.

 

¿Por qué en bicicleta?
Mi respuesta automática a esta pregunta que siempre surgía era algo como: ¿Y por qué no? Pero lo cierto es que yendo de Cafayate a Salta por la Quebrada de las Conchas lo puede apreciar claramente. Recuerdo haber hecho este tramo en auto hace varios años con mi familia. La diferencia es considerable; hasta me atrevo a decir que es otro lugar.
La velocidad con la que transcurren los kilómetros sobre una bicicleta permite a uno integrarse al entorno.
Se puede escuchar el comentario de dos abuelos sentados fuera de su casa, frente a la ruta, en Maimará: “Vieja, mirá ese loco viajando en bicicleta, ¿de dónde vendrá?” O en el interior de Bolivia, por caminos donde suelen transcurrir días enteros sin que nadie los transite, escuchar a una madre decirles a sus hijitos que salgan al patio a ver algo, y ese algo resultás ser vos, quizás la única cosa sobresaliente del día para gente que pasa todas las horas de sol agachada recolectando papas, cosechando quinoa en terrazas empinadas o arreando porfiados animales.
Permite también oler, como es el caso de Salta, donde durante kilómetros percibíamos un aroma dulce, particular, sin saber qué era, hasta que supimos que estábamos en plena época de la cosecha del tabaco y que en los secaderos era donde se generaba ese particular aroma.
Y apreciar el lento aparecer de cada cerro, uno superpuesto a otro, uno más alto e imponente, otro colorido, otro mágico.

Bosque, curvas y más curvas
En Salta no podía quedar de lado la visita a una(s) peña(s), donde junto a un español; un vasco; una francesa y un salteño (no, no es un chiste) pasamos la noche entre guitarra, bombo y violín; noche que se hizo larga y en la que no faltó el buen vino salteño.
Estaba asumido, mañana pedalearíamos con resaca.
De Salta a Jujuy se puede ir tranquilamente por autopista o por el antiguo camino de la cornisa. Por supuesto optamos por la segunda opción, entre precipicios; curvas y contra curvas; bosque cerrado por la vegetación y una niebla casi constante. Todo el que lo recorre por sus carriles de dos metros de ancho queda con la boca bien abierta. Las márgenes del embalse Las Maderas fueron ideales para pasar la noche.

 

Pedalearás en soledad
Entramos a la Quebrada de Humahuaca, el terreno va ganando altura. Desde aquí permanecí sobre los 3000 msnm por varias semanas, hasta bajar en las costas peruanas al Océano Pacífico, pero falta mucho camino para eso aún.
Pasamos por Purmamarca, Maimará, Tilcara, Uquía, Humahuaca, Tres Cruces y La Quiaca: 285 kilómetros donde fuimos aclimatándonos a pedalear en las alturas, con el aire escaso y las noches frías. Ocupando cada tanto alguna vieja casa de adobe abandonada que nos resguardaba del insistente viento de la Puna.
La llegada a La Quiaca no sólo significaba dejar atrás mi país, sino que comenzaría otro tipo de viaje. Ahora mi compañero emprendería el regreso a su ciudad y yo seguiría rumbo norte en soledad.

 

Cuando la mentira es la verdad
Sólo se me viene a la mente una palabra para definir Bolivia: salvaje. Es el país de Sudamérica que más fiel vive a sus raíces, donde no hay que esforzarse para observar la cultura de los pueblos originarios, como suele pasar en muchas partes del mundo, donde se las exhibe en museos.
Aquí el 60% de la población tiene raíces quechuas o aymaras, entre otras de menor tamaño. En muchísimos poblados la única lengua es el quechua, de modo que resulta un poco complejo comunicarse (¿Nuestro spanglish sería el quechuspan de ellos?) Fríos y reacios al primer contacto, luego de cruzar unas pocas palabras demuestran la misma amabilidad que todas las personas suelen tener. Y aquí me quiero detener con otra pregunta recurrente, aparte de las clásicas: ¿De Argentina? ¿En bicicleta? ¿Está usted loco? Sería: ¿No tiene miedo que le hagan daño?
¿Existen las personas malas? Sí, claro. Pero puedo asegurar que la inmensa mayoría son buenas personas y muchas de las que consideramos como malas sólo están pasando por un mal rato. Más aun, todas quieren ayudar de una u otra manera, ya sea dando una indicación (aunque muchas veces no sepan hacerlo, motivo de kilómetros pedaleados en vano), compartiéndote agua, una fruta, su casa para dormir, un grito de aliento y muchos etcéteras más.
Recuerdo yendo de Tupiza a Uyuni, en un paso asfalto-ripio-asfalto-ripo…, como a los 4500 msnm me estaba agarrando la noche y quería perder altura para pasar menos frío. Me detuve en la única casa que vi en kilómetros para pedir algo de agua. La señora no hablaba castellano (tampoco quechuspan) de modo que entre mano va y mano viene me convidó una botella agua, la que me encargué de hacer desaparecer en cuestión de segundos, para cerciorarme en el último trago que me quedaba que estaba llena de larvas. La sed fue mayor que la prudencia. Entregué la botella vacía y partí al camino.
Cerrando la tranquera, a los pocos metros me encontraría con su nieto, que hablaba castellano perfectamente y que respondiendo a mi pregunta me indicaría que “a sólo un kilómetro, luego de esa curva que ve ahí, la ruta baja”, agregando que las subidas le daban paso al llano. Motivado y sonriente salí a toda máquina, pero la felicidad duró poco, el camino no dejaba de ganar altura.
No recuerdo bien, pero creo que esa tarde “cité” por unos minutos a la madre de ese muchacho. Quizás solo entendió mal mi pregunta o la dirección de mi recorrido, quizás no conocía el camino o tal vez dejé escapar por mis ojos el deseo profundo de un camino más benévolo, de una pausa. Y solo por darme una alegría mintió, como los niños suelen hacer, con inocencia.

 

La previa del salar
Hacía varios días ya que me venían comentando que me olvidara de cruzar el salar de Uyuni en bicicleta. Decían que la temporada de lluvias se había extendido, siendo fantástico para una travesía en 4×4 con fotos efecto espejo pero no para mis planes a pedal.
El salar del Uyuni es el más extenso y elevado del mundo, ubicado a 3650 msnm, con un espesor que llega a los 120 metros. En temporadas de lluvias se cubre de agua, lo que lo hace intransitable en bicicleta.
En el pueblo de Uyuni hay una casa del ciclista donde se puede descansar en un colchón o armar la carpa, darse un bienvenido baño, hacerle mantenimiento a la bici, comer sentado en una mesa; es decir casi una vida normal. Se suele dejar una contribución voluntaria o realizar algún trabajo para que la rueda siga girando.
Ahí fue donde llegué casi convencido de que era una locura cruzar el salar, hasta que por esas cosas de la vida me encontré con una pareja de franceses que justamente venía del salar en dirección contraria. La regla de tres simple aplicó aquí también: si los franceses cruzaron…, yo también.
Decidido, pero no tan convencido, salí rumbo a la entrada del salar en el cercano caserío de Colchani. Según las indicaciones recibidas debía ir derecho hasta la isla Incahuasi, pasar noche ahí y al otro día doblar 90° a la derecha para salir a Tahua, primer caserío en tierra firme, 120 kilómetros después.
“Marcá un waypoint en el GPS donde se encuentra la isla, es todo derecho. A la isla la vas a ver solo faltando unos 30 km, antes no ves más que horizonte blanco. No te desvíes por nada del track, porque salís a cualquier lado…”, fueron las máximas recibidas.


Sólo un dato: 278º Oeste

Cargué comida y agua para tres días por si acaso, una piedra (ya verán para qué) y mucho protector, ya que el factor UV es extremo por la altura y el reflejo del blanco de la sal. Sólo había un inconveniente, no tenía GPS. En el afán de seguir la religión del minimalismo en su máxima expresión, lo había mandado de vuelta, junto con varios accesorios más, con mi compañero.
Calculando que, entre unas montañas a mi izquierda y el volcán de Tunupa a mi derecha, justo en el medio se encontraría la isla Incahuasi, apunté la brújula a ese objetivo invisible. Ésta acusaba 278° Oeste, ese sería mi rumbo.
Confiándolo todo a una aguja magnética crucé la franja perfecta que separa la tierra de la sal para internarme en un mundo blanco, inerte y desolado.
Unos 3 kilómetros separan a la “orilla” con el hotel de sal donde se puede encontrar un monumento al Dakar del 2014 y otro decorado con las banderas del mundo. Hasta aquí había sido todo un chapoteo incómodo en el agua salada, a veces con pocos centímetros, otras cubriendo media rueda.
En adelante estaba todo perfectamente seco, solo algunos manchones poco importantes. Las condiciones no podían ser mejores y para mejor no había absolutamente nada de viento.
Caminos aquí no hay, solo algunas huellas que no suelen conducir a ningún lugar, pero yo tenía mi rumbo fijo: 278° Oeste, así que seguí la canción de Juan Manuel al pie de la letra: “Caminante no hay camino, se hace camino al andar”. Lo curioso es que las distancias son tan inmensas y el terreno tan monótono que da la impresión de no avanzar, ya que los únicos puntos de referencia que se tiene están tan lejos que se mantienen estáticos, indiferentes a nuestro avance. Nada parece acercarse ni retroceder, por lo tanto a uno le da la sensación por momentos de estar en un rolo de entrenamiento.
Mi plan pareció desmoronarse cuando las horas de luz comenzaban su cuenta regresiva y de la isla Incahuasi ni noticias. Pero como era más sencillo seguir que volver, agaché la cabeza hacia la brújula y cambié al plato grande.
Fue hermoso ver al rato una protuberancia contrastando con el dominio blanco del horizonte. Ahí estaba, 20 kilómetros más y llegaba. Los turistas que van hasta allí durante el día suelen dejar comida, también hay baños y agua. ¿Pero qué puede ser más romántico que ver un atardecer en medio de un salar y acampar en él?
No tardé demasiado en buscar el lugar “apropiado” para echarme. Luego, el ritual de siempre: extender el nylon del piso, armar la carpa, clavar las estacas… ¡Imposible! La sal es prácticamente una roca, no hay forma de enterrarlas más que 5 centímetros y si no se la clava y hay viento no será una buena noche seguramente y sobre la sal sólo hay sal. Aquí es donde recurrí al elemento que iba a cambiar la situación: la modesta piedra traída hasta acá en el fondo de la alforja.
Se acercaba la noche y la temperatura empezaba a caer en picada. (Con la altura la densidad de la atmósfera disminuye y ésta no puede almacenar tanta radiación solar. Esto explica por qué cuando estamos en altura, a la sombra nos helamos y al sol estamos a gusto.) Saqué mi calentador MSR y luego de unos cuantos bombeos ya estaba listo para el menú del día: arroz con cebolla, acompañado de unos mates, contemplando uno de los mejores atardeceres que se pueden pedir. Soledad y paz.

 

El hombre del culo blanco
A las 19:30 me fui a dormir, ya que quería levantarme a las 5:30 para ver un prometedor amanecer… Lo cierto es que recién a las 10:30 pude abrir los ojos. Evidentemente la sal relaja.
Mientras desarmaba los bártulos para partir, el juego era hacerle un baile poco elegante y desnudo a los turistas que pasaban a lo lejos en las 4×4 que se dirigían a la isla Incahuasi a pasar el día. El chiste se me dio vuelta cuando horas mas tarde llegué a la isla y me encontré con todo mi público almorzando civilizadamente en mesas, bajo gazebos blancos inmaculados. “Oh, ahí está el hombre del culo blanco…”, le comentaba un inglés estirado a su señora esposa.
Un guía de la zona me comentaría que hacía pocos años, muy cerca de donde había dormido la noche anterior, una familia había tenido una avería en su vehículo, se había aventurado a pie hasta la isla, que estimaban cercana, los había sorprendido la noche y nunca llegaron: cinco cruces en la sal así lo testifican.
También que un ciclista europeo se había detenido para tomar unas fotos y tras caminar solo unos pasos se había desorientado y perdido de vista su bici. Lo encontraron un día después, caminando, a kilómetros de donde debería haberse dirigido. Tuvieron que pasar semanas hasta que dieran con su bicicleta. Es por esa historia que yo en absolutamente todas las fotos del salar salgo junto a mi bicicleta…

 

Camino a La Paz
Luego de ser blanco de muchas preguntas (en varios idiomas) y fotos, me fui de la isla con mucha comida regalada. Doblando 90° a la derecha, solo 50 kilómetros me separaban de la “tierra firme”. Este tramo resultaría un poco más duro, la sal estaba más húmeda y aparecería el viento, por supuesto en contra.
La salida del salar la celebré con una naranja y con el tercer rayo roto.
Tras salir del salar (sentido S-N), fueron unos dos días alternando entre caminos de tierra y asfalto para llegar nuevamente a la carretera principal, camino a Oruro.
Si bien me había percatado de engrasar la cadena de manera exagerada antes de ingresar al salar y de lavarla enérgicamente en la salida, el daño que la sal y el litio le habían hecho a las partes móviles era de esperar. En mi caso, de los 110 eslabones de la cadena, la mitad se habían literalmente soldado. No quedó más que frenar en un pequeño caserío al borde de la extinción y ponerme a trabajar un largo rato con nafta, aceite y el cortacadena.
Lo cierto es que a medida que oscurecía (estaba claro que dormiría ahí mismo) nadie aparecía por la zona. Solo al atardecer, un señor muy mayor, con su lento andar y una bolsita con hojas de coca astutamente amarradas al pasacinto de su pantalón, me regalaría unos huevos y un poco de agua y me daría a entender que él era el único habitante de ese paraje. Luego, arreando su rebaño de vicuñas, se perdería entre una de las dos calles del lugar.
Desde aquí hasta La Paz, el camino discurre por la ruta nacional 1 sin mayores imprevistos, siempre en el altiplano, sobre los 3500 msnm.
Mis amaneceres fueron variados: el lateral derecho de una cancha de pasto sintético en donde horas antes un equipo de cholitas había disputado un enérgico 4-2; un galponcito al fondo de una iglesia entre algunas gallinas confianzudas en Calamarca; el patio de una escuelita de campo donde amanecí bajo la atenta mirada de todos los niños; y un complejo de aguas termales en Pazña.


La Paz: trabajo por canje y montañismo

Antes de entrar a La Paz hay que atravesar la ciudad aledaña, El Alto. (La Paz está en una hollada y El Alto… en lo alto). Son varios kilómetros con todo lo caótico que tiene para ofrecer una ciudad capital. Aquí hay que saber que rige la regla de la no regla. Sin duda los ingresos a las grandes ciudades son de las situaciones potencialmente más peligrosas por las que se pasa.
Ya en La Paz me la pasé un mes de voluntariado en un hostel (4 horas diarias de trabajo por cama y desayuno). Con muchas ganas de practicar mi otra pasión, el montañismo, al no tener el equipo necesario resolví trabajar para una agencia de guías de montaña. No había dinero de por medio: hacía las veces de porteador (llevar la carga de los clientes); armaba los campamentos; cocinaba; empujaba a los rezagados y lo que fuera necesario. A cambio me daban el equipo y se hacían cargo de mis gastos. Así pude escalar el Huayna Potosí, 6088 msnm, y el Sajama, techo de Bolivia, con 6542 msnm.
Pasearse por la ciudad de La Paz es una experiencia en sí misma. Contrasta el modernismo de una metrópoli con un lugar que se resiste a dejar de lado sus costumbres. Por citar un ejemplo, el mercado de brujas, donde se puede comprar el pan del día o una cabeza de caballo disecada.

 

Death Road
Antes de irme de la ciudad tenía algo pendiente que no iba a dejar pasar, el Camino de la Muerte, también conocido como Camino de las Yungas, un viejo trazado que había sido la única forma de unir La Paz con la región de Las Yungas, puerta de entrada a la selva amazónica.
Con solo un carril de tres metros de ancho, curvas sin guardarraíl y con precipicios, este camino fue construido por esclavos paraguayos capturados en la guerra del Chaco allá por 1930.
Hoy existe un nuevo camino, asfaltado y relativamente mas seguro, quedando solo este Camino de la Muerte prácticamente reservado al turismo.
Saliendo de La Paz se toma un minibús donde entran 10 y meten 16 personas, por unos pocos kilómetros, hasta el punto más alto, denominado La Cumbre, a 4700 msnm.
Desde aquí hasta Coroico es bajada en un 85%. Se puede descender del minibús aquí y disfrutar de una bajada sobre una excelente carretera asfaltada metida en un valle con picos de 6000 msnm alrededor, o bien, como hacen los turistas intrépidos que optan por la excursión con bicis, empezar más adelante, donde se abandona la carretera principal y se dobla a la derecha, bajo un deteriorado cartel que reza DEATH ROAD. Desde aquí son 64 kilómetros de recorrido en ripio con un desnivel a favor de 3600 metros…
En las curvas con precipicios de 400 metros uno debe decidir si ponerse más cerca de la pared de la montaña o ir sobre el filo del abismo, mientras te cae una cascada de agua que no te deja ver nada. Todo en un entorno pre-selvático donde el frío de los anteriores 4700 msnm va perdiendo fuerza frente al húmedo calor de la yunga.
Por primera vez mi bici rodaba sin alforjas. Iba solo con una mochila de ataque, con lo mínimo para pasar una noche en Coroico y volver al otro día a La Paz. Pasar de una bici de 50 kg a una flecha de 15 kg donde sólo había que dejarse llevar era demasiado tentador, así que me propuse la regla de ir despacio para cuidar la bici (y cuidarme a mí). Pero pasados sólo unos metros me resultaría imposible inhibir el impulso de soltar los frenos por completo (como las reglas están para romperlas, así sucedió). No llevaba ciclocomputadora, pero estimo que iba a unos 60 km/h.
La libertad del camino poco transitado solo era interrumpida por el sonido del freno a disco constantemente aplicado por algunos turistas paseando en unas bicis doble suspensión muy pro, que pedían pista. Luego de dejar atrás a varios pelotones con sus vehículos de apoyo, todos volvieron a rebasarme cuando a pocos kilómetros de terminar el tramo una piedra en el camino quiso que me quedase tendido.
Con cara de que todo estaba bien y simulando mi detención a la toma de alguna fotografía, me puse a evaluar los daños: llanta trasera doblada (los próximos kilómetros serían con el v-brake abierto) y la cámara pellizcada por el aro. Solo para ponerle un tinte extra de color, constaté que me había quedado sin solución para parches…
Con esta situación puedo ejemplificar por qué este tipo de viajes conviene hacerlo con las anticuadas rodado 26: en pocos kilómetros una vieja playera donó su cámara trasera a la causa.


Perú me espera

Quedaba poco ya de Bolivia. La salida de La Paz la hice por teleférico, para evitar la locura del tránsito, y en dos días, cruzando algún que otro ferry, ya estaba en Copacabana a las orillas del lago navegable más alto del mundo, el Titicaca. Aquí cerca, en la Isla del Sol es donde realmente comenzó la cultura Inca y se puede sentir por qué. A un lado veo las cumbres nevadas de la cordillera Real de Bolivia que unos días atrás estaba pisando y al otro la aventura que se viene: todo Perú por descubrir.


*Bernardo Gassmann: bernardogassmann@gmail.com

Continua leyendo
Publicidad
Click para comentar

Dejá un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Cicloturismo

Tres aventureros recorren la ruta 40 de punta a punta en solo 30 días

Publicado

el

Por

Se hacen llamar Experimentados R40 y su objetivo es recorrer la Ruta 40 en bicicleta de punta a punta en 30 días, completando 5150 kilómetros y pasando por 11 provincias argentinas. El recorrido se inició en la ciudad jujeña de La Quiaca el 6 de febrero pasado y finalizará en Cabo Vírgenes, extremo su de la Ruta 40. Actualmente, los raidistas ya han superado la ciudad de El Calafate, y siguen por la ruta 40 con su mirada puesta en Cabo Vírgenes.


Los integrantes del grupo son: Francisco Luna (33 años, de Villas las Rosas, Córdoba), Leandro Usqueda (31 años, de Ituzaingó, Buenos Aires) y Gabriel Mardones (29 años, chubutense), los tres con experiencia en travesías de largo aliento. El desafío, según cuenta Luna, tiene como objetivo “instalar la idea de que la bici es un medio de transporte, promover la idea de unidad entre los límites del país, mostrar las bellezas naturales de norte sur a norte difundir una idea de base que nos trajo hasta este punto, la idea de que todos podemos hacer todo”.


A los tres que pedalean se suman otros tres viajeros: uno que conduce una camioneta de apoyo y cumple las funciones de cocinero, un motociclista que atiende alguna posible emergencia y una tercera persona que realiza la cobertura audiovisual.

Instagram www.instagram.com/experimentadosr40/    | Facebook @Experimentados

Continua leyendo

Cicloturismo

De Buenos Aires a Misiones en bici: “Un camino de vuelta a lo natural”

Publicado

el

Una viaje iniciático de 1400 kilómetros de tres pedalistas y un perro, Rocko, desde Buenos Aires hasta las Cataratas del Iguazú. Los daños que producen los agrotóxicos en las poblaciones. La creciente producción agroecológica.

Tomar la decisión de viajar a la provincia de Misiones desde la ciudad de Buenos Aires en bicicleta fue una idea casi (o  totalmente) improvisada, llena de un gran deseo por la aventura y por poner a prueba nuestras capacidades físicas y mentales. Se trata de un viaje de 1400 kilómetros que realizamos en 16 días para conocer una realidad que azota al norte litoral argentino y en general a todo un país: la alimentación y los transgénicos. Lo que sigue es un compendio de lo que significó ser no solo un viaje deportivo sino un viaje con un profundo sentido de exploración y autodescubrimiento.

La idea apareció también de forma inocente: “¿Y sí buscamos semillas naturales en bicicleta?”. Luego de nuestras habituales prácticas de tai chi chuan en la costa de Vicente López nos sentamos a reflexionar sobre los problemas de la sociedad, entre ellos la actual emergencia alimentaria, y no sólo por la falta de alimentos en los hogares sino por la calidad de los que colocamos en nuestra mesa. Quisimos diseñar un viaje en bicicleta fundamentado en un proyecto de interés social.

¿Pero cómo? La respuesta era una sola: entrenar. Guillermo Federico Aimar (@ShenKungTao en instagram y creador del Proyecto Ushuaia-Alaska) se puso en marcha y elaboró un plan de entrenamiento intensivo. Él ya había experimentado lo que era viajar en bicicleta y sería quien nos ayudaría a encarar nuestro viaje y en especial a entrenar para tal desafío. Al final el equipo terminó compuesto por dos hombres (Guillermo Aimar y Marvin Ocupa), una mujer (quien suscribe) y nuestra mascota Rocko, un perro adulto rescatado.

El perro viajero

Por distintas circunstancias terminamos decidiendo que la fecha propicia para el viaje sería diciembre (sí, pleno verano), lo que representó el reto más significativo del viaje. En Misiones el pico alto de calor sería entre las 11 AM y las 5 PM, llegando a unos 45ºC o más de temperatura y de sensación térmica. Pedalear bajo tales condiciones no es lo ideal, pero dentro de esa misión teníamos un cronograma de visitas y compromisos que no nos permitirían flaquear ni un segundo.

Ya estaba todo programado, solo debíamos poner el cuerpo, la mente y nuestra voluntad. Sé que se preguntarán cómo hizo Rockito para soportar el clima. Muchos se preocuparon por ello, pero les cuento que viajó en un carro anclado a la bicicleta y sobre él una capa para que el sol no lo lastimara. Posiblemente de los tres fue el más cómodo, aún cuando en ruta nos preguntaban por él en las redes. Una vez en Misiones ya Rocko había sido bautizado como el “perro viajero”.

Vale destacar que nuestro cronograma tenía un fin; documentar para luego difundir las actividades de organizaciones agroecológicas de la región mesopotámica, mostrando sus valores y motivaciones y su búsqueda por concientizar sobre la importancia de una alimentación sana. El objetivo también era obtener semillas 100% naturales, para promover en Buenos Aires la autosustentabilidad y demostrar que podemos crear nuestro propio alimento desde casa.

Lluvia y camiones

Partimos el 14 de diciembre de 2019 con un cronograma preestablecido. Nos dividimos las tareas. Guillermo se encargó de llevar las herramientas, hacer mantenimiento de las bicicletas y coordinar al equipo, Marvin se ocupó de la comida y del mate y yo llevé las medicinas para emergencias y desarrollé contenido para difundir nuestra travesía a través de las redes sociales. La primera parada que hicimos fue en la localidad de Ceibas,  a 160 km de la ciudad de Buenos Aires. Desde ahí nace la ruta 14 en la provincia de Entre Ríos, ruta que nos acompañó hasta realizar el empalme con la ruta 105 para luego tomar la ruta 12.

En ese primer tramo la lluvia amenazó seriamente detenernos, pero teníamos tanta energía que seguimos pedaleando hasta 20 kilómetros antes de Ceibas, por la ausencia de banquina y por los camiones que pasaban a toda velocidad, creando una especie de spray que nos mojaba e impedía ser vistos. Los camiones suelen pasar rápido y succionando el aire para luego expulsarlo, lo que afecta el movimiento de la bicicleta en el pedaleo.

En ese punto coordinamos gritar “¡camión!” cada vez que visualizábamos alguno.

Avatares en Entre Ríos

Al día siguiente, ya con poca lluvia, llegamos a Gualeguaychú, donde contactos de Guillermo nos recibieron y nos permitieron acceder a otras personas involucradas en el movimiento agroecológico de la región. Las pudimos entrevistar y conocimos los diferentes mecanismos que la provincia está utilizando para contrarrestar los efectos nocivos de los agrotóxicos. Una localidad entrerriana, Larroque, es conocida por las altas tasas de cáncer que padece desde hace más de 20 años.

Dejando Gualeguaychú paramos en Concepción del Uruguay, 70 kilómetros más adelante, donde pasamos la noche en una estación de servicio. Rocko estuvo atento y en vigilia esa noche, para dormir al día siguiente en su carrito.

Otra amiga y compañera de Guillermo nos invitaría a pasar una noche en Concordia (lo que significaba descansar mejor y bañarnos). Pero en ese tramo Guillermo sufrió estragos en su bicicleta, por lo que nos detuvimos a 20 kilómetros de Concordia.

Al día siguiente Guillermo consiguió resolver el problema de la bici (se había roto la pata de cambio) y decidimos ir a visitar a Ailén (la amiga de Guillermo), pero esta vez partimos rumbo a Los Charrúas. Este pueblo, ubicado a 25 kilómetros de Concordia, no estaba contemplado en el plan, pero es en ese lugar donde reside Holistik, centro de fisioterapia de nuestra anfitriona. Allí Ailen y Chris nos dejaron como nuevos cuando aplicaron quiropraxia para alinear nuestros cuerpos.

La posibilidad de desviarnos esos 25 kilómetros de ida y vuelta nos permitió conocer el lindo pueblo de Los Charrúas, con personas amables desde el minuto cero. Incluso en la vuelta, un camionero que venía del mismo pueblo se paró a regalarnos unas bananas que nos dieron fuerza para seguir hasta Chajarí, a 100 kilómetros.

Camino a Chajarí nos cayó una tormenta cuyas gotas parecían una lluvia de furiosos misiles. Las bicicletas se torcían hacia el lado derecho y con el fuerte viento que nos empujaba parecía que íbamos sobre motos. Ese día tuvimos que parar a 20 kilómetros (si, de nuevo) antes de llegar a Chajarí para refugiarnos, ya que la lluvia no paró sino tres horas después.

¿Y la banquina?

Desde ese lugar partimos para llegar a Colonia Libertad (a 120 kilómetros, provincia de Corrientes), pero no paramos allí sino unos 10 kilómetros más adelante, en una Axion Energy que nos sirvió para descansar y acampar, dándonos fuerza para llegar al día siguiente a Guaviraví. Un dato importante para viajeros con bajo presupuesto es que en la mayoría de las estaciones de servicio que están en la ruta se puede acampar. La ventaja quizás más importante es que podés optar por una ducha, incluso con agua caliente, además de la seguridad que te brinda saber que son lugares concurridos.

En este último trayecto tuvimos otras complicaciones (cada día era una nueva aventura). En algunos tramos no había banquina y nos tocaba movernos de un lado a otro (es decir, pedalear en la mano contraria de los autos). Pero aun peor, al momento de entrar a la ruta que nos llevaría a Misiones no solo no encontramos banquina sino que descubrimos que había solo un carril. De todas formas los camioneros siempre fueron amables y se abrieron, dándonos tiempo para pasar. Imposible no agradecer a los camioneros que nos saludaron e incluso a algunos que pararon a darnos agua y a escuchar nuestra historia. ¡Son unos genios!

Corrientes, el Gauchito y los agrotóxicos

En nuestro paso por Corrientes descubrimos que si hay un lugar que se debe visitar es Guaviraví. Estará habitado por un máximo de 90 familias, tiene una sola avenida y a través de ellas se despliegan cortas calles no asfaltadas. Tiene su intendencia por supuesto y ese día, gracias a Víctor Hugo, fuimos recibidos por el mismo intendente,  hospedándonos en su casa en construcción. Al principio la gente nos miraba renuente, pero luego se mostraron sumamente amables y curiosos por nuestra travesía.

Los caminos hacia Misiones tienen un emblema muy importante, el Gauchito Gil. De hecho era la primera vez que veía una imagen del Gauchito Gil tan grande como la de la entrada a Guaviraví.

Ese día cenamos un estofado de carne con papas y arroz. Devoramos todo, teníamos mucha hambre tras varios días sin comer algo caliente. Tomamos unas cervezas que nos hicieron sonreír gratamente por el esfuerzo de haber cumplido la meta del día.

De Guaviraví partimos a Santo Tomé (130 kilómetros). Ese día paramos a los 40 kilómetros y conocimos a Luis, que supo contarnos sobre la situación con las fumigaciones con pesticidas cerca de su campo. “Los mosquitos -nos decía- son imposibles de evitar, ya que terminan contaminando mi propia huerta, y como todos sabemos, el viento no conoce límites”. Esto quiere decir que a pesar de las legislaciones que prohíben fumigar a ciertos kilómetros de distancia de poblados habitados, el viento durante la noche sopla en cualquier dirección y bajo esa dirección natural lleva consigo agrotóxicos a los campos argentinos. Luis también argumentaba que ese viejo mito existente sobre la salud de la gente de campo se cae porque hoy ellos son incluso más vulnerables al estar altamente expuestos a esa contaminación.

Desde Santo Tomé pedaleamos hasta Gobernador Virasoro, unos 60 kilómetros. La ruta comenzaba a complicarse, ya empezábamos a visualizar las famosas cuchillas y la tierra roja misionera. Logramos llegar a destino el 24 de diciembre al mediodía. Celebramos navidad con un asado y durmiendo temprano, estábamos sumamente cansados.

Misiones y la producción agroecológica

Luego de realizar algunas entrevistas en el INTA (Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria) partimos el 26 de diciembre al mediodía con una tormenta pisándonos los talones. Llegamos a San José, en la provincia de Misiones, por suerte con banquina. Al día siguiente partimos con la finalidad de conocer las Ruinas de San Ignacio, para luego pedalear 10 kilómetros hasta Gobernador Roca, donde entrevistamos al movimiento agroecológico (agradecemos a la Señora Eva, a los productores agroecológicos y al intendente por el afable momento y el acompañamiento) y seguir para encontrarnos con Carol (productora de yerba agroecológica y una de nuestras sponsors) en Jardín América.

Abro un paréntesis para hacer un comentario: tres importantes figuras acompañaron nuestra travesía: Carolina (de Arapeguá) y Mirna y Juan Pablo (de la marca de equipajes Halawa). Sin ellos nuestro viaje no hubiese sido posible. Carolina nos recibió en la Chacra, conocimos su lugar de trabajo y el lugar donde se produce esa yerba mate orgánica que nos acompañó durante todo el viaje. Ahí mismo tuve la oportunidad de preparar arepas de mandioca luego de que Carol las cosechara, pudiendo enseñar de manera retributiva una forma diferente de preparar ese tubérculo tan conocido, apreciado y cosechado, tanto en el norte litoral argentino como en Centroamérica y el Caribe.

Finalmente Carolina fue la llave para el logro de nuestra meta. Ella nos entregó una serie de semillas cien por ciento naturales que servirían para realizar la huerta en Buenos Aires.

Hacia las cataratas

Al partir de Jardín América y faltándonos cada vez menos para completar los 1400 kilómetros proyectados, nuestra próxima parada sería Eldorado, ubicada a 110 kilómetros. Ese día, sin duda alguna fue el más duro para quien escribe estas líneas. El clima era insoportable e incluso llegué a tener escalofríos, para luego enterarme que estaba sufriendo un golpe de calor. En realidad no presté atención y seguí pedaleando. Mi cuerpo seguía queriendo pedalear y se sobreexigía porque el tiempo pasaba y lo más probable era que llegaríamos de noche, cosa que pasó tal cual, pese a que algo que evitamos durante todo el viaje era precisamente pedalear de noche.

Ese día también falló el carrito de Rocko. Quizás la presión en las cuchillas y los 40 kilos que llevaba hicieron que los rayos comenzaran a fallar.

Llegando a Eldorado pudimos cenar con melón y naranjas. Una dieta que ayudaría a reponer la falta de hidratación del día.

Para el último día, 30 de diciembre de 2019, teníamos que llegar al Parque Nacional Iguazú. Estábamos a “solo” 100 kilómetros y después de jornadas de 120 por día en promedio la distancia parecía nada o al menos un día común. Sin embargo la suerte nos jugó en contra, teniendo que parar en Wanda, a 50 kilómetros de Puerto Iguazú, debido a que la bicicleta de Guillermo se terminó de romper, para mí en señal de protesta…

¿El desenlace?: celebración a lo grande en las Cataratas de Iguazú. Ninguno de los tres conocía esa maravilla del mundo.

Allí nos recibió un un amigo estadounidense que acompañaría a Guillermo en la vuelta para sumar una nueva aventura, una que proponía traer de vuelta a casa al increíble compañero de este viaje, Rocko. Pero ese ya ese es otro viaje y también por supuesto otra historia…

Consejos finales

¿Qué recomiendo? Ir con calma, disfrutar cada momento, si es posible parar en cada río. De todas formas todo dependerá de la meta que se propongan. Eso sí, es muy importante entrenar. Hacer cuestas, por ejemplo, permitirá ejercitar las piernas, ya que una vez en Misiones se siente como si se estuviese escalando una pared en bicicleta. Pero no se preocupen, todo lo que sube tiene que bajar…

¿Qué es importante? Siempre llevar medicinas y cremas hidratantes (la zona de la ingle puede sufrir), protector solar y sobre todo estar preparado mentalmente para la exposición al calor. Llevar suplementos vitamínicos podría ayudar en caso de falta de energía. A mí me ayudó tomar magnesio. También la receta de combinar vinagre de manzana con agua (googleen las propiedades del vinagre) gracias al potasio.


Por Leilany Estrada.

Continua leyendo

Cicloturismo

Sudamérica entrañable II: Perú

Publicado

el

El acto de retrasar otra vez más el reloj y recibir un sello en un papel puede ser lo único que indique el cruce de Bolivia a Perú. Nuevamente queda en evidencia que las fronteras no son más que abstracciones de los hombres.
Por muchos kilómetros, de un lado y otro de las fronteras, las costumbres; colores y paisajes se mantienen indiferentes.
Ingresé a Perú por Puno, siempre con el Titicaca a mi derecha. Aun cargaba una bolsa de dormir que ya pedía a gritos la jubilación. Fue en esta zona donde pasé los mayores fríos de todo el viaje. Recuerdo una noche acampando al reparo de unos pinos, quedarme sin más ropa que ponerme y terminar metiendo las piernas dentro de las alforjas. Esa noche fue el rock and roll del tiriteo.


Por la mañana lo de siempre: un plato de avena caliente; algún saludo al tan esperado sol; recoger todo y a la ruta de nuevo. Pocos días después crucé por el punto más alto pedaleado hasta el momento, el Abra La Raya, a 4400 msnm, pasando de la región de Puno a la de Cusco y días después a la ciudad del mismo nombre, donde estuve 3 semanas en un hostel haciendo las veces de constructor y carpintero a cambio de una cama y algo de comida caliente.
Cusco es una ciudad imponente, la gran capital del imperio Inca. Aunque de ellos quede poco, sólo las colosales construcciones de piedra perfectamente talladas que evidentemente costaba demasiado hacer desaparecer. En su lugar quedan testimonios de quienes llegaron para “civilizarnos”, estos, claro, en excelente estado de conservación.

En el patio trasero de Cusco se desarrolla un valle extremadamente fértil, bastante más cálido, y transitado por el río Urubamba en toda su longitud. Éste era el lugar donde los Incas cosechaban sus alimentos, el Valle Sagrado, sitio cargado de misticismo y con los paisajes más increíbles que jamás imaginé ver.
Templos enriscados en laderas de montañas en Ollantaytambo, a los que hoy mismo cuesta llegar y donde se cultiva el mejor maíz del mundo.
Moray, con sus círculos concéntricos, que se cree era un laboratorio de agricultura donde aclimataban los cultivos traídos de distintas zonas.
Maras, con sus 3000 piletas de sal curativa.
Si se sigue este valle al norte, hay que pasar un par de montañas más y se llega a una zona selvática, impenetrable en su último tramo de no ser por las vías del lujoso Perú Rail, aunque en mi caso lo vi mientras caminaba.
Perfectamente integrado a la naturaleza, de no ser por la parafernalia turística que lo decora, se encuentra nada menos que la Universidad de los Incas, el Machu Pichu. Creo que de más estaría agregar cualquier descripción.
Hace ya 3 meses que vengo moviéndome en el altiplano, subiendo y bajando montañas, siempre sobre los 3000 msnm, de modo que decido apuntarle derecho al Oeste y cruzar la parte que me queda de los Andes peruanos para rodar un tiempo por la costa.
No fue una decisión muy sabia, ya que me agarré de frente todas las subidas. Por ejemplo, cerca de Caraybamba, sobre el final de la jornada, decido hacer el último esfuerzo y subir una cuesta con un desnivel de 1000 metros en 12 km de recorrido, que luego en teoría, bajaba abruptamente.
Mis cálculos no pudieron estar más errados, no solo en el tiempo que me llevaría subir, sino que al final de esta subida eterna no me esperaba ninguna bajada, más bien me dejaba en un altiplano a 4200 msnm que tardaría un tiempo en dejar atrás.
Sólo encontré una tapera de adobe abandonada que me resguardó del viento y el frío.
Por fin y varios kilómetros después me vi frente a frente con un bajadón de 70 kilómetros limpios. Me esperaba un tramo por el desierto de Nazca y cruzar por sus líneas, para chocarme en última instancia con el Océano Pacífico, en Paracas.


Ahora todos los días pedaleados en la altura daban frutos en la costa. ¡Volaba! Avanzaba de a 150 kilómetros como si nada.
La entrada a Lima, como era de esperar, fue caótica, sumado a que se jugaba ese día la Copa América, partido en el que Perú dejaría afuera a Chile, mientras yo me abría paso entre la fiesta.
Si bien las grandes ciudades son interesantes para conocerlas, yo intentaba evitarlas en su mayoría. No es la opción más representativa para conocer realmente un país.
A los pocos días estaba nuevamente en la ruta, pero si tengo que ser realmente franco, la verdad es que ya extrañaba las montañas nuevamente. La costa resultó ser bastante insegura, sumado a una llovizna constante, la bruma marina y sobre todo el intenso tráfico de la Panamericana.
Duré solo unos 400 kilómetros y, como el perro que vuelve a su casa llamado por el hambre, volví a las alturas. Extrañaba preguntarme ¿por qué no vine en moto? mientras subía y responderme ¡por esto! en las bajadas; amanecer con el horizonte recortado por los cerros; respirar ese aire frío y puro y sobre todo encontrarme acompañado por la soledad de los caminos.
Aquí anduve por la cordillera blanca, que seria como el Disney Word para los montañistas. Una cordillera cubierta de glaciares entre cerros de 4000, 5000 y 6000 metros. Aquí paré en una zona de campesinos, muy humilde. Armé mi carpa al lado de la casa de Doña Andrea, una sabia mujer que vivía entre 4 chapas de 5 x 5, rodeada de gallinas, sembradíos de cebada, trigo y maíz.


A pesar de tener muy poco, siempre estaba dispuesta a compartir. Aquí me sentí como en casa. Iba caminando por los cerros hasta la ciudad de Huaraz, a unos 13 kilómetros, donde trabajé unos días en una agencia de guías reparando equipo de montaña a cambio de material de escalada para hacer mis salidas a las alturas.
Luego, al caer la noche, tomaba una trafic repleta de gente para volver a mi carpa, al lado de doña Andrea. Así pasaron unos 20 días donde era, o al menos me sentía, uno más entre sus paisanos.
Debo decir que de toda la gente que me recibió en sus hogares en estos meses, la gran mayoría era gente sumamente humilde. Muchas no cenaban de noche por el simple hecho de no tener qué; donde la carne era un lujo que se daban una vez al mes; el baño, un pozo, y el agua potable algo que solamente les había contado un candidato. A pesar de estas carencias tan marcadas, siempre me recibieron con los brazos abiertos y el corazón dispuesto.
Al día de hoy es que sigo en contacto con muchos de ellos.
Desde Huaraz seguí avanzado hacia el Norte, por el Cañón del Pato, un laberinto de piedra y túneles que va perdiendo y ganando altura con frecuencia.
Aquí tuve que desviar mi trayecto original por las sierras debido a una lesión en la rodilla izquierda. Me vi obligado a bajar nuevamente a la costa para no forzar de más. Lo cierto es que la inflamación era tal que ni siquiera podía sostener el pedaleo en la bajada. No quedó mas que subir a un camión que me dejo 80 kilómetros más adelante, en Chimbote, donde estuve en reposo durante una semana en el patio de una iglesia.


Recuerdo los primeros días pedaleando en Argentina, preocupándome todo el día por si encontraría un sitio donde dormir. Hoy, varias noches después sé que de alguna manera todo sucede. Siempre aparece un lugar fantástico para armar la carpa o alguien que se acerca. Es algo que sería interesante aplicar en la vida diaria: no anticiparse a los problemas sino vivir más el aquí y el ahora, que al fin de cuentas es lo único que tenemos.
Siempre con el océano a mi izquierda y las dunas a la derecha sigo otros 800 km por un terreno prácticamente plano, pasando por Trujillo, Chiclayo, Piura y entrado finalmente a Ecuador por Macará.

 

Por Bernardo Gassmann

Continua leyendo

Cicloturismo

Viajeros: Un cruce de los Andes por Paso Vergara

Publicado

el

Nuestro primer cruce de Los Andes había sido en 2013. Un desafío enorme, que una vez cumplido obligaba a buscar un paso más.

En marzo del 2019, el grupo ampliado de compañeros de trabajo había completado otra travesía (“Mendoza por los caminos del vino”), que ya compartimos en Biciclub. En ella, Miguel, impulsado por el deseo de Dani, empezó a delinear la idea de volver a cruzar los Andes, pero esta vez por el desafiante Paso Vergara.

Casi 7 años después, con varios trayectos y aventuras en el medio (Salta, Bariloche, Tandil, Siete Lagos) nuevamente se planteaba el reto de cruzar en bicicleta la imponente cordillera.

La altura, la complejidad del recorrido y la perspectiva de dos noches en carpa con bajas temperaturas hacían prever que esta vez el grupo se reduciría. Sin embargo, de una primera camada de 8, las ganas y el entrenamiento ampliaron el grupo a 17, incluyendo dos uruguayos: Omar y Oscar.

Fueron meses intensos de preparación y coordinación logística y para ello contamos, una vez más, con la invalorable ayuda de Rodado 26.

Ya lanzados, llegamos a Mendoza y de allí en combi hasta Malargüe, donde haríamos noche antes de la partida. En la cena, Ariel y Sergio, los guías de Rodado 26, nos explicaron el plan para los siguientes días, como siempre bajo la consigna de disfrutar del trayecto como prioridad.

Día 1: Las Loicas-Doña Angela                 

El viernes llegó el momento esperado. El punto de partida fue Las Loicas, donde nos esperaban las bicicletas y casi 52 kilómetros hasta llegar al campamento al final del día.

Comenzaba así un periplo de tres días, sin ningún tipo de comunicación con el mundo exterior.

Con casi 35ºC y fuertes rachas de viento, se dificultaban aún más las condiciones del terreno. Además, una doble pinchadura de cámaras de Miguel presagiaba un día más complicado de lo esperado.

Camino áspero, con largos trechos de ceniza volcánica y otros de arena en subidas difíciles, que iban dejando sus secuelas en los ciclistas. Pero la belleza de ese entorno natural nos daba fuerza para seguir pedaleando.

Las primeras tres etapas del día, con reagrupamientos para hidratación, incluyendo el almuerzo a la vera del Río Grande, se cumplieron con sacrificio pero sin mayores sobresaltos. Terminada todas las etapas, habíamos subido hasta casi 2000 metros, dónde entre repechos y bajadas pequeñas alcanzamos un ascenso neto de 600 metros.

El cansancio desapareció de golpe cuando vimos el conjunto de carpas preparadas por el equipo de Rodado 26. Más aún cuando divisamos el humo de los chivitos asándose. Era el final esperado del día ciclístico y el comienzo del reparador descanso bajo el silencio ensordecedor de la noche en los Andes.

Para los intrépidos hubo baño en las heladas aguas del Río Grande, baño que ayudó a recuperar músculos y articulaciones.

Día 2: Paso Vergara                    

Con la salida del sol el equipo estaba listo para la jornada que se presentaba como la más desafiante. Una subida constante hasta los 2.500 metros, pasando la frontera con Chile.

Llegando el mediodía alcanzamos el puesto de Gendarmería. Realizamos los correspondientes trámites aduaneros y almorzamos en un valle de ensueño rodeados por las montañas.

Pero debido a la intensidad de los vientos en la zona del hito limítrofe (punto divisorio de aguas), no era posible armar el campamento. Eso nos obligaba a adelantar la bajada de los Caracoles para acampar directamente junto al puesto de Carabineros en Chile.

Esto no impidió que con la llegada al hito limítrofe el grupo se fundiera en un gran abrazo, reflejo de la alegría producida por la meta alcanzada.

Luego vino la anhelada bajada, en la que los ciclistas pudieron demostrar sus habilidades técnicas en un descenso muy pronunciado, de altas velocidades (algunos tramos a más de 60 km/h), con numerosas piedras, curvas y contracurvas y el precipicio amenazante. Pero con destreza y precaución se completó el recorrido sin sobresaltos.

Hacia el final de la tarde llegamos al puesto de Carabineros y nos dirigimos al campamento que estaba hacia abajo, a la vera del Río Grande, donde el riguroso baño helado ayudó a reponerse a los ciclistas del cansancio y fue el preludio de la cena.

Unas ricas pastas (mérito de los guías para cocinar con las condiciones de viento que había) y la infaltable caminata a la luz de la luna hasta las termas de San Pedro fueron el cierre espectacular del día.

Día 3: Los Quenes   

Amanecer y desarme del campamento para iniciar la etapa final.

Unos 25 kilómetros de bajadas, con tramos complejos por el tipo de suelo, la pendiente y el alto tránsito del lado chileno, en un paisaje mucho más verde y florecido que el que nos habíamos encontrado en los días anteriores.

El final del viaje nos esperaba con todo el grupo llegando junto, para que quedara registrada en la imagen final la satisfacción de haber completado un viaje exigente y difícil.

Día 4: La despedida        

El fin del viaje había llegado, pero del grupo ya empezaban a surgir nuevas ideas para próximas aventuras. Ya veremos cuál será el próximo viaje que emprenderá este grupo de amigos.

Un párrafo aparte para Ariel, Sergio y todo el grupo logístico de Rodado 26 (Daniel, Fabián, Pipi, Antonio y Hugo) por guiarnos, alentarnos y asistirnos en este viaje. Sin ellos esto hubiera sido realmente imposible para nosotros.

Por Gabriel Perrone, Sebastián Azagra, Sergio Cravero y Miguel Urus
Fotografía: Roberto Sánchez

Continua leyendo

Más Leídas