Conectá con nosotros

Cicloturismo

Sudamérica entrañable I: Argentina

Publicado

el

Bernardo Gassmann, que confiesa ser “heredero de Biciclub” por su padre, realizó en 2019 un viaje en bicicleta de nueve meses y medio por Sudamérica, completando 10.200 km. Aquí nos cuenta el primer tramo de ese viaje, desde Tucumán hasta poco antes de su entrada a Perú (1.871 kilómetros). Un relato lleno de vida y color, ilustrado con fotos y videos y con los mejores consejos para futuros viajeros.

El proyecto de una nueva aventura en agenda es siempre una motivación para encarar el día a día. Muchas se llevan a cabo, otras quedan archivadas en el cajón de las excusas. Al fin y al cabo lo que las diferencia es simplemente una decisión.
El viaje comienza mucho antes del día de partida, desplegando mapas; leyendo relatos; preparando equipos e inventando el que no existe.
Por esas decisiones de dejarlo todo y de cambio drástico, un amigo se sumaría al tramo de Argentina.
Así sucedió que un mediodía de marzo me entero que un camión con sacos de harina partía desde mi ciudad (Las Rosas, Santa Fe) rumbo a San Miguel de Tucumán, donde un amigo me recibiría en su casa unos días antes de arrancar la pedaleada con mi bicicleta rodado 26 espolvoreada con harina 0000.


Se va la primera

Como no podía ser de otra manera (en el noroeste), los primeros kilómetros comenzaron con mucha lluvia y subidas constantes. Salimos por la mañana de San Miguel de Tucumán hacia Tafí del Valle. Sólo habían transcurrido 90 kilómetros y ya habíamos pinchado dos veces; cortado un rayo; reventado una cubierta y las alforjas parecían tener vida propia.
¿Habíamos subestimado el proyecto? ¿Y si vamos hasta acá nomas? Lo cierto es que hay muy pocas cosas que no se puedan reparar con un poco de ingenio y mucha paciencia (y alambre, una constante en mi viaje).
La primera noche la pasamos en un refugio de vialidad provincial, en un viejo galpón, al resguardo de la persistente lluvia, pero no así de los murciélagos, que no dejaron de revolotearnos toda la noche. No quedó otra que dormir debajo de la mesa.
Para pasar de Tafí a Amaicha del Valle hay que dejarlo todo en una subida hasta El Infiernillo, a 3000 msnm. Pero luego viene el premio, una bajada casi ininterrumpida de unos 30 kilómetros donde uno pasa del verde y húmedo bosque a un paisaje desértico, custodiado por enormes y añosos cactus.
Ahora comienza el ritual de buscar dónde armar la carpa para pasar la noche, no tan lejos de la ruta para no desviarse demasiado, pero tampoco tan cerca como para no ser visto. ¡Si tiene agua es un lujo! Las opciones van desde la costa de un río; en medio de la montaña; un desierto; una iglesia; una estación de bomberos o de policía; una casa de familia; un cementerio; una plaza; etcétera…
Seguimos por los valles Calchaquíes. Ahora rodamos por la mítica ruta 40 hasta Cafayate, con sus viñedos que parecen reclamarle al suelo la escasa agua de la zona.

 

¿Por qué en bicicleta?
Mi respuesta automática a esta pregunta que siempre surgía era algo como: ¿Y por qué no? Pero lo cierto es que yendo de Cafayate a Salta por la Quebrada de las Conchas lo puede apreciar claramente. Recuerdo haber hecho este tramo en auto hace varios años con mi familia. La diferencia es considerable; hasta me atrevo a decir que es otro lugar.
La velocidad con la que transcurren los kilómetros sobre una bicicleta permite a uno integrarse al entorno.
Se puede escuchar el comentario de dos abuelos sentados fuera de su casa, frente a la ruta, en Maimará: “Vieja, mirá ese loco viajando en bicicleta, ¿de dónde vendrá?” O en el interior de Bolivia, por caminos donde suelen transcurrir días enteros sin que nadie los transite, escuchar a una madre decirles a sus hijitos que salgan al patio a ver algo, y ese algo resultás ser vos, quizás la única cosa sobresaliente del día para gente que pasa todas las horas de sol agachada recolectando papas, cosechando quinoa en terrazas empinadas o arreando porfiados animales.
Permite también oler, como es el caso de Salta, donde durante kilómetros percibíamos un aroma dulce, particular, sin saber qué era, hasta que supimos que estábamos en plena época de la cosecha del tabaco y que en los secaderos era donde se generaba ese particular aroma.
Y apreciar el lento aparecer de cada cerro, uno superpuesto a otro, uno más alto e imponente, otro colorido, otro mágico.

Bosque, curvas y más curvas
En Salta no podía quedar de lado la visita a una(s) peña(s), donde junto a un español; un vasco; una francesa y un salteño (no, no es un chiste) pasamos la noche entre guitarra, bombo y violín; noche que se hizo larga y en la que no faltó el buen vino salteño.
Estaba asumido, mañana pedalearíamos con resaca.
De Salta a Jujuy se puede ir tranquilamente por autopista o por el antiguo camino de la cornisa. Por supuesto optamos por la segunda opción, entre precipicios; curvas y contra curvas; bosque cerrado por la vegetación y una niebla casi constante. Todo el que lo recorre por sus carriles de dos metros de ancho queda con la boca bien abierta. Las márgenes del embalse Las Maderas fueron ideales para pasar la noche.

 

Pedalearás en soledad
Entramos a la Quebrada de Humahuaca, el terreno va ganando altura. Desde aquí permanecí sobre los 3000 msnm por varias semanas, hasta bajar en las costas peruanas al Océano Pacífico, pero falta mucho camino para eso aún.
Pasamos por Purmamarca, Maimará, Tilcara, Uquía, Humahuaca, Tres Cruces y La Quiaca: 285 kilómetros donde fuimos aclimatándonos a pedalear en las alturas, con el aire escaso y las noches frías. Ocupando cada tanto alguna vieja casa de adobe abandonada que nos resguardaba del insistente viento de la Puna.
La llegada a La Quiaca no sólo significaba dejar atrás mi país, sino que comenzaría otro tipo de viaje. Ahora mi compañero emprendería el regreso a su ciudad y yo seguiría rumbo norte en soledad.

 

Cuando la mentira es la verdad
Sólo se me viene a la mente una palabra para definir Bolivia: salvaje. Es el país de Sudamérica que más fiel vive a sus raíces, donde no hay que esforzarse para observar la cultura de los pueblos originarios, como suele pasar en muchas partes del mundo, donde se las exhibe en museos.
Aquí el 60% de la población tiene raíces quechuas o aymaras, entre otras de menor tamaño. En muchísimos poblados la única lengua es el quechua, de modo que resulta un poco complejo comunicarse (¿Nuestro spanglish sería el quechuspan de ellos?) Fríos y reacios al primer contacto, luego de cruzar unas pocas palabras demuestran la misma amabilidad que todas las personas suelen tener. Y aquí me quiero detener con otra pregunta recurrente, aparte de las clásicas: ¿De Argentina? ¿En bicicleta? ¿Está usted loco? Sería: ¿No tiene miedo que le hagan daño?
¿Existen las personas malas? Sí, claro. Pero puedo asegurar que la inmensa mayoría son buenas personas y muchas de las que consideramos como malas sólo están pasando por un mal rato. Más aun, todas quieren ayudar de una u otra manera, ya sea dando una indicación (aunque muchas veces no sepan hacerlo, motivo de kilómetros pedaleados en vano), compartiéndote agua, una fruta, su casa para dormir, un grito de aliento y muchos etcéteras más.
Recuerdo yendo de Tupiza a Uyuni, en un paso asfalto-ripio-asfalto-ripo…, como a los 4500 msnm me estaba agarrando la noche y quería perder altura para pasar menos frío. Me detuve en la única casa que vi en kilómetros para pedir algo de agua. La señora no hablaba castellano (tampoco quechuspan) de modo que entre mano va y mano viene me convidó una botella agua, la que me encargué de hacer desaparecer en cuestión de segundos, para cerciorarme en el último trago que me quedaba que estaba llena de larvas. La sed fue mayor que la prudencia. Entregué la botella vacía y partí al camino.
Cerrando la tranquera, a los pocos metros me encontraría con su nieto, que hablaba castellano perfectamente y que respondiendo a mi pregunta me indicaría que “a sólo un kilómetro, luego de esa curva que ve ahí, la ruta baja”, agregando que las subidas le daban paso al llano. Motivado y sonriente salí a toda máquina, pero la felicidad duró poco, el camino no dejaba de ganar altura.
No recuerdo bien, pero creo que esa tarde “cité” por unos minutos a la madre de ese muchacho. Quizás solo entendió mal mi pregunta o la dirección de mi recorrido, quizás no conocía el camino o tal vez dejé escapar por mis ojos el deseo profundo de un camino más benévolo, de una pausa. Y solo por darme una alegría mintió, como los niños suelen hacer, con inocencia.

 

La previa del salar
Hacía varios días ya que me venían comentando que me olvidara de cruzar el salar de Uyuni en bicicleta. Decían que la temporada de lluvias se había extendido, siendo fantástico para una travesía en 4×4 con fotos efecto espejo pero no para mis planes a pedal.
El salar del Uyuni es el más extenso y elevado del mundo, ubicado a 3650 msnm, con un espesor que llega a los 120 metros. En temporadas de lluvias se cubre de agua, lo que lo hace intransitable en bicicleta.
En el pueblo de Uyuni hay una casa del ciclista donde se puede descansar en un colchón o armar la carpa, darse un bienvenido baño, hacerle mantenimiento a la bici, comer sentado en una mesa; es decir casi una vida normal. Se suele dejar una contribución voluntaria o realizar algún trabajo para que la rueda siga girando.
Ahí fue donde llegué casi convencido de que era una locura cruzar el salar, hasta que por esas cosas de la vida me encontré con una pareja de franceses que justamente venía del salar en dirección contraria. La regla de tres simple aplicó aquí también: si los franceses cruzaron…, yo también.
Decidido, pero no tan convencido, salí rumbo a la entrada del salar en el cercano caserío de Colchani. Según las indicaciones recibidas debía ir derecho hasta la isla Incahuasi, pasar noche ahí y al otro día doblar 90° a la derecha para salir a Tahua, primer caserío en tierra firme, 120 kilómetros después.
“Marcá un waypoint en el GPS donde se encuentra la isla, es todo derecho. A la isla la vas a ver solo faltando unos 30 km, antes no ves más que horizonte blanco. No te desvíes por nada del track, porque salís a cualquier lado…”, fueron las máximas recibidas.


Sólo un dato: 278º Oeste

Cargué comida y agua para tres días por si acaso, una piedra (ya verán para qué) y mucho protector, ya que el factor UV es extremo por la altura y el reflejo del blanco de la sal. Sólo había un inconveniente, no tenía GPS. En el afán de seguir la religión del minimalismo en su máxima expresión, lo había mandado de vuelta, junto con varios accesorios más, con mi compañero.
Calculando que, entre unas montañas a mi izquierda y el volcán de Tunupa a mi derecha, justo en el medio se encontraría la isla Incahuasi, apunté la brújula a ese objetivo invisible. Ésta acusaba 278° Oeste, ese sería mi rumbo.
Confiándolo todo a una aguja magnética crucé la franja perfecta que separa la tierra de la sal para internarme en un mundo blanco, inerte y desolado.
Unos 3 kilómetros separan a la “orilla” con el hotel de sal donde se puede encontrar un monumento al Dakar del 2014 y otro decorado con las banderas del mundo. Hasta aquí había sido todo un chapoteo incómodo en el agua salada, a veces con pocos centímetros, otras cubriendo media rueda.
En adelante estaba todo perfectamente seco, solo algunos manchones poco importantes. Las condiciones no podían ser mejores y para mejor no había absolutamente nada de viento.
Caminos aquí no hay, solo algunas huellas que no suelen conducir a ningún lugar, pero yo tenía mi rumbo fijo: 278° Oeste, así que seguí la canción de Juan Manuel al pie de la letra: “Caminante no hay camino, se hace camino al andar”. Lo curioso es que las distancias son tan inmensas y el terreno tan monótono que da la impresión de no avanzar, ya que los únicos puntos de referencia que se tiene están tan lejos que se mantienen estáticos, indiferentes a nuestro avance. Nada parece acercarse ni retroceder, por lo tanto a uno le da la sensación por momentos de estar en un rolo de entrenamiento.
Mi plan pareció desmoronarse cuando las horas de luz comenzaban su cuenta regresiva y de la isla Incahuasi ni noticias. Pero como era más sencillo seguir que volver, agaché la cabeza hacia la brújula y cambié al plato grande.
Fue hermoso ver al rato una protuberancia contrastando con el dominio blanco del horizonte. Ahí estaba, 20 kilómetros más y llegaba. Los turistas que van hasta allí durante el día suelen dejar comida, también hay baños y agua. ¿Pero qué puede ser más romántico que ver un atardecer en medio de un salar y acampar en él?
No tardé demasiado en buscar el lugar “apropiado” para echarme. Luego, el ritual de siempre: extender el nylon del piso, armar la carpa, clavar las estacas… ¡Imposible! La sal es prácticamente una roca, no hay forma de enterrarlas más que 5 centímetros y si no se la clava y hay viento no será una buena noche seguramente y sobre la sal sólo hay sal. Aquí es donde recurrí al elemento que iba a cambiar la situación: la modesta piedra traída hasta acá en el fondo de la alforja.
Se acercaba la noche y la temperatura empezaba a caer en picada. (Con la altura la densidad de la atmósfera disminuye y ésta no puede almacenar tanta radiación solar. Esto explica por qué cuando estamos en altura, a la sombra nos helamos y al sol estamos a gusto.) Saqué mi calentador MSR y luego de unos cuantos bombeos ya estaba listo para el menú del día: arroz con cebolla, acompañado de unos mates, contemplando uno de los mejores atardeceres que se pueden pedir. Soledad y paz.

 

El hombre del culo blanco
A las 19:30 me fui a dormir, ya que quería levantarme a las 5:30 para ver un prometedor amanecer… Lo cierto es que recién a las 10:30 pude abrir los ojos. Evidentemente la sal relaja.
Mientras desarmaba los bártulos para partir, el juego era hacerle un baile poco elegante y desnudo a los turistas que pasaban a lo lejos en las 4×4 que se dirigían a la isla Incahuasi a pasar el día. El chiste se me dio vuelta cuando horas mas tarde llegué a la isla y me encontré con todo mi público almorzando civilizadamente en mesas, bajo gazebos blancos inmaculados. “Oh, ahí está el hombre del culo blanco…”, le comentaba un inglés estirado a su señora esposa.
Un guía de la zona me comentaría que hacía pocos años, muy cerca de donde había dormido la noche anterior, una familia había tenido una avería en su vehículo, se había aventurado a pie hasta la isla, que estimaban cercana, los había sorprendido la noche y nunca llegaron: cinco cruces en la sal así lo testifican.
También que un ciclista europeo se había detenido para tomar unas fotos y tras caminar solo unos pasos se había desorientado y perdido de vista su bici. Lo encontraron un día después, caminando, a kilómetros de donde debería haberse dirigido. Tuvieron que pasar semanas hasta que dieran con su bicicleta. Es por esa historia que yo en absolutamente todas las fotos del salar salgo junto a mi bicicleta…

 

Camino a La Paz
Luego de ser blanco de muchas preguntas (en varios idiomas) y fotos, me fui de la isla con mucha comida regalada. Doblando 90° a la derecha, solo 50 kilómetros me separaban de la “tierra firme”. Este tramo resultaría un poco más duro, la sal estaba más húmeda y aparecería el viento, por supuesto en contra.
La salida del salar la celebré con una naranja y con el tercer rayo roto.
Tras salir del salar (sentido S-N), fueron unos dos días alternando entre caminos de tierra y asfalto para llegar nuevamente a la carretera principal, camino a Oruro.
Si bien me había percatado de engrasar la cadena de manera exagerada antes de ingresar al salar y de lavarla enérgicamente en la salida, el daño que la sal y el litio le habían hecho a las partes móviles era de esperar. En mi caso, de los 110 eslabones de la cadena, la mitad se habían literalmente soldado. No quedó más que frenar en un pequeño caserío al borde de la extinción y ponerme a trabajar un largo rato con nafta, aceite y el cortacadena.
Lo cierto es que a medida que oscurecía (estaba claro que dormiría ahí mismo) nadie aparecía por la zona. Solo al atardecer, un señor muy mayor, con su lento andar y una bolsita con hojas de coca astutamente amarradas al pasacinto de su pantalón, me regalaría unos huevos y un poco de agua y me daría a entender que él era el único habitante de ese paraje. Luego, arreando su rebaño de vicuñas, se perdería entre una de las dos calles del lugar.
Desde aquí hasta La Paz, el camino discurre por la ruta nacional 1 sin mayores imprevistos, siempre en el altiplano, sobre los 3500 msnm.
Mis amaneceres fueron variados: el lateral derecho de una cancha de pasto sintético en donde horas antes un equipo de cholitas había disputado un enérgico 4-2; un galponcito al fondo de una iglesia entre algunas gallinas confianzudas en Calamarca; el patio de una escuelita de campo donde amanecí bajo la atenta mirada de todos los niños; y un complejo de aguas termales en Pazña.


La Paz: trabajo por canje y montañismo

Antes de entrar a La Paz hay que atravesar la ciudad aledaña, El Alto. (La Paz está en una hollada y El Alto… en lo alto). Son varios kilómetros con todo lo caótico que tiene para ofrecer una ciudad capital. Aquí hay que saber que rige la regla de la no regla. Sin duda los ingresos a las grandes ciudades son de las situaciones potencialmente más peligrosas por las que se pasa.
Ya en La Paz me la pasé un mes de voluntariado en un hostel (4 horas diarias de trabajo por cama y desayuno). Con muchas ganas de practicar mi otra pasión, el montañismo, al no tener el equipo necesario resolví trabajar para una agencia de guías de montaña. No había dinero de por medio: hacía las veces de porteador (llevar la carga de los clientes); armaba los campamentos; cocinaba; empujaba a los rezagados y lo que fuera necesario. A cambio me daban el equipo y se hacían cargo de mis gastos. Así pude escalar el Huayna Potosí, 6088 msnm, y el Sajama, techo de Bolivia, con 6542 msnm.
Pasearse por la ciudad de La Paz es una experiencia en sí misma. Contrasta el modernismo de una metrópoli con un lugar que se resiste a dejar de lado sus costumbres. Por citar un ejemplo, el mercado de brujas, donde se puede comprar el pan del día o una cabeza de caballo disecada.

 

Death Road
Antes de irme de la ciudad tenía algo pendiente que no iba a dejar pasar, el Camino de la Muerte, también conocido como Camino de las Yungas, un viejo trazado que había sido la única forma de unir La Paz con la región de Las Yungas, puerta de entrada a la selva amazónica.
Con solo un carril de tres metros de ancho, curvas sin guardarraíl y con precipicios, este camino fue construido por esclavos paraguayos capturados en la guerra del Chaco allá por 1930.
Hoy existe un nuevo camino, asfaltado y relativamente mas seguro, quedando solo este Camino de la Muerte prácticamente reservado al turismo.
Saliendo de La Paz se toma un minibús donde entran 10 y meten 16 personas, por unos pocos kilómetros, hasta el punto más alto, denominado La Cumbre, a 4700 msnm.
Desde aquí hasta Coroico es bajada en un 85%. Se puede descender del minibús aquí y disfrutar de una bajada sobre una excelente carretera asfaltada metida en un valle con picos de 6000 msnm alrededor, o bien, como hacen los turistas intrépidos que optan por la excursión con bicis, empezar más adelante, donde se abandona la carretera principal y se dobla a la derecha, bajo un deteriorado cartel que reza DEATH ROAD. Desde aquí son 64 kilómetros de recorrido en ripio con un desnivel a favor de 3600 metros…
En las curvas con precipicios de 400 metros uno debe decidir si ponerse más cerca de la pared de la montaña o ir sobre el filo del abismo, mientras te cae una cascada de agua que no te deja ver nada. Todo en un entorno pre-selvático donde el frío de los anteriores 4700 msnm va perdiendo fuerza frente al húmedo calor de la yunga.
Por primera vez mi bici rodaba sin alforjas. Iba solo con una mochila de ataque, con lo mínimo para pasar una noche en Coroico y volver al otro día a La Paz. Pasar de una bici de 50 kg a una flecha de 15 kg donde sólo había que dejarse llevar era demasiado tentador, así que me propuse la regla de ir despacio para cuidar la bici (y cuidarme a mí). Pero pasados sólo unos metros me resultaría imposible inhibir el impulso de soltar los frenos por completo (como las reglas están para romperlas, así sucedió). No llevaba ciclocomputadora, pero estimo que iba a unos 60 km/h.
La libertad del camino poco transitado solo era interrumpida por el sonido del freno a disco constantemente aplicado por algunos turistas paseando en unas bicis doble suspensión muy pro, que pedían pista. Luego de dejar atrás a varios pelotones con sus vehículos de apoyo, todos volvieron a rebasarme cuando a pocos kilómetros de terminar el tramo una piedra en el camino quiso que me quedase tendido.
Con cara de que todo estaba bien y simulando mi detención a la toma de alguna fotografía, me puse a evaluar los daños: llanta trasera doblada (los próximos kilómetros serían con el v-brake abierto) y la cámara pellizcada por el aro. Solo para ponerle un tinte extra de color, constaté que me había quedado sin solución para parches…
Con esta situación puedo ejemplificar por qué este tipo de viajes conviene hacerlo con las anticuadas rodado 26: en pocos kilómetros una vieja playera donó su cámara trasera a la causa.


Perú me espera

Quedaba poco ya de Bolivia. La salida de La Paz la hice por teleférico, para evitar la locura del tránsito, y en dos días, cruzando algún que otro ferry, ya estaba en Copacabana a las orillas del lago navegable más alto del mundo, el Titicaca. Aquí cerca, en la Isla del Sol es donde realmente comenzó la cultura Inca y se puede sentir por qué. A un lado veo las cumbres nevadas de la cordillera Real de Bolivia que unos días atrás estaba pisando y al otro la aventura que se viene: todo Perú por descubrir.


*Bernardo Gassmann: bernardogassmann@gmail.com

Publicidad
Click para comentar

Dejá un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.

Cicloturismo

Una travesía por la cordillera patagónica en modo bikepacking con una bici de doble suspensión. Cómo configurarla. Ventajas y desventajas.

Publicado

el

La lógica indica que una bici rígida de trail es la opción más coherente cuando se trata de realizar travesías de bikepacking en la Cordillera de los Andes. Las largas distancias sin capacidad de abastecerse obligan muchas veces a forzar el sistema de carga a su máxima capacidad y allí el frame bag (bolso de cuadro o triángulo) cumple una función casi esencial, al menos a la ahora de transportar grandes cantidades de alimento. Además, ya sabemos que contar con menor cantidad de piezas móviles se traduce directamente en menos posibilidad de roturas e inconvenientes y es allí donde las dobles parecen mostrar sus puntos débiles frente a una clásica hardtail.

¿Pero qué sucede en el terreno? ¿Cómo se comporta una doble en una travesía real en la cordillera patagónica, con carga real y en una ruta de bikepacking de lo más técnica que se pueda encontrar?

La Tehuelche Trail
A finales de abril y ya con el invierno pisándonos la rueda trasera, nos fuimos a intentar completar otra etapa del Tehuelche Trail, la ruta de bikepacking que desde hace tiempo estamos abriendo en Santa Cruz y mediante la cual se va a poder recorrer casi por completo la provincia a través de los distintos valles cordilleranos que viajan paralelos a la Ruta Nacional 40.
En esta ocasión, y teniendo en cuenta una pequeña brecha de 4 días de buen clima, decidimos salir a completar el segmento entre el lago Viedma y el lago Argentino, que si bien sabíamos que nos llevaría algunos días más, por su baja altitud estaríamos seguros en caso de que el mal clima trajera consigo la primera gran nevada del año.
La idea era ir muy livianos, para avanzar rápido por un trazado que según los mapas tendría mucho de fuera de ruta, así que sin lugar a dudas era la ocasión perfecta para probar la doble y exigirla un poco más que de costumbre

Venzo Exceed aluminio de doble suspensión

En este último año la Exceed de Venzo se ha convertido en mi bici favorita y viviendo en El Chaltén podría decir que es la bici más polivalente que pude probar hasta el momento, ya que con ella puedo salir a hacer rodajes largos por la ruta de ripio que va camino al lago Del Desierto sin sufrir demasiado en entrenamientos de 5 o 6 horas de duración, ir a senderear rápido por el bosque, donde con esta bici las bajadas técnicas, las raíces y las zonas rocosas parecieran no existir, y lo mejor de todo: también la he estado usando para salidas de exploración de uno o dos días por la meseta esteparia o los filos cumbreros de las montañas que rodean al pueblo sin encontrarle muchas limitaciones incluso a la hora de cagarle el saco de dormir y alguna que otra cosita necesaria como para pasar la noche bajo las estrellas.

Pero claro, no es lo mismo dar una vuelta cerca de casa que salir durante una semana con todo lo necesario para atravesar valles desconocidos en donde uno nunca sabe lo que se va a encontrar. Es allí donde todas las partes del equipo dejan de ser simples partes para transformarse en herramientas en las que uno debe confiar en todo momento y por eso mismo hacer algún cambio en el equipo siempre es una cuestión a tomar con cierta delicadeza.

En mi caso, hacía mucho tiempo que venía pensando y analizando la idea de llevar la doble a alguna travesía por fuera de ruta y por eso fui probando de a poco distintas configuraciones de equipos de bikepacking en salidas cortas en todo tipo de terrenos. Primero la estepa, con sus caminos de guanaco que te van llevando a donde quieren; después el bosque con barro, raíces y piedras, los senderos trabados, la roca desnuda de los filos donde el viento erosiona todo lo que toca y en todas las ocasiones la bici funcionó a la perfección e incluso sin mostrar muchas desventajas frente a mi otra bici hardtail Venzo Atix, probada tantas veces en travesías largas de bikepacking en Cordillera de los Andes. Lo que quedaba entonces era solo encontrar la ocasión para cargar la doble con lo necesario para varios días y salir de travesía a las montañas patagónicas.

Configurando una doble de bikepacking
Lo primero que uno nota al querer armar una bici doble de bikepacking es la poca o nula capacidad de utilizar un frame bag o bolso de cuadro, que en general es el lugar donde se suele llevar la comida y las cosas de mayor peso. Pero eso claro, depende de la geometría y el talle de la bici que estemos usando, ya que a veces ni se justifica colocar un bolso, que desde ya va a tener que estar fabricado con la forma y la medida específica que respete el shock de amortiguación.

En el caso de la Exceed, que uso en talla M, bien valdría la pena la fabricación de un bolso, ya que el espacio de carga es respetable y podría resultar sumamente provechoso (ya hablaremos con los amigos de Halawa al respecto…, que de eso saben sin cuentos). También, dependiendo de la geometría de la bici, hay que tener en cuenta que algunas dobles pueden quitarnos espacio de carga en el seat bag/bolso bajo asiento, que debido a la oscilación de las vainas puede llegar a tocar en la rueda trasera. Y finalmente otro factor muy importante a tener en cuenta es ajustar la presión de ambos amortiguadores como para compensar el peso extra de carga. En mi caso aumenté un poco la presión antes de la travesía y me llevé el inflador por las dudas de haberme quedado corto y que la bici se comportara como un flan debido al peso extra y aunque finalmente no fue necesario utilizarlo en ningún momento, en lo personal recomiendo llevarlo, ya que es asombroso lo que cambia la bici en los distintos terrenos ajustando el sag y la presión al gusto de cada ciclista.

¿Hardtail o full suspension?
De todas formas me parece oportuno resaltar que en una travesía de bikepacking con bicis de doble suspensión, la premisa siempre debe ser ir livianos y priorizando la rapidez, fluidez, confort y diversión que ellas aportan. Definitivamente puedo afirmar que todo lo que se hace con una doble en este tipo de travesías se puede hacer con una hardtail sin notar diferencias de relevancia. Pero sin lugar a dudas, al final la experiencia va a cambiar sustancialmente, ya que una bici doble en una travesía por senderos e inclusos terrenos vírgenes nos va a permitir pedalear muchísimos más sectores que una hardtail y no solo por la tecnología aplicada a la suspensión sino también porque inevitablemente vamos a estar viajando más livianos y por ende más rápidos. Lo importante aquí es no caer en comparaciones ni pensamientos del tipo “es mejor con tal o cual bici”, sino enfocarse en qué herramienta es la adecuada para cada tipo de uso y cual le va a aportar más a cada experiencia.

Qué cargar para cada viaje
Con Sol tenemos muchos años viajando juntos en bici y eso hace que a la hora de preparar los equipos estemos casi automatizados. Cada uno sabe qué lleva, dónde, cuánto y cómo a cada travesía. Solo hace falta definir cuántos días serán, por qué geografía, en qué época y mágicamente todo se acomoda en su correspondiente lugar. Sin embargo cada vez que algo cambia en el equipo, nos produce cierto estrés que dura hasta que cada cosa vuelve a encontrar su lugar definitivo nuevamente.


Justamente en este momento estamos en una etapa de quiebre en lo que hacemos en el ámbito del ciclismo de aventura y eso hace que en el último tiempo estemos cambiando muchos hábitos y elementos de nuestro equipo para poder llevar a cabo travesías más técnicas en zonas aún más remotas de las que venimos frecuentando en la Cordillera de los Andes. Eso hace que inevitablemente tengamos que ponernos más exquisitos con la elección de materiales y por eso, entre otras cosas, incorporamos alimento liofilizado que los amigos de Camp Foods nos facilitaron para los próximos proyectos y de a poco vamos actualizando nuestro antiguo equipo de montaña por materiales más modernos, que sobre todo nos quitarán algunos kilos a la hora ir para arriba o atravesar zonas complejas. En materia de bicis y siguiendo un poco el concepto que los escaladores llaman “estilo alpino”, queremos apoyarnos en las nuevas tecnologías, que sobre todo aportan la posibilidad de ir más livianos, más rápidos y más seguros por lugares a donde antes era impensado llevar una bici.

La doble en la Codillera real
Cuando finalmente llegó el día de la travesía, la Exceed estaba armada con:

el arnés frontal, en donde llevaba mi saco de dormir, aislante, carpa y la capa impermeable, más
un bolsito frontal acoplable al arnés, en donde viajaban guantes, linterna frontal, GPS, gafas, algunas barras de chocolate y frutos secos.
En el bolso bajo asiento llevé como de costumbre algunas prendas extra para los campamentos, el abrigo, la cocina multicombustible MSR y las 6 raciones de alimento liofilizado más algo de queso, salame y galletas.
Luego coloqué las herramientas y repuestos en el pequeño bolso porta objetos que sujeté al caño superior del lado del asiento
y en el otro extremo fue el Jhatun, con algunos alimentos más, el móvil y los infaltables chupetines.
Bajo el caño inferior coloque la botella con combustible para la cocina y un paquete de spaghetti extra por las dudas, más un Tamal con cámara extra y parches.
Dos porta botellas con botellas de 750 ml en el manubrio y dos portabotellas en la horquilla con Nalgenes de 1.5 litros a cada lado.

La travesía
Cargada de esta manera, la bici quedó bien equilibrada y asombrosamente liviana para una salida de 6 a 7 días de duración, y para mi sorpresa durante la travesía prácticamente no sentí diferencia al conducir la bici por caminos de ripio, en los senderos, ni cuando nos tocó pedalear sobre la estepa intentando unir segmentos en donde no existían siquiera las huellas de guanaco y en donde Sol y Nico, un amigo que nos acompañó en esta oportunidad con mi Venzo Atix, iban rebotando exageradamente.

En las bajadas la bici llega a su máximo potencial y brinda una seguridad que por momentos se puede tornar peligrosa si uno se deja llevar por la excesiva confianza. Nunca hay que olvidar que una caída en estas zonas puede complicar enormemente las cosas, con lo cual y a pesar de que las dobles invitan a bajar rápido, siempre hay que ser consciente de lo que puede ocurrir si nos accidentamos en un lugar remoto al que solo se tiene acceso caminando o a caballo.
En la montaña, fueron muchas las partes en donde yo pude pedalear y tanto Sol como Nico tuvieron que caminar. Sin embargo una vez que salimos a los caminos rurales de ripio y luego al pavimento de la Ruta Nacional 40, ellos lograban una gran diferencia, sobre todo en las subidas, en donde la doble con carga parecía quedar adherida al suelo. Pero claro, esos solo eran tramos de enlace, porque lo divertido, lo importante y lo mágico había quedado atrás, en las montañas y en la enormidad de la cordillera patagónica.

Ventajas y desventajas de la doble con bikepacking
A modo de resumen voy a enumerar algunos pros y contras a la hora de elegir una bici de doble suspensión para hacer salidas de bikepacking:

Ventajas
Mayor eficiencia en zonas técnicas.
Mayor seguridad en zonas técnicas.
Mayor confort en zonas técnicas.
Conducción más divertida.
Mayor posibilidad de pedaleo en segmentos fuera de ruta.
Posibilidad de ajuste de presión en amortiguadores.

Contras
Más costosas.
Más posibilidad de roturas en viajes largos.
Menor capacidad de carga para viajes largos.
Algo blanda en las subidas.
Suelen ser un poco más pesadas.
Requieren mayor conocimiento técnico.

Conclusiones finales
Desde nuestro punto de vista, las bicis de doble suspensión le aportan nuevas posibilidades al ciclismo de aventura, logrando su mayor provecho en salidas cortas de 1 o 2 días por zonas montañosas, terrenos técnicos o exploraciones rápidas. Pero también son una excelente herramienta para travesías de bikepacking en zonas montañosas o fuera de ruta que no demanden más de una semana de duración.

 

Por Nación Salvaje
http://www.nacionsalvaje.com | https://www.facebook.com/NacionSalvaje/ | https://www.instagram.com/nacionsalvaje/?hl=es

Continua leyendo

Cicloturismo

En busca del trofeo Stoneman en el glaciar más grande de los Alpes

Publicado

el

Unas insondables 27 mil millones de toneladas de hielo forman el glaciar Aletsch, el flujo de hielo más grande de los Alpes. El recorrido en torno a él diseñado por Rolan Stauder y bautizado por él mismo como Stoneman Glaciara consta de 127 kilómetros de espectaculares senderos y 4.700 metros de desnivel positivo que invitan a transpirarlos. Ambos están en Suiza y, combinados, son parte de un impresionante recorrido en bicicleta de montaña por el cual los ciclistas reciben un trofeo al completarlo.

El sudor se escurre por mi frente y dentro de mi oído. Trato de mantener mi ritmo de pedaleo más o menos constante. El camino lleno de baches que Caroline y yo subimos en bicicleta para llegar a Fiescheralp se ha vuelto notablemente más empinado. Echo un vistazo rápido a mis coronas de piñón: me alivia ver que todavía me queda una por usar. Estoy respirando tan fuerte que no puedo hablar. Mi único objetivo: reducir la marcha. Respirar rápido. Pedalear lentamente.
Sigo avanzando, miro furtivamente por encima del hombro y veo el valle a lo lejos. Caroline está justo detrás de mí. Es nuestra primera vez en Valais. Aunque nunca hemos estado aquí, las historias que nos han contado y una abundante investigación nos han dado una idea de cuán magnífica debe ser la vista desde la cima del gigantesco glaciar Aletsch. Desde el desayuno hemos estado pensando una y otra vez: ¿Se verá tan impresionante en la vida real? Seguimos pedaleando, plenos de ansiedad.

Los senderos de Stoneman y sus trofeos
Conocí al fundador de “Stoneman Trails”, Roland Stauder, hace muchos años en la gira original de Stoneman en las Dolomitas. Desde entonces, nuestros caminos se han cruzado innumerables veces. Su nombre es sinónimo de recorridos llenos de experiencias extraordinarias. De hecho ya hay cinco recorridos diferentes con el logotipo de Stoneman.


Cuando me habló de su proyecto en Suiza, el Stoneman Glaciara, lo supe de inmediato: ¡Era un camino que tenía que hacer! Sus historias sobre impresionantes vistas y senderos técnicos en el Alto Valais me cautivaron. Caroline también participó en la increíble gira de las Dolomitas y confía plenamente en la capacidad de Roland para organizar una gira inolvidable. Una búsqueda rápida en Internet y nuestra curiosidad se despertó. Llenos de anticipación, nos dirigimos a Bellwald en el cantón de Valais, en el sur de Suiza. Con su centro de pueblo libre de automóviles y sus casas de madera ennegrecidas por el sol, el pueblo resulta encantador.
Recogemos nuestro kit de inicio para el Stoneman Trail en la oficina emisora, ubicada en el hotel. La parte más importante del gran kit sorpresa es definitivamente una tarjeta que necesita ser perforada en seis puntos de control diferentes para que podamos ser premiados con el tan deseado trofeo Stoneman.

Como no queremos apresurarnos sino disfrutar de las impresiones, decidimos hacer el recorrido durante tres días. Esto significa que obtendremos el trofeo de bronce. Los que hacen el recorrido en dos días obtienen un trofeo de plata. En cuanto al trofeo de oro, se otorga a los ciclistas más aptos, aquellos que lo logran en un solo día.

El inmenso glaciar
Después del desayuno, nos tomamos nuestro tiempo para pedalear por el sendero para bicicletas bien señalizado hacia Fiesch. Aquí es donde nace el desvío al largo ascenso a Fiescheralp. Con un desnivel positivo de 1.200 metros, ascendemos lentamente. Cuanto más alto serpentea el camino forestal, más asombrosa es la vista. Bañados en sudor, pasamos en bicicleta por la estación de montaña de Fiescheralp, con su ajetreo característico. Unos metros en vertical más adelante nos recibe una brisa fría y húmeda al entrar en el túnel que atraviesa la montaña hasta el refugio alpino Gletscherstube, situado a orillas del embalse de Märjelensee.

Disfrutamos de un descanso en el patio frente a la cabaña rústica, que se encuentra en un fascinante paisaje formado por glaciares. No podemos dejar pasar una delicia culinaria y un elemento básico de la cultura suiza: un Nuss-Stängeli. Estas tradicionales galletas de avellana quedan perfectas sumergidas en un espresso, y una Rivella, un refresco de hierbas suizo, sacia nuestra sed.

Hay un sendero corto hasta una plataforma de observación con vista al glaciar Aletsch. Incluso si está fuera de nuestro camino, decidimos comprobarlo, fortificados con nuestro delicioso refrigerio. Después de todo, ¡es por eso que estamos aquí! El glaciar se encuentra a pocos metros por debajo de nosotros, una carretera interminable, malévola y profundamente surcada, hecha de hielo y nieve. Podemos ver hasta Concordia Place, en Jungfraujoch, una línea de glaciares que conecta varios flujos de hielo más pequeños para formar la ruta de hielo más larga de los Alpes. El grosor del hielo se ha medido ahí en unos increíbles 900 metros. El glaciar Aletsch, de 22.7 kilómetros de largo, contiene suficiente agua para proporcionar a toda la población de Suiza un litro de agua potable por persona al día durante 4.057 años.

Una bajada técnica y peligrosa
“Es aún más impresionante que en las fotos”, comento con entusiasmo. De vuelta en nuestras bicicletas, disfrutamos del sendero, que está plagado de losas de granito y pronto serpentea entre enormes rocas. ¡Pura alegría! La vista se abre hacia el profundo valle , excavado en el paisaje por el glaciar Fiescher durante miles de años. Vale la pena una parada fotográfica más larga. Después de esto, nos encontramos en un descenso que requiere toda nuestra concentración. Es sorprendentemente desafiante y nos lleva de regreso a Fiescheralp.

Las losas de roca colocadas verticalmente para desviar el agua que fluye y proteger los caminos de la erosión, requieren extrema precaución, para evitar pinchazos. Unos pasos muy estrechos y con escalones exigen una andar muy cuidadoso si uno pretende mantenerse sobre la bicicleta. El sendero es pura delicia técnica, pero también es muy agotador y, de vez en cuando, algo complicado. Tenemos una oportunidad más de deleitarnos con un panorama increíble en el camino alto a Bettmeralp, nuestro destino para pasar la noche. La vista se extiende sobre el valle del Ródano, hasta el mundialmente famoso Matterhorn.

¡Gommer Cholera para todos!
Antes de llegar al hotel, nos espera otro punto culminante: el mirador de Märjela. Aquí perforamos nuestras tarjetas y disfrutamos de una de las mejores vistas del glaciar. Este tramo lo dejamos intencionadamente para la tarde, para evitar las aglomeraciones que suele haber en los días bonitos.

Un breve tramo empujando nuestras bicis y llegamos al mirador, ya casi vacío de gente. Llenos de asombro, miramos por encima del gigante de hielo en la tenue luz del atardecer. El sol está a punto de desaparecer detrás de las empinadas laderas de las montañas. Nuestro momento es perfecto. Esta vez, la sesión de fotos obligatoria continúa durante mucho tiempo antes de regresar por la sección divertida del sendero a Bettmeralp. Primero tenemos que maniobrar nuestras bicicletas en algunas secciones llenas de baches y rocas, pero luego llegamos a uno de los mejores senderos fluidos de todos los tiempos. Solo la luz que se desvanece nos obliga a reducir la velocidad.

No es hasta tarde en la noche que llegamos al maravilloso destino de ese pueblo de vacaciones sin automóviles, ubicado en una meseta a una altura de 1.948 metros y con vista a un lago. Tiempo para una ducha rápida y luego para el restaurante.
Hay muchas especialidades del Valais en el menú. Una comida destaca por su nombre, que no suena especialmente apetecible: Gommer Cholera. Siempre dispuesto a probar algo nuevo, decido pedir esta comida vegetariana. Resulta un sabroso pastel de verduras con peras y queso. También se rellena con puerros, cebollas y papas. Sabe mucho mejor de lo que su nombre indica. Estoy muy contento con mi elección. Sintiéndonos saciados, pronto damos por terminado el día y nos vamos a la cama. “La cantidad de impresiones en un solo día es difícil de creer”, digo, resumiendo el día, y antes de que nos demos cuenta, estamos profundamente dormidos.

La segunda jornada
El día siguiente comienza con un descenso muy emocionante de 1.200 metros. Detrás del Riederalp, el sendero nos lleva a través de rústicas cabañas alpinas y pasturas antes de sumergirnos rápidamente en el bosque. Aquí nos encontramos inesperadamente con algunas cositas muy técnicas en forma de pasajes empinados y rocosos. Y en el medio, el suelo del bosque lleno de raíces exige maniobras rápidas.

El sendero está claramente marcado con el logotipo de Stoneman, por lo que podemos mantener nuestro impulso, incluso en los cruces sinuosos del bosque. “¡Esto es tan retorcido!”, nos gritamos con alegría cuando llegamos al fondo del valle en Mörel.
Una vez cruzado el valle, es hora de iniciar la larga subida hasta el punto más alto del recorrido, el Breithornpass, a 2.451 metros. Ya nos habíamos quitado las camperas cuando llegamos al último pueblo de Grengiols. El camino se ha vuelto notablemente más empinado. El asfalto ha terminado y hemos caído en un ritmo meditativo para la larga subida. Llenamos nuestras reservas de agua por última vez. Nuestro altímetro muestra casi 2.000 metros cuando cruzamos la línea de árboles.

La vista majestuosa nos da la motivación que necesitamos para continuar. Las nubes se arremolinan alrededor de los exuberantes picos verdes. La pendiente en el viejo camino del ejército es aquí mucho más agradable y en realidad disfrutamos de nuestra ganancia de elevación final hasta el paso. ¡Choque de manos! “Esto salió mejor de lo esperado”, declara Caroline, feliz. Estábamos tan emocionados que casi olvidamos perforar nuestras tarjetas.

Descenso mineral y final con raclette
Después de disfrutar de una magnífica vista durante el almuerzo, es hora de descender. Nos sentimos bastante agotados, por lo que no nos importa que este camino no sea tan desafiante. Los estrechos caminos de ripio nos permiten disfrutar del entorno y sentir el viento en la cara. El paisaje idílico, con sus arroyos vertiginosos y sus prados verdes es un bálsamo para el alma. Tras una pequeña subida llegamos al pueblo de Binn. Es tarde y lo primero que notamos es el puente de piedra con forma de arco que cruza el río Binna y que fue construido en 1564.

El valle de Binn se considera un tesoro de cristales. Los recolectores de minerales, conocidos como rockhounds, han encontrado más de 270 tipos diferentes de minerales. Hubo un tiempo en que buscar y vender minerales era una buena forma de ganar dinero extra. Ahora solo hay unas pocas personas que se ganan la vida de esta manera.
El idílico pueblo, popular entre los visitantes, está notablemente vacío al anochecer. Aquí también hay una especialidad regional en el menú: Raclette. Nos sirven un gran trozo de queso raclette caliente y humeante, adornado con algunas verduras.

Se come sobre papas hervidas y el sonido del riachuelo es el acompañamiento perfecto para nuestra comida. No podemos imaginar un final más sabroso para nuestro día que nuestra comida en el restaurante Zur Brücke.

Un viaje al pasado
En nuestro último día haremos el tramo más corto, por lo que no tenemos mucha prisa por la mañana.
El primer tramo desciende por una calle asfaltada hasta que giramos hacia la antigua carretera que une Binn y Ausserbinn, justo antes de un túnel.
Hasta que se construyó el nuevo túnel en 1965, Binn Valley estaba aislado del mundo exterior durante el invierno. Las avalanchas y los deslizamientos de rocas a menudo caían por el desfiladero de Twingi, bloqueando la única ruta utilizable. Ahora, el antiguo camino es la manera perfecta para que ciclistas y excursionistas experimenten el espectacular entorno.
Muy abajo, en el fondo del desfiladero, el Binn serpentea montaña abajo. Andamos en bicicleta a través de muchos túneles pequeños. No podemos dejar de notar que la barandilla de metal a lo largo del borde está destruida por el desprendimiento de rocas.
Una vez que pasamos Ausserbinn, un fácil sendero continúa hasta Ernen. En el centro del pueblo, las casas de madera, tan típicas de la región, están muy juntas. La plaza del pueblo es una de las más bellas de Suiza y estamos encantados de que los edificios históricos estén en tan buen estado.

El tranquilo sendero continúa río arriba hasta Reckingen, el pueblo de montaña más antiguo de la región, hasta que una señal indica el otro lado del valle. Aquí el Stoneman Glaciara nos lleva a través de muchos pueblos de montaña centenarios, donde el tiempo parece haberse detenido.
Todavía es temprano, así que decidimos tomarnos nuestro tiempo, deteniéndonos a menudo para maravillarnos con el paisaje bucólico y los edificios bien conservados, sintiendo como si hubiéramos retrocedido en el tiempo.

Algunas de las casas de madera están sobre pilotes y se habrían utilizado para almacenar grano. Los gruesos postes de madera que sostienen las construcciones están cruzados por una losa redonda de pizarra, lo que evita que los ratones entren en el grano almacenado. “Es tan simple”, digo, asombrado por el ingenio práctico.
Luego, cuando lleguemos a Niederwald, tendremos que volver a trabajar duro. Este es el comienzo de nuestra última subida de regreso a nuestro punto de partida en Bellwald.

Después de tres días muy espectaculares de paisajes majestuosos, senderos a veces desafiantes, muchas experiencias culturales justo al lado del sendero y tantas especialidades locales, estamos felices de aceptar nuestro trofeo Stoneman de bronce. “De ninguna manera querría hacer esto en un día”, le digo a Caroline, riendo, cuando recibimos nuestros trofeos. Estamos de acuerdo: al desarrollar Stoneman Glaciara, Roland ha creado una experiencia de bicicleta de montaña extremadamente espectacular e interesante, que vale cada gota de sudor. Y el trofeo de piedra de bronce siempre nos recordará estos magníficos días.

Información del Stoneman Glaciara
Sitio web: https://www.stoneman-glaciara.com/en/
Información del recorrido: 127 km, 4.700 metros de desnivel positivo.
Kits de inicio: se pueden obtener en cualquiera de los 22 hoteles hoteles socios del Stoneman si uno de aloja en ellos. Los invitados externos pueden recogerlos en una de las oficinas de emisión oficiales. Todos los socios pueden encontrarse en el sitio web.
Planificación de su recorrido: seguimiento GPS en el registro. El sitio web tiene sugerencias sobre cómo dividir mejor la ruta. ¡Recomiendo hacer el recorrido en sentido contrario a las agujas del reloj! El mapa de ruta está incluido en el kit de inicio. Gran señalización.
Seis puntos de control para sellar la tarjeta: Bellwald, Märjela, Mossfluh, Breithorn, Binn, Reckingen.
Temporada: junio a noviembre, dependiendo de las condiciones climáticas.
Requisitos: buena forma física y capacidad de hacer senderos técnicos. Algunos senderos son complicados.
Información oficial sobre las condiciones del sendero:
3% tramos de raíces/rocosos | 3% adoquín, asfalto grueso | 10% senderos | 17% single trail | 37% caminos pavimentados | 30% asfalto
Restaurante recomendado: “Zur Brücke” en Binn, www.zurbruecke-binn.ch

www.bissig.ch

Texto: Gerhard Czerner | Fotos: Martin Bissig

Continua leyendo

Cicloturismo

BiciAmigos, una agrupación que crece y crece a puro pedal y sonrisas

Publicado

el

Sus fundadores son de la zona de Ezpeleta y Berazategui, dos barrios del sur del Gran Buenos Aires. Se comenzaron a juntar para pedalear hace casi seis años y a poco de andar se propusieron dar un paso más: fomentar el deporte y hacer actividades sociales para generar lazos de amistad. Tan sencillamente como esto que contamos nació BiciAmigos, que con el tiempo llegó a sumar una verdadera multitud y a adquirir un estilo propio.


“No solemos andar a un ritmo muy tranqui —nos cuenta Cristian García— y debido a eso y que mucha gente quería pedalear con nosotros decidimos dividir el grupo en niveles (principiantes, intermedios y avanzados). Además, solemos ser muy hinchas con el tema seguridad, y no solo con respecto al uso obligatorio del casco sino también al andar por banquinas, o en fila de a uno, a respetar semáforos, hacer señalamiento de pozos y detención, etcétera.” Hoy BiciAmigos es un grupo con varios guías para desarrollar las salidas de manera ordenada y exitosa. Cada tanto participan en carreras, pero siempre aclaran que son un “grupo de cicloturismo” y que si bien siempre alientan a exigirse y superarse deportivamente no son un grupo de entrenamiento. De como nació, creció y evolucionó esta agrupación hablamos con uno de sus integrantes, Cristian García.

¿Contanos cómo nació el grupo y con qué intenciones?
En este rubro y con la tecnología de las redes sociales, hoy por hoy todos nos conocemos y nos contactamos. Así fue que durante el año 2016 creamos un grupo de whatsapp a través del cual armamos salidas ocasionales entre semana y poco tiempo después (allá por agosto de ese mismo año) decidí armar una salida a Chascomús, Todo eso fue generando un clima de amistad y buena onda.
Luego de la salida a Chascomús se sumaron muchos otros a ver las fotos de nuestras salidas en los perfiles de Facebook de cada uno y comenzaron a pedirnos que les avisásemos para una próxima salida, sin importar el destino. Así fue que creamos el grupo de Face para que todos tuvieran la invitación sin necesidad de invitar uno por uno por privado. Hoy en día somos más de 3.300 miembros ciclistas de la zona en Face. Y digo ciclistas porque antes de permitir a alguien el ingreso al grupo se verifica si suelen salir a rodar, si son de la zona o si son recomendados por algún miembro del grupo. La idea no es sumar gente que viva lejos o no pedalee, dado que la intención es sumar gente que quiera hacer deporte junto al grupo.

¿Cómo definirías hoy el objetivo de BiciAmigos? ¿Cómo fueron evolucionando con el tiempo y qué formato tienen en la actualidad?
El objetivo siempre fue pedalear, divertirse y, lo más importante, superarse cada día. Intentamos meterle algo de ritmo a cada pedaleada y también descansar y tomar unos mates o llevar algo para almorzar en los destinos .
Salida tras salida y con el tiempo llegó gente nueva, más seguidores se unieron a las redes sociales y pedaleo tras pedaleo se fueron encontrando. Luego de unos años decidimos separar las salidas en distintos niveles: mucha gente arrancó en un nivel inicial y en el día a día se van superando hasta alcanzar el nivel intermedio y luego el avanzado. De esa manera está creciendo la cantidad de personas en cada salida, siempre con bikers que se animan a más.
Esta evolución nos llevo a capacitar mas guías y hoy por hoy ya son más de 15 los que llevan las salidas de todos los niveles de una manera segura y divertida.

¿Cuántos son y qué actividades regulares realizan? ¿Qué creés que los identifica y define como grupo?
Es difícil calcular cuántos somos, ya que la cantidad de bikers por salida varía dependiendo de los kilómetros y los horarios, pero podríamos decir que en promedio seremos alrededor de 15 o más en cada salida. Nuestra actividad regular es el pedaleo en asfalto, caminos rurales y senderos.
Y como grupo nos define el compañerismo, el deporte, el progreso y por sobre todo la diversión, el reírnos y despejarnos de la rutina, de las preocupaciones cotidianas.
Pero quiero aclarar que valorar el progreso y el deporte no significa que vamos a entrenar como locos ni que vamos a ir paseando. Las salidas son todas para esforzarnos y superarnos, siempre en grupo y todos juntos, o sea que vamos a ir con una velocidad de marcha al ritmo del que haga mayor esfuerzo pero siempre respetando las velocidades publicadas. La idea siempre es superarnos.
Así que todos los que quieran superarse serán bienvenidos a sumarse a esta locura BiciAmiguera.

¿Cómo se puede conectar la gente con ustedes?
Tenemos un grupo oficial de Facebook llamado obviamente BiciAmigos en donde publicamos cada salida detalladamente, incluyendo destino, nivel, velocidad, horarios, puntos de encuentro y elementos a llevar. Allí mismo posteamos álbumes de cada salida con una descripción de lo vivido en cada una de ellas. También nos pueden encontrar en Instagram como biciamigos.oficial, tanto para enterarse de las salidas como de cualquier anuncio que hagamos.

Facebook BiciAmigos | Instagram @biciamigos.oficial

Continua leyendo

Accesorios

Bikepacking y gravel: los creadores de la marca Halawa en Emporia, Kansas, la meca del gravel

Publicado

el

Por

La carrera más emblemática del mundo en bicicletas gravel es la Unbound Gravel, que se corre en los veranos de Emporia, Kansas, el centro geográfico de los Estados Unidos.
Emporia es una pequeña ciudad de unos 25.000 pobladores, ubicada en una región rural con cuchillas llamada Flint Hills, que convoca a miles de graveleros de todos los confines del planeta, que para participar deben inscribirse y esperar ser aceptados en razón que se corre con un cupo acotado de 4.000 participantes y el que la corrió previamente tiene derechos adquiridos. La lista de espera no tiene fin (decenas de miles) y no hay excepciones, así seas una estrella del ciclismo. Es que si bien la capacidad de los caminos rurales de la zona admitiría a varios miles más, la capacidad de alojamiento del lugar es limitada.
El evento se fundó en 2006 con el nombre de Dirty Kanza (la forma coloquial de llamar en la zona a los indígenas Kaw de Kanzas y Oklahoma) y en el 2021 fue rebautizada como Unbound Gravel por presión de la cultura cancelatoria woke. Nació en un momento en que el gravel recién empezaba a captar el interés de la comunidad ciclista y sus fundadores tuvieron la valentía de lanzarse al ruedo nada menos que con una carrera de 200 millas (320 kilómetros). En la primera edición fueron de la partida 34 graveleros…
Hoy el evento incluye varias distancias además de la original, que es la más competitiva: 25, 50 100, 200, 350 y una prueba especial Junior.
El 4 de junio de este año largaron la Unbound, que sepamos, solo dos argentinos: la esquelina residente en los Estados Unidos Sofía Gómez Villafañe, con una resonante victoria en la categoría femenina de las 200 millas, y Juan Pablo Casaccione, el titular junto a su compañera Virna Lisi de la marca de equipaje de ciclismo Halawa, que corrió la versión de 100 millas.
Juan Pablo y Virna tienen toda una historia respecto a este evento. Te contamos algo de eso.

Halawa y el bikepacking
“Hace 10 años —nos cuenta Juan Pablo—, fuimos testigos de la aparición de las bicicletas de gravel, una cosa rarísima para nosotros, y simultáneamente supimos de la Dirty Kansa. A partir de ahí comenzamos a investigar de qué se trataba esto de esos locos que terminaban todos embarrados pero corriendo con bicicleta de ruta, esas bicis que cuando éramos chicos llamábamos bicicletas de media carrera, con ruedas 700 pero un poquito más anchas. Y en paralelo aparecían los bolsos de bikepacking, destinados para viajar con estas bicicletas. O re-aparecieron, mejor dicho, ya que en los comienzos de los viajes largos en bicicleta no se usaban alforjas sino bolsas al cuadro y mochilas.”
A partir de esa epifanía, Juan Pablo y Virna comenzaron a tirar ideas, dibujar, bocetar y hacer pruebas en su taller. Poco después se aparecería por allí Fede Cabrera (un fotógrafo viajero), quien fue el primero en meterse en el tema del bikepacking en Argentina. El ya había hecho un viaje con unos bolsos que le había hecho la madre. En base a esa experiencia el trío empezó a hablar, a ver cuáles eran los requerimientos y pusieron manos a la obra.
Viajaron a los Estados Unidos, comenzaron a vivir la experiencia gravel y fueron evolucionando en el diseño. “Al tiempo se sumaron los chicos de Nación Salvaje —recuerda Juan Pablo—, que venían usando alforjas nuestras y empezaron a migrar a equipo de bikepacking para hacer lo que fueron sus cruces de la Cordillera. Parte de esos cruces los habían hecho con alforjas y para la parte siguiente necesitaban ir más livianos, o sea con bikepacking. Así que comenzamos a trabajar con ellos e hicimos nuestros primeros equipos.”

Un largo camino desde Buenos Aires a Emporio
El vínculo de Halawa con la experiencia gravel norteamericana comenzó en noviembre del 2019, cuando Aaron y Melanie, dueños de Gravel City, una bicicletería súper especializada en gravel de Emporia, por esas casualidades de la vida visitaron Argentina para celebrar un aniversario. En Buenos Aires se conectaron con gente del gravel, particularmente con Gustavo Almada, dueño de la bicicletería Lord Bike, y a través de este con Juan Pablo y Virna. Los de Kansas se asombraron de la calidad de los productos de Halawa y le preguntaron si estaban preparados para vender en los Estados Unidos. Aaron ya estaba interesado en hacer una compra para Gravel City. “Luego nos enteramos que el primer producto que llamó su atención fue el Jhatun XL —recuerda Virna. Tanto que ahí mismo le sacó una foto y se la mandó a unos amigos con un texto que decía algo así como: ¡El bolso del que estábamos hablando existe!”. Dicho y hecho: en enero del año siguiente llegó un primer pedido y al mes siguiente salió la primera exportación de Halawa a Emporia. “Con mucha ansiedad —dice Virna. Sabemos que hacemos bien nuestro trabajo, pero siempre está la duda.”
Aaron recibió en tiempo y forma los bolsos, los presentó en sociedad… y en solo una semana vendió la mayor parte del envío. “Podíamos respirar tranquilos, fuimos bien recibidos.”
En simultáneo conocieron a Lelan Dains, más brevemente dicho Lalo, que para sorpresa de Virna y Juan Pablo habla muy buen español. Lalo es Director de Turismo de Emporia, socio de Aaron en Gravel City y ambos son parte de la organización de la carrera más importante del mundo del gravel, la Unbound Gravel.
Todo esto mueve a nuestros protagonistas a hacerse de unos pasajes para visitar Emporia. Tenían que ver aquello en persona. Pero viene la pandemia y con ello la historia de dolor e incertidumbres por todos conocida…, hasta que en octubre 2021 fue posible hacer valer los boletos de avión: barbijo, máscara, alcohol…

“¡Emporia, allá vamos!”
Ni bien llegados, Lalo recibió como si se conociesen de toda la vida, con hospedaje incluido y sorpresas adicionales: termo, mate, yerba Unión y bombilla, un “kit” que había dejado en el lugar otro anónimo argentino que había pasado por Emporia. “Señal del universo de que todo estaba bien —reflexiona Virna—. Que dos argentinos pasen por Emporia es excepcional, pero que pasen tres y uno deje allí el mate…”
Todo lo demás fue en el mismo tono: la visita a Gravel City, la bicicletería donde Aaron vendía sus productos, recorrer con él parte de los caminos de la Unbound, “que nos recordó un poco a las Sierras Bayas, un poco a Tandil.”
La idea de volver para participar de la mítica carrera estaba más cerca. “Regresamos a la patria con la promesa de volver, con la cabeza repleta de ideas y el corazón más grande por los nuevos amigos. El 2022 nos dejaría saber si sería posible retornar…”

 

Viaje y desembarco en la meca del gravel
Por Virna Lisi

A nuestro regreso de Emporia, allá por octubre del 2021, nos propusimos regresar para participar de la carrera, algo que teníamos que planificar muy bien por los costos, por el trabajo, además de evaluar si de verdad valía la pena. Y sí, por donde se lo viera era algo que nos parecía importante hacer, dar ese salto de fe en nosotros, conocer desde adentro la carrera. Así es que llegamos a Miami el 23 de mayo pasado y desde allí viajamos en auto a Emporia, en total unos 2515 km de ida y otros tantos que haríamos en el regreso.
Como a todo argentino, nos resulta familiar hacer tantos kilómetros, y hasta nos parece enriquecedor, porque nos permite conocer de primera mano los lugares que visitamos. Lo hicimos en tres días, durante los que atravesamos siete estados: Florida, Georgia, Tennesse, Kentucky, Illinois, Misuri y Kansas.

Emporia se transforma para este evento. A un pueblo de 24000 habitantes les caen de golpe algo así como 15000 personas.
Llegamos tres días antes, ya en un ambiente exacto al que se puede experimentar en las grandes carreras de Argentina. El espíritu es el mismo y el idioma el mismo, la bici. Estábamos en nuestra salsa.
Obviamente visitamos la expo, donde en particular nos pasó algo muy lindo. Había bicipolicías y les pedimos permiso para sacarles una foto. Uno de ellos vio el logo Halawa en nuestra remera, preguntó si los conocíamos, le explicamos que éramos nosotros y sonriendo nos contó que tenía un Tamal en su bici. ¡Genial! También nos cruzamos en la expo con alguien que tenía en su bici un Jathun XL y cuando le preguntamos por el bolso comenzó a contarnos las bondades del mismo… Lalo, director de turismo de Emporia, nos invitó al Teatro Granada, donde esa noche se haría la inauguración del Gravel Cycling Hall of Fame. Fue un verdadero honor ver ingresar a los primeros siete integrantes del Hall, personas que trabajaron desde diferentes lugares para que este deporte siga creciendo.
Y llegó el gran día, el día de la carrera. Juan Pablo había entrenado, pero no todo lo que hubiera querido, menos para 100 millas. Pintaba lluvia, y llovió… Nueve horas cuarenta, llegó entero. Más la satisfacción de ver Tamales en muchas “altas bicis”, jajaja, corazón contento.

 

Mis 100 millas en bici en la Unbound Gravel 2022
Por Juan Pablo Casaccione

Los sueños
Fueron años de soñar con esta carrera. Me ha pasado, sobre todo en pandemia, soñar en lo que en aquel momento era el Dirty Kansa o DK200 (y que luego, en 2021, se pasaría a llamar UnboundGravel), irme a dormir con eso en la cabeza, soñar con eso y despertarme con eso, entrenar incluso en la bici fija en pandemia, mirando videos del Dirty Kanza…
El haber podido llegar a la carrera, el haber podido inscribirme, ya eso era todo un sueño, un sueño que se estaba cumpliendo. No podía creerlo. Ya sabemos lo que se vive en una carrera, pero esto era diferente, esta carrera tiene una magia. No es solo el evento en sí y la empresa que se encarga de hacerlo, sino que todo un pueblo se pone a las órdenes de la carrera, a hacer que la gente que viene de todos los confines del mundo se sienta bien. “Have a good day” es su lema.

El retiro del kit
Llegamos a Emporia, vamos a la Expo y llega el día del retiro de los kits. Yo esperando el despelote habitual y me encuentro en un abrir y cerrar de ojos con el kit en la mano. Y cuando me estaba yendo me preguntan cuántas etiquetas necesitaba para los vehículos de apoyo que me iban a acompañar (¿¿??). O sea, no hacía falta que fueras un pro para que tuvieras un vehículo que te diera apoyo en alguna parte del camino. No, solo con ser alguien que corría ya tenías autorizada la cantidad de vehículos que quisieras.

Amanecer no muy agitado
Día de la carrera. Había dormido bien. Mí carrera largaba a las siete y yo estaba a unos tres kilómetros, iba en auto y ya sabía que cerca de la largada había un estacionamiento de la universidad. Llegamos a la largada como a las siete menos veinte y me sumé al último grupo, que era el de más de 14 horas. Yo estimaba para mis 100 millas más o menos unas 10 horas, que fue el tiempo que en realidad hice. Lo calculé bastante bien. Largué entre los últimos, tranquilo pensando “que se maten todos adelante y después iremos recuperando”. Y fue así.

Nubes sospechosas
A pedalear. Pasaron 10 millas, pasaron 20 millas y de a poco se iba cumpliendo algo que había visto a la mañana, cuando estaba desayunando, en las noticias: iba a haber lluvia… Ya había estado lloviendo la semana anterior, pero en los dos días previos había salido el sol y todo estaba bastante seco… por arriba, porque por abajo estaba bastante húmedo, y encima se veía venir la lluvia.

Sube y baja
Todo el recorrido, del principio al final, son cuchillas. Vas subiendo y bajando todo el tiempo. En los 160 kilómetros no hay respiro en ningún momento. Son subidas suaves, salvo alguna que otra, pero en general son subidas suaves y bajadas suaves… pero constantes. Tenés 1.600 metros de elevación total en el recorrido de las 100 millas. No es mucho pero te come piernas, porque hay muy pocos momentos de planos largos como para meter pata. El tema es aprovechar las bajadas para que la subida a continuación no se te haga tan larga.
Casi todo suave, sí, salvo algunas subidas como la del Juez (foto), que esa sí era dura, dura, porque estaba muy rota y era larga, con el agregado que venías de un falso llano. Esa subida sí rompía piernas.

Rompecubiertas
El piso es todo como una laja rota, por lo que te avisan que tengas cuidado con el tipo de cubiertas que vas a llevar porque te la va a cortar. A mí me habían aconsejado unas que me vinieron muy bien, que son las IRC Boken Double Cross 700×42, que me dieron muy buen resultado. Pero he visto en el camino muchísima gente cambiando cámaras todo el tiempo y gente con cubiertas rotas, con tajos. Hay mucha piedra muy filosa. Hay zonas de barro, zonas de piedra muy grande. Un camino en el que vas saltando todo el tiempo, una coctelera.
También cruzás un montón de vados, algunos que, como había estado lloviendo, se habían hecho bastante profundos y algunos que había que pasarlos caminando, con el agua arriba de las rodillas, porque no veías abajo, no sabías cómo estarían las piedras abajo.

Pasados por agua, barro y piedra
Largamos a la 7 y a la 11 se largó la lluvia. Fueron 4 horas de una cortina de agua. Eso hizo que en un tramo del camino todo el mundo tuviera que bajarse a caminar. Eran 3 kilómetros de barro en los que te enterrabas unos 15 centímetros, entre barro y piedra. Y estaba inclinado, así que no se podía pedalear porque te patinabas con la bicicleta. No quedaba otra que caminar.

Servicios al cliente
Nos habían dicho que habría un solo puesto de hidratación a mitad de camino, 80 kilómetros. No fue así: a los 50 kilómetros había un puesto que tenía agua en unos tanques enormes, porque en realidad es una época en la que debería haber hecho mucho calor, arriba de 35ºC. Entonces ellos tienen preparados tanques de agua con hielo para poder darte agua fresca, con varias bocas automáticas hechas con caños de PVC y unas boquillas donde ponés tu caramañola a llenar. Pasás, cargás automáticamente y seguís.
Pero como estaba fresco por el tema de la lluvia, no cargué.
A los 100 kilómetros había un puesto con sandwiches, fruta, geles, todo libre, y por supuesto agua y hasta bebidas isotónicas. Yo en particular me comí un sandwich de esos que se ven en las películas, con una feta de pan lactal untada con dulce de frambuesa y otra con pasta de maní. Pero el hambre que tenía a esa altura me hizo sentir ese “sandwich” como lo más rico que había comido en mi vida. A esa altura ya llevaba un poco más de 5 horas de carrera.

Palo y palo
La carrera por momentos se hacía medio monótona, siempre más de lo mismo, era bajar la cabeza y pegarle. Si bien el barro le dio un condimento particular, el camino es como si estuvieras en Tandil o en Sierra de la Ventana. Por momentos un poco más roto.

Cencerros, Coca y galletitas
En varias chacras que pasamos la gente estaba haciendo sonar cencerros y cuando pasabas te festejaban, te alentaban con un “¡go, go!. Buenísimo ese aliento. Y como la época de la carrera es una época de mucho calor, la gente de las chacras y de las casas a lo largo del camino se ponen en la puerta con mangueras para refrescar a los ciclistas. Aunque esta vez no, ya que hacía frío, Pero además compran de su bolsillo latas de gaseosa, galletitas y toda variedad de comida para ofrecerla a los ciclistas. Comida, bebida, cencerros y gritos de aliento a todos los que pasan. Y si bien no fui ni por asomo de los primeros en llegar, la llegada estaba llena de gente alentando y gritando del primero al último. Te reciben como si fueras el primero.

Sofía
Ya llegando a la parte final de la carrera se me acerca el pelotón de hombres. Me corro para dejarlos pasar, porque era todo huellas, huellas de auto y tractores. (Son caminos rurales tan rotos que al entrar en ellos hay carteles que le anuncian a los conductores que son caminos sin mantenimiento y que entres a tu propio riesgo.) Me corro para dejarles el mejor sendero a los pro y ya de atrás me venían agradeciendo porque me corría. Me sorprendió que los que estaban ganando la carrera se distrajeran para agradecerme. Y al rato aparece la chica argentina Sofía Gómez Villafañe, que yo hasta ese momento no sabía que era ella. Y la veo pasar sola y me digo: “Esta mina está matando, viene sola, no la sigue nadie”. Venía a un ritmo demoledor. Cuando llegué me enteré que era ella.

“Estoy terminando”
La llegada, la entrada al pueblo…, sentía que no llegaba más y hasta me empezaba a doler la espalda. Pero cuando ya entré en la recta final en el pueblo no lo podía creer y me salieron fuerzas de no sé dónde, hasta tenía ganas de mandarme un sprint. No lo hice porque iba a quedar mal, pero realmente sentí como que me volvía el alma al cuerpo, no podía creer que estaba terminando, no podía creer que estaba en Emporia, que había podido correr la carrera y que la había podido terminar. Fue un sueño hecho realidad. No sé cómo transmitir lo que viví al poder terminar esta carrera, porque uno ha corrido muchas carreras y en realidad en todas siempre pasa lo mismo cuando terminás, pero esta tenía una carga emocional más grande por todo el esfuerzo de haber llegado hasta allá, por todo lo que hicimos para poder estar alí.
En fin, mi tiempo: 9 horas 41 minutos 59 segundos.

 

Continua leyendo

Más Leídas