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Cicloturismo

Sudamérica entrañable I: Argentina

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Bernardo Gassmann, que confiesa ser “heredero de Biciclub” por su padre, realizó en 2019 un viaje en bicicleta de nueve meses y medio por Sudamérica, completando 10.200 km. Aquí nos cuenta el primer tramo de ese viaje, desde Tucumán hasta poco antes de su entrada a Perú (1.871 kilómetros). Un relato lleno de vida y color, ilustrado con fotos y videos y con los mejores consejos para futuros viajeros.

El proyecto de una nueva aventura en agenda es siempre una motivación para encarar el día a día. Muchas se llevan a cabo, otras quedan archivadas en el cajón de las excusas. Al fin y al cabo lo que las diferencia es simplemente una decisión.
El viaje comienza mucho antes del día de partida, desplegando mapas; leyendo relatos; preparando equipos e inventando el que no existe.
Por esas decisiones de dejarlo todo y de cambio drástico, un amigo se sumaría al tramo de Argentina.
Así sucedió que un mediodía de marzo me entero que un camión con sacos de harina partía desde mi ciudad (Las Rosas, Santa Fe) rumbo a San Miguel de Tucumán, donde un amigo me recibiría en su casa unos días antes de arrancar la pedaleada con mi bicicleta rodado 26 espolvoreada con harina 0000.


Se va la primera

Como no podía ser de otra manera (en el noroeste), los primeros kilómetros comenzaron con mucha lluvia y subidas constantes. Salimos por la mañana de San Miguel de Tucumán hacia Tafí del Valle. Sólo habían transcurrido 90 kilómetros y ya habíamos pinchado dos veces; cortado un rayo; reventado una cubierta y las alforjas parecían tener vida propia.
¿Habíamos subestimado el proyecto? ¿Y si vamos hasta acá nomas? Lo cierto es que hay muy pocas cosas que no se puedan reparar con un poco de ingenio y mucha paciencia (y alambre, una constante en mi viaje).
La primera noche la pasamos en un refugio de vialidad provincial, en un viejo galpón, al resguardo de la persistente lluvia, pero no así de los murciélagos, que no dejaron de revolotearnos toda la noche. No quedó otra que dormir debajo de la mesa.
Para pasar de Tafí a Amaicha del Valle hay que dejarlo todo en una subida hasta El Infiernillo, a 3000 msnm. Pero luego viene el premio, una bajada casi ininterrumpida de unos 30 kilómetros donde uno pasa del verde y húmedo bosque a un paisaje desértico, custodiado por enormes y añosos cactus.
Ahora comienza el ritual de buscar dónde armar la carpa para pasar la noche, no tan lejos de la ruta para no desviarse demasiado, pero tampoco tan cerca como para no ser visto. ¡Si tiene agua es un lujo! Las opciones van desde la costa de un río; en medio de la montaña; un desierto; una iglesia; una estación de bomberos o de policía; una casa de familia; un cementerio; una plaza; etcétera…
Seguimos por los valles Calchaquíes. Ahora rodamos por la mítica ruta 40 hasta Cafayate, con sus viñedos que parecen reclamarle al suelo la escasa agua de la zona.

 

¿Por qué en bicicleta?
Mi respuesta automática a esta pregunta que siempre surgía era algo como: ¿Y por qué no? Pero lo cierto es que yendo de Cafayate a Salta por la Quebrada de las Conchas lo puede apreciar claramente. Recuerdo haber hecho este tramo en auto hace varios años con mi familia. La diferencia es considerable; hasta me atrevo a decir que es otro lugar.
La velocidad con la que transcurren los kilómetros sobre una bicicleta permite a uno integrarse al entorno.
Se puede escuchar el comentario de dos abuelos sentados fuera de su casa, frente a la ruta, en Maimará: “Vieja, mirá ese loco viajando en bicicleta, ¿de dónde vendrá?” O en el interior de Bolivia, por caminos donde suelen transcurrir días enteros sin que nadie los transite, escuchar a una madre decirles a sus hijitos que salgan al patio a ver algo, y ese algo resultás ser vos, quizás la única cosa sobresaliente del día para gente que pasa todas las horas de sol agachada recolectando papas, cosechando quinoa en terrazas empinadas o arreando porfiados animales.
Permite también oler, como es el caso de Salta, donde durante kilómetros percibíamos un aroma dulce, particular, sin saber qué era, hasta que supimos que estábamos en plena época de la cosecha del tabaco y que en los secaderos era donde se generaba ese particular aroma.
Y apreciar el lento aparecer de cada cerro, uno superpuesto a otro, uno más alto e imponente, otro colorido, otro mágico.

Bosque, curvas y más curvas
En Salta no podía quedar de lado la visita a una(s) peña(s), donde junto a un español; un vasco; una francesa y un salteño (no, no es un chiste) pasamos la noche entre guitarra, bombo y violín; noche que se hizo larga y en la que no faltó el buen vino salteño.
Estaba asumido, mañana pedalearíamos con resaca.
De Salta a Jujuy se puede ir tranquilamente por autopista o por el antiguo camino de la cornisa. Por supuesto optamos por la segunda opción, entre precipicios; curvas y contra curvas; bosque cerrado por la vegetación y una niebla casi constante. Todo el que lo recorre por sus carriles de dos metros de ancho queda con la boca bien abierta. Las márgenes del embalse Las Maderas fueron ideales para pasar la noche.

 

Pedalearás en soledad
Entramos a la Quebrada de Humahuaca, el terreno va ganando altura. Desde aquí permanecí sobre los 3000 msnm por varias semanas, hasta bajar en las costas peruanas al Océano Pacífico, pero falta mucho camino para eso aún.
Pasamos por Purmamarca, Maimará, Tilcara, Uquía, Humahuaca, Tres Cruces y La Quiaca: 285 kilómetros donde fuimos aclimatándonos a pedalear en las alturas, con el aire escaso y las noches frías. Ocupando cada tanto alguna vieja casa de adobe abandonada que nos resguardaba del insistente viento de la Puna.
La llegada a La Quiaca no sólo significaba dejar atrás mi país, sino que comenzaría otro tipo de viaje. Ahora mi compañero emprendería el regreso a su ciudad y yo seguiría rumbo norte en soledad.

 

Cuando la mentira es la verdad
Sólo se me viene a la mente una palabra para definir Bolivia: salvaje. Es el país de Sudamérica que más fiel vive a sus raíces, donde no hay que esforzarse para observar la cultura de los pueblos originarios, como suele pasar en muchas partes del mundo, donde se las exhibe en museos.
Aquí el 60% de la población tiene raíces quechuas o aymaras, entre otras de menor tamaño. En muchísimos poblados la única lengua es el quechua, de modo que resulta un poco complejo comunicarse (¿Nuestro spanglish sería el quechuspan de ellos?) Fríos y reacios al primer contacto, luego de cruzar unas pocas palabras demuestran la misma amabilidad que todas las personas suelen tener. Y aquí me quiero detener con otra pregunta recurrente, aparte de las clásicas: ¿De Argentina? ¿En bicicleta? ¿Está usted loco? Sería: ¿No tiene miedo que le hagan daño?
¿Existen las personas malas? Sí, claro. Pero puedo asegurar que la inmensa mayoría son buenas personas y muchas de las que consideramos como malas sólo están pasando por un mal rato. Más aun, todas quieren ayudar de una u otra manera, ya sea dando una indicación (aunque muchas veces no sepan hacerlo, motivo de kilómetros pedaleados en vano), compartiéndote agua, una fruta, su casa para dormir, un grito de aliento y muchos etcéteras más.
Recuerdo yendo de Tupiza a Uyuni, en un paso asfalto-ripio-asfalto-ripo…, como a los 4500 msnm me estaba agarrando la noche y quería perder altura para pasar menos frío. Me detuve en la única casa que vi en kilómetros para pedir algo de agua. La señora no hablaba castellano (tampoco quechuspan) de modo que entre mano va y mano viene me convidó una botella agua, la que me encargué de hacer desaparecer en cuestión de segundos, para cerciorarme en el último trago que me quedaba que estaba llena de larvas. La sed fue mayor que la prudencia. Entregué la botella vacía y partí al camino.
Cerrando la tranquera, a los pocos metros me encontraría con su nieto, que hablaba castellano perfectamente y que respondiendo a mi pregunta me indicaría que “a sólo un kilómetro, luego de esa curva que ve ahí, la ruta baja”, agregando que las subidas le daban paso al llano. Motivado y sonriente salí a toda máquina, pero la felicidad duró poco, el camino no dejaba de ganar altura.
No recuerdo bien, pero creo que esa tarde “cité” por unos minutos a la madre de ese muchacho. Quizás solo entendió mal mi pregunta o la dirección de mi recorrido, quizás no conocía el camino o tal vez dejé escapar por mis ojos el deseo profundo de un camino más benévolo, de una pausa. Y solo por darme una alegría mintió, como los niños suelen hacer, con inocencia.

 

La previa del salar
Hacía varios días ya que me venían comentando que me olvidara de cruzar el salar de Uyuni en bicicleta. Decían que la temporada de lluvias se había extendido, siendo fantástico para una travesía en 4×4 con fotos efecto espejo pero no para mis planes a pedal.
El salar del Uyuni es el más extenso y elevado del mundo, ubicado a 3650 msnm, con un espesor que llega a los 120 metros. En temporadas de lluvias se cubre de agua, lo que lo hace intransitable en bicicleta.
En el pueblo de Uyuni hay una casa del ciclista donde se puede descansar en un colchón o armar la carpa, darse un bienvenido baño, hacerle mantenimiento a la bici, comer sentado en una mesa; es decir casi una vida normal. Se suele dejar una contribución voluntaria o realizar algún trabajo para que la rueda siga girando.
Ahí fue donde llegué casi convencido de que era una locura cruzar el salar, hasta que por esas cosas de la vida me encontré con una pareja de franceses que justamente venía del salar en dirección contraria. La regla de tres simple aplicó aquí también: si los franceses cruzaron…, yo también.
Decidido, pero no tan convencido, salí rumbo a la entrada del salar en el cercano caserío de Colchani. Según las indicaciones recibidas debía ir derecho hasta la isla Incahuasi, pasar noche ahí y al otro día doblar 90° a la derecha para salir a Tahua, primer caserío en tierra firme, 120 kilómetros después.
“Marcá un waypoint en el GPS donde se encuentra la isla, es todo derecho. A la isla la vas a ver solo faltando unos 30 km, antes no ves más que horizonte blanco. No te desvíes por nada del track, porque salís a cualquier lado…”, fueron las máximas recibidas.


Sólo un dato: 278º Oeste

Cargué comida y agua para tres días por si acaso, una piedra (ya verán para qué) y mucho protector, ya que el factor UV es extremo por la altura y el reflejo del blanco de la sal. Sólo había un inconveniente, no tenía GPS. En el afán de seguir la religión del minimalismo en su máxima expresión, lo había mandado de vuelta, junto con varios accesorios más, con mi compañero.
Calculando que, entre unas montañas a mi izquierda y el volcán de Tunupa a mi derecha, justo en el medio se encontraría la isla Incahuasi, apunté la brújula a ese objetivo invisible. Ésta acusaba 278° Oeste, ese sería mi rumbo.
Confiándolo todo a una aguja magnética crucé la franja perfecta que separa la tierra de la sal para internarme en un mundo blanco, inerte y desolado.
Unos 3 kilómetros separan a la “orilla” con el hotel de sal donde se puede encontrar un monumento al Dakar del 2014 y otro decorado con las banderas del mundo. Hasta aquí había sido todo un chapoteo incómodo en el agua salada, a veces con pocos centímetros, otras cubriendo media rueda.
En adelante estaba todo perfectamente seco, solo algunos manchones poco importantes. Las condiciones no podían ser mejores y para mejor no había absolutamente nada de viento.
Caminos aquí no hay, solo algunas huellas que no suelen conducir a ningún lugar, pero yo tenía mi rumbo fijo: 278° Oeste, así que seguí la canción de Juan Manuel al pie de la letra: “Caminante no hay camino, se hace camino al andar”. Lo curioso es que las distancias son tan inmensas y el terreno tan monótono que da la impresión de no avanzar, ya que los únicos puntos de referencia que se tiene están tan lejos que se mantienen estáticos, indiferentes a nuestro avance. Nada parece acercarse ni retroceder, por lo tanto a uno le da la sensación por momentos de estar en un rolo de entrenamiento.
Mi plan pareció desmoronarse cuando las horas de luz comenzaban su cuenta regresiva y de la isla Incahuasi ni noticias. Pero como era más sencillo seguir que volver, agaché la cabeza hacia la brújula y cambié al plato grande.
Fue hermoso ver al rato una protuberancia contrastando con el dominio blanco del horizonte. Ahí estaba, 20 kilómetros más y llegaba. Los turistas que van hasta allí durante el día suelen dejar comida, también hay baños y agua. ¿Pero qué puede ser más romántico que ver un atardecer en medio de un salar y acampar en él?
No tardé demasiado en buscar el lugar “apropiado” para echarme. Luego, el ritual de siempre: extender el nylon del piso, armar la carpa, clavar las estacas… ¡Imposible! La sal es prácticamente una roca, no hay forma de enterrarlas más que 5 centímetros y si no se la clava y hay viento no será una buena noche seguramente y sobre la sal sólo hay sal. Aquí es donde recurrí al elemento que iba a cambiar la situación: la modesta piedra traída hasta acá en el fondo de la alforja.
Se acercaba la noche y la temperatura empezaba a caer en picada. (Con la altura la densidad de la atmósfera disminuye y ésta no puede almacenar tanta radiación solar. Esto explica por qué cuando estamos en altura, a la sombra nos helamos y al sol estamos a gusto.) Saqué mi calentador MSR y luego de unos cuantos bombeos ya estaba listo para el menú del día: arroz con cebolla, acompañado de unos mates, contemplando uno de los mejores atardeceres que se pueden pedir. Soledad y paz.

 

El hombre del culo blanco
A las 19:30 me fui a dormir, ya que quería levantarme a las 5:30 para ver un prometedor amanecer… Lo cierto es que recién a las 10:30 pude abrir los ojos. Evidentemente la sal relaja.
Mientras desarmaba los bártulos para partir, el juego era hacerle un baile poco elegante y desnudo a los turistas que pasaban a lo lejos en las 4×4 que se dirigían a la isla Incahuasi a pasar el día. El chiste se me dio vuelta cuando horas mas tarde llegué a la isla y me encontré con todo mi público almorzando civilizadamente en mesas, bajo gazebos blancos inmaculados. “Oh, ahí está el hombre del culo blanco…”, le comentaba un inglés estirado a su señora esposa.
Un guía de la zona me comentaría que hacía pocos años, muy cerca de donde había dormido la noche anterior, una familia había tenido una avería en su vehículo, se había aventurado a pie hasta la isla, que estimaban cercana, los había sorprendido la noche y nunca llegaron: cinco cruces en la sal así lo testifican.
También que un ciclista europeo se había detenido para tomar unas fotos y tras caminar solo unos pasos se había desorientado y perdido de vista su bici. Lo encontraron un día después, caminando, a kilómetros de donde debería haberse dirigido. Tuvieron que pasar semanas hasta que dieran con su bicicleta. Es por esa historia que yo en absolutamente todas las fotos del salar salgo junto a mi bicicleta…

 

Camino a La Paz
Luego de ser blanco de muchas preguntas (en varios idiomas) y fotos, me fui de la isla con mucha comida regalada. Doblando 90° a la derecha, solo 50 kilómetros me separaban de la “tierra firme”. Este tramo resultaría un poco más duro, la sal estaba más húmeda y aparecería el viento, por supuesto en contra.
La salida del salar la celebré con una naranja y con el tercer rayo roto.
Tras salir del salar (sentido S-N), fueron unos dos días alternando entre caminos de tierra y asfalto para llegar nuevamente a la carretera principal, camino a Oruro.
Si bien me había percatado de engrasar la cadena de manera exagerada antes de ingresar al salar y de lavarla enérgicamente en la salida, el daño que la sal y el litio le habían hecho a las partes móviles era de esperar. En mi caso, de los 110 eslabones de la cadena, la mitad se habían literalmente soldado. No quedó más que frenar en un pequeño caserío al borde de la extinción y ponerme a trabajar un largo rato con nafta, aceite y el cortacadena.
Lo cierto es que a medida que oscurecía (estaba claro que dormiría ahí mismo) nadie aparecía por la zona. Solo al atardecer, un señor muy mayor, con su lento andar y una bolsita con hojas de coca astutamente amarradas al pasacinto de su pantalón, me regalaría unos huevos y un poco de agua y me daría a entender que él era el único habitante de ese paraje. Luego, arreando su rebaño de vicuñas, se perdería entre una de las dos calles del lugar.
Desde aquí hasta La Paz, el camino discurre por la ruta nacional 1 sin mayores imprevistos, siempre en el altiplano, sobre los 3500 msnm.
Mis amaneceres fueron variados: el lateral derecho de una cancha de pasto sintético en donde horas antes un equipo de cholitas había disputado un enérgico 4-2; un galponcito al fondo de una iglesia entre algunas gallinas confianzudas en Calamarca; el patio de una escuelita de campo donde amanecí bajo la atenta mirada de todos los niños; y un complejo de aguas termales en Pazña.


La Paz: trabajo por canje y montañismo

Antes de entrar a La Paz hay que atravesar la ciudad aledaña, El Alto. (La Paz está en una hollada y El Alto… en lo alto). Son varios kilómetros con todo lo caótico que tiene para ofrecer una ciudad capital. Aquí hay que saber que rige la regla de la no regla. Sin duda los ingresos a las grandes ciudades son de las situaciones potencialmente más peligrosas por las que se pasa.
Ya en La Paz me la pasé un mes de voluntariado en un hostel (4 horas diarias de trabajo por cama y desayuno). Con muchas ganas de practicar mi otra pasión, el montañismo, al no tener el equipo necesario resolví trabajar para una agencia de guías de montaña. No había dinero de por medio: hacía las veces de porteador (llevar la carga de los clientes); armaba los campamentos; cocinaba; empujaba a los rezagados y lo que fuera necesario. A cambio me daban el equipo y se hacían cargo de mis gastos. Así pude escalar el Huayna Potosí, 6088 msnm, y el Sajama, techo de Bolivia, con 6542 msnm.
Pasearse por la ciudad de La Paz es una experiencia en sí misma. Contrasta el modernismo de una metrópoli con un lugar que se resiste a dejar de lado sus costumbres. Por citar un ejemplo, el mercado de brujas, donde se puede comprar el pan del día o una cabeza de caballo disecada.

 

Death Road
Antes de irme de la ciudad tenía algo pendiente que no iba a dejar pasar, el Camino de la Muerte, también conocido como Camino de las Yungas, un viejo trazado que había sido la única forma de unir La Paz con la región de Las Yungas, puerta de entrada a la selva amazónica.
Con solo un carril de tres metros de ancho, curvas sin guardarraíl y con precipicios, este camino fue construido por esclavos paraguayos capturados en la guerra del Chaco allá por 1930.
Hoy existe un nuevo camino, asfaltado y relativamente mas seguro, quedando solo este Camino de la Muerte prácticamente reservado al turismo.
Saliendo de La Paz se toma un minibús donde entran 10 y meten 16 personas, por unos pocos kilómetros, hasta el punto más alto, denominado La Cumbre, a 4700 msnm.
Desde aquí hasta Coroico es bajada en un 85%. Se puede descender del minibús aquí y disfrutar de una bajada sobre una excelente carretera asfaltada metida en un valle con picos de 6000 msnm alrededor, o bien, como hacen los turistas intrépidos que optan por la excursión con bicis, empezar más adelante, donde se abandona la carretera principal y se dobla a la derecha, bajo un deteriorado cartel que reza DEATH ROAD. Desde aquí son 64 kilómetros de recorrido en ripio con un desnivel a favor de 3600 metros…
En las curvas con precipicios de 400 metros uno debe decidir si ponerse más cerca de la pared de la montaña o ir sobre el filo del abismo, mientras te cae una cascada de agua que no te deja ver nada. Todo en un entorno pre-selvático donde el frío de los anteriores 4700 msnm va perdiendo fuerza frente al húmedo calor de la yunga.
Por primera vez mi bici rodaba sin alforjas. Iba solo con una mochila de ataque, con lo mínimo para pasar una noche en Coroico y volver al otro día a La Paz. Pasar de una bici de 50 kg a una flecha de 15 kg donde sólo había que dejarse llevar era demasiado tentador, así que me propuse la regla de ir despacio para cuidar la bici (y cuidarme a mí). Pero pasados sólo unos metros me resultaría imposible inhibir el impulso de soltar los frenos por completo (como las reglas están para romperlas, así sucedió). No llevaba ciclocomputadora, pero estimo que iba a unos 60 km/h.
La libertad del camino poco transitado solo era interrumpida por el sonido del freno a disco constantemente aplicado por algunos turistas paseando en unas bicis doble suspensión muy pro, que pedían pista. Luego de dejar atrás a varios pelotones con sus vehículos de apoyo, todos volvieron a rebasarme cuando a pocos kilómetros de terminar el tramo una piedra en el camino quiso que me quedase tendido.
Con cara de que todo estaba bien y simulando mi detención a la toma de alguna fotografía, me puse a evaluar los daños: llanta trasera doblada (los próximos kilómetros serían con el v-brake abierto) y la cámara pellizcada por el aro. Solo para ponerle un tinte extra de color, constaté que me había quedado sin solución para parches…
Con esta situación puedo ejemplificar por qué este tipo de viajes conviene hacerlo con las anticuadas rodado 26: en pocos kilómetros una vieja playera donó su cámara trasera a la causa.


Perú me espera

Quedaba poco ya de Bolivia. La salida de La Paz la hice por teleférico, para evitar la locura del tránsito, y en dos días, cruzando algún que otro ferry, ya estaba en Copacabana a las orillas del lago navegable más alto del mundo, el Titicaca. Aquí cerca, en la Isla del Sol es donde realmente comenzó la cultura Inca y se puede sentir por qué. A un lado veo las cumbres nevadas de la cordillera Real de Bolivia que unos días atrás estaba pisando y al otro la aventura que se viene: todo Perú por descubrir.


*Bernardo Gassmann: bernardogassmann@gmail.com

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Cicloturismo

En bicicleta entre los ríos de Entre Ríos

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Este fue un viaje impulsado por una larga cuarentena que hizo mella en nuestros cuerpos (in)quietos; por la incertidumbre de una pandemia que socavó las coordenadas del mundo; por la necesidad de sumergirnos en el monte y en el río para respirar horizontes menos viciados de humos, de urgencias, de impotencias; por el deseo de conocer, de comunicarnos, de compartir, de (con)movernos; para transmitir y al mismo tiempo (des)aprender algo más en el viaje mayor, transitorio y frágil, que es la vida.

Brotó de un puñado de días disponibles, de un comentario remado en el Paraná, de un recorrido solapado entre otros mapas, de una vuelta de manubrio/realidad/humildad que viró el rumbo desde el oeste hacia el este. De repente –como toda certeza–, la idea de rodar hasta el Parque Nacional El Palmar como destino principal. Esta vez saliendo desde y volviendo a casa, atalaya de nuestros días, como quienes sencillamente salen a dar una vuelta por el centro de Entre Ríos, uniendo la provincia de costa a costa, pedaleando incógnitas en su corazón.

Priorizamos caminos rurales, de tierras y de ripios cambiantes, que conectan parajes, almacenes, montes, estancias, cuencas y poblaciones a veces invisibilizadas por la concentración de recursos y de actividades sobre las costas de los ríos Paraná y Uruguay. Entre Ríos, en su versión dominante, es una provincia que continúa desarrollándose fuertemente sobre sus márgenes ribereñas (donde hay agua, hay vida) pero, a veces, parece olvidarse del “entre” que le da soporte a su nombre compuesto. Su identidad reposa sobre sus ríos pero, desde las costas, en estos 6 años de vida paranaense, rara vez me han podido contar con detalles de la vida en el centro de la provincia. Dudas latentes que con el tiempo despertaron la curiosidad y despabilaron las piernas.

Nos propusimos disfrutar del PN El Palmar (Sitio Ramsar)* en un contexto en donde los humedales nos duelen por su destrucción sistemática, pero también quisimos saber qué es lo que queda de la selva de Montiel y cómo se vive la entrerrianía del centro. Entonces, tratamos de amar la trama hasta su desenlace, a pesar de las olas y los golpes de calor, del viento en contra, de las tormentas, de una pandemia que –aunque minimizada en diferentes lugares– sigue vigente y que, sorpresivamente, nos vinculó con más personas de las que imaginamos antes de salir. De hecho, nuestro andar desplegó una red de personas de toda la provincia (gracias infinitas) que, baqueanas de sus respectivos lugares, brindaron sus saberes sobre recorridos, estados de los caminos y puntos de aprovisionamiento, entre otras yerbas.

El segundo día de travesía fue, sin dudas, el más aventurero. Luego de una noche pura en el almacén Francese de Crucesitas Séptima, amanecimos rodando el mismo ripio maltrecho y transitado del primer día, hasta sus divisiones en el Almacén Iglesias. La conexión entre este conocido almacén de campo y Estación Raíces recorre el reducto más austral de la región biogeográfica conocida como Selva de Montiel. En su porfía y múltiples bifurcaciones, el camino de tierra compacta se angosta y se hunde en una vegetación profusa, que crece junto con el canto estridular de las chicharras y de otros insectos que se regodean en la siesta de verano. A medida que nos acercamos al arroyo Durazno, el paisaje se hizo más inhóspito y bello. En su recorrido, los caballos y los pájaros huían de estos seres multicolores montados sobre corceles de caucho y aluminio. Mientras que las jaurías, siempre comandadas por el perro de menor porte, se desactivaban rápidamente una vez que superábamos su portal. Las mariposas –en todos sus tamaños y colores– insistían en volar a nuestra par, aleteando buenos augurios. La paisanada nos orientó gentil y animosamente, en un vocabulario de leguas y ademanes que hizo honor a la mezcla de olvido, magia y confusión que aún nombra a esta región como “selva”.

Durante los kilómetros más agrestes y calurosos descubrimos el verde que habita el corazón entrerriano: ecos de coplas que cantan los misterios de la vida matrera, que brota alborotada, que pervive en un imaginario espinoso de la Entre Ríos profunda, aún cuando sobresalen las taperas y las hectáreas sembradas al compás del «desarrollo».

El broche de oro fue el cruce del río Gualeguay –el más importante del centro de Entre Ríos– por la balsa ubicada al sudoeste de la ciudad de Villaguay –la de mayor relevancia en el centro de la provincia. La fuerte bajante mantenía en silencio a nuestro nexo flotante entre costas. Para lograr nuestro cometido, con alegría y alivio, mojamos las piernas para mantener secos nuestros equipajes y bicis. Aunque, sin la advertencia de una niña, podríamos haber terminado en un pozo del descuidado artefacto: una escena que no hubiese sido digna de celebración en las antípodas de Kossakovsky**. Parece ser que los buenos augurios a veces son sutiles y frágiles protecciones. Esa noche acampamos en el balneario de Villaguay, en un entorno muy agradable, que favoreció el descanso reparador sobre el final de una jornada a pura vida sobre ruedas.

Sin dudas, la pandemia nos marcó una suerte de retorno hacia el mundo más próximo e íntimo: percepción, atención, disfrute y cuidado de nuestras realidades más cercanas. En lo personal fue un aprendizaje potente: a veces no hace falta atravesar regiones o países para aventurarse, para descubrirse rodando la vida. Creo que es una remembranza de un aprendizaje tan infantil como el de andar en bicicleta. Las buenas preguntas, un puñado de emociones y de certezas elementales, pueden brotar en una vuelta a la manzana, en el patio de casa, en el club del barrio o en la plaza, en el camino al río, en la noche de verano que se resiste a dormir mientras la vía láctea siga encendida.
Ciertamente, “no se puede amar lo que no se conoce, ni defender lo que no se ama” (anónimo, por ende universal). Y yo, con cada kilómetro, quiero a Entre Ríos cada día un poquito más.

Datos

Cicloviajeros: Emmanuel Ferretty y María Kendziur.
Recorrido: Paraná > Viale > Crucesitas Séptima > Estación Raíces > Villaguay > Jubileo > PN El Palmar (ida) > Ubajay > Villa Clara > Villaguay > Paso de la Laguna > María Grande > Paraná.
Kilómetros: 600.
Duración: 10 días (7 de pedaleo y 3 de descanso).
Fecha: fines de enero de 2021.
Contacto: eferretty@gmail.com

 

*Un sitio Ramsar es un humedal designado como de importancia internacional bajo la Convención sobre Humedales, conocida como la Convención de Ramsar. Es un tratado ambiental intergubernamental establecido en 1971 por la UNESCO, que entró en vigor en 1975. Proporciona la base para la acción nacional y cooperación internacional con respecto a la conservación de humedales y el uso racional y sostenible de sus recursos.

**Víctor Kossakovsky es un cineasta ruso.

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Cicloturismo

Olavarría: la reinvención de un prestador de cicloturismo

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Matías “Bachi” Castañares, Técnico Superior en Turismo y Guía de Turismo Rural, lleva adelante desde hace seis años un proyecto de salidas cicloturísticas recreativas llamado Bici Tours Olavarría.

“La finalidad -afirma- es redescubir los atractivos turísticos de nuestra ciudad y que la ciudadanía pueda acceder a ellos a través de un medio de movilidad como la bicicleta, que no contamina, fortalece nuestra salud física y psíquica, mejora nuestra circulación y, como siempre digo: la mejor píldora para el estrés es montar una bici.”

 

Los tesoros de Olavarría

Según Bachi, el impulso para crear este proyecto fue su convencimiento de que Olavarría es una ciudad netamente turística: “Rica en atractivos, tales como estancias, lagunas, pueblos colonos, canteras activas e inactivas, fábricas abandonadas, cuevas, cerros, vistas panorámicas únicas, y no sólo en las afueras de la ciudad sino también en el mismo casco urbano. Con puentes colgantes únicos en la provincia y el arroyo Tapalqué, que atraviesa y divide la ciudad en dos. Los parques Norte y Sur, llenos de árboles de antaño, y mucho más.”


En “la cuidad más linda del mundo”, como asegura Bachi, el fuerte es la piedra y el cemento, la industria metalmecánica, la agricultura y la ganadería, pero también el turismo, la industria sin chimeneas, la que impulsa millones de puestos de trabajo en el mundo entero. A este panorama se suma que Olavarría se encuentra en el centro de la provincia de Buenos Aires, atravesada por la ruta nacionales 226 y la provincial 51.

 

Bici Tours Olavarría

Bachí nos contaba que el proyecto nació en un momento gris de su vida y que le ayudó a salir adelante, a conocer mucha gente y muchos nuevos lugares. A él le dedica mucho tiempo, planificando, buscando lugares nuevos para visitar.
Durante los primeros cinco años de vida de Bici Tours Olavarría las salidas fueron gratuitas para la comunidad, los últimos dos años de ese quinquenio sustentadas por un sponsor y ahora cobrando un valor mínimo. Por su parte el municipio facilita una camioneta de apoyo, profesores de educación física, hidratación y hasta un seguro de accidentes personales para los participantes.


“Durante la pandemia, el sector turístico está siendo uno de los más golpeados, sin poder trabajar durante casi ocho meses. Nos vimos muy afectados, sin ingresos -rememora. El mes pasado recibimos un fondo de Nación y otro de Provincia para los prestadores turísticos monotributistas que en su mayoría no pudimos trabajar. Eso nos ayudó a pagar muchos gastos acumulados de estos meses sin poder brindar servicios.”


Cuando se liberaron las actividades deportivas al aire libre y después del knock out de no saber para dónde salir, ya que este era su único ingreso, les habilitaron para salir en grupos de 10 personas, cuando estaba acostumbrado a trabajar con 100 y más también: “Me dije: voy a seguir haciendo lo que me gusta, lo que me hace rico, pero rico del alma. Lo que me despeja la mente, lo que me da libertad. Porque como siempre digo, las únicas cadenas que te dan libertad son las de la bicicleta.”

 

La nueva realidad

Fue así que Bachi volvió a armar las salidas, aunque ahora con menos gente, lo que asegura que le permite estar más en contacto con todo el grupo y disfrutar más de las salidas, tanto a él como a sus asistentes. En paralelo empezó a realizar entrenamientos personalizados para principiantes, ya que veía que mucha gente quería sumarse a las salidas, pero hacía mucho que no andaban en bici o no hacían kilómetros o no sabían cómo pasar un cambio en pendientes o como lograr una postura correcta en la bicicleta. O bien gente que no se animaba a salir en soledad. “También está bueno eso -asegura-, pasar mi aprendizaje personal durante estos años a otras personas. Para que disfruten a pleno esta hermosa actividad llamada cicloturismo.”


El proyecto Bici Tours es muy ambicioso. Abarca lo social, lo deportivo, lo cultural, lo solidario, lo turístico, la importancia del ocio en nuestra vida cotidiana. Bachi reconoce que muchas personas necesitan dejar atrás su rutina semanal, tanto en lo laboral como en su casa “y este es un buen cable a tierra para recargar energías, ya que andamos por lugares que te producen precisamente esa sensación de paz, de tranquilidad, de calma”.

Olavarría nos espera

“Ahora, para que esto sea completo, faltaría traer turistas de otras ciudades o países a que prueben la experiencia de una salida grupal de cicloturismo y que conozcan nuestros hermosos paisajes -propone. Me sentiría realizado con este proyecto, viendo a Olavarría como una ciudad de turismo receptivo, explotando al máximo sus atractivos y su potencial turístico. Porque no sólo tenemos para ofrecer cicloturismo sino también actividades como trekking, cabalgatas, canotaje, pesca deportiva, rapel, parapente y hasta tirarse en paracaídas. O bien alojarse en una estancia o en una cabaña y disfrutar del aire de campo.”
Hace poco Bachi y su gente armó la página web www.bicitours.com.ar y están presentes en Instagram y Facebook como Bici Tours Olavarría. La idea es llegar a más personas y lograr que visiten la imponente ciudad de Olavarría.
El proyecto tiene también su parte solidaria, que Bachi asegura que le enseñó a ver más allá de su entorno, recolectando donaciones y ayudando a merenderos y comedores barriales, organizaciones sociales y casos puntuales de familias particulares de muy bajos recursos económicos.

“Hemos recibido pedidos de camas, frazadas, garrafas, alimentos, ropa, bicicletas, medicamentos y los hemos conseguido publicando en nuestro grupo de WhatsApp o en las redes sociales. También hemos entregado juguetes para el día del niño, navidad o reyes. Si cada persona pudiera aportar un granito de arena, el mundo sería más simple y habría más amor -afirma. Podemos lograrlo o no, pero al menos lo habríamos intentado.” Y culmina: “Nos encontramos en la bici.”

 

www.bicitours.com.ar | Instagram y Facebook: Bici Tours Olavarría | matiase.castanares@gmail.com

Fotos: Margarita Pellegrini

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Cicloturismo

Viajero y dueño de una tienda de cicloturismo, Diego Andrich nos abre sus alforjas…

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Diego Andrich (49), o simplemente Barba para algunos, nació y vive en la ciudad de Buenos Aires, donde regentea Tierra de Biciviajeros, una tienda especializada en cicloturismo (¡y mucho más!) ubicada en el corazón de la ciudad, Caballito. Con María Luján “Luly” López son padres de Selene (24) y Brisa (22).

La vida del Barba siempre estuvo ligada a las dos ruedas, tanto que al preguntarle cuándo empezó solo atina a un “¡Uff, de chiquito, calculo que a los 6 o siete años!” Pero de lo que sí se acuerda con precisión es que en 1992 se largó a viajar, “gracias a entender que se podía solo y que era una manera de poder seguir pedaleando”. Tanto es así que desde aquel entonces hasta hoy sigue convencido que su viaje más importante es “el que vendrá”, siguiendo la senda que viene transitando: “Buscar lugares cada vez más fríos para pedalear.”

El Barba es así y te aseguramos que vale la pena que lo conozcas, visitando su tienda. Pero mientras tanto, a modo de aperitivo, te recomendamos que leas sus respuestas a nuestro ping pong.

 

¿Cuál es el origen de tu sobrenombre?

Jajajaja, las pocas ganas de afeitarme.

¿Por qué viajás? ¿Qué estás buscando?

Para seguir juntando anécdotas para cuando tenga nietos.

¿Preferís viajar solo/a o acompañado? 

Depende de los destinos. Hay algunos que están buenos para compartir, como fue el Camino de Santiago, que hicimos con mi mujer y lo pasamos genial.

Tu primera bici.

Una rodado 20 plegable que supimos soldar para que pareciese una BMX de los 80.

Tu primer viaje

La ruta 40.

Tu primera bici de viaje y tu primer equipamiento de viaje.

Una Giant Sedona con alforjas hechas por la madre de un conocido.

¿Hasta dónde llegás con la mecánica?

¡¡¡Me llevo bien!!!

¿Cómo financiás tus viajes?

Trabajando antes. Desde hace bastante se trata de viajes de tiempo acotado, pero sigo buscando nuevos caminos.

Un momento de viaje en que peor te sentiste

Jajajaja, más allá de las veces que se te aparece la famosa frase ”qué hago acá”,  nunca. Los viajes son una suma de sensaciones y el balance siempre es positivo.

Un momento de viaje en que mejor te sentiste

Todos.

Tu destino o recorrido preferido

Los que están en mi cabeza y aun no hice.

¿Hacer kilómetros o conocer?

¡¡¡Conocer!!! Pero está bueno poder hacer kilómetros. El destino es el que da la respuesta.

Bicicletas actuales (marca y modelo).

Una Zentih Alpes de acero, una Aurora Fat X1 de aluminio, una de acero estilo panadero (viejita) y otra estilo chopera, también de acero.

Equipamiento actual para viajes

Alforjas o bikepacking, a elegir según el destino.

¿Cuadro de aluminio o cromoly?

Indistinto. Si la bici me gusta, es de mi talla y sirve para lo que quiero hacer el material no me afecta.

¿Un sueño cicloturista cumplido?

Haber comprobado que solo la costa norte de la Península Mitre (Tierra del Fuego) se puede pedalear.

Mi meta como viajero es llegar a…

¡Lugares cada vez más fríos!

 

www.tierradebiciviajero.com.ar | Instagram @tierradebiciviajeros | Facebook Tierra de Biciviajeros -Tienda https://www.facebook.com/tierradebiciviajeros

Fotos: Ariel Sabatella

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Cicloturismo

Efectos colaterales de la cuarentena: de mochileros a cicloviajeros

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Siempre nos ha gustado viajar. ¿A quién no? Ya teníamos algunos viajes encima, pero hace algunos años tomamos la decisión de dejarlo todo y salir a conocer el mundo con mochilas. Hoy llevamos recorridos 17 países del continente americano. Lo recorrimos de sur a norte y de norte a sur, dando algunas vueltas en S en el medio.
Nos gusta recorrer y conocer cada lugar al que vamos; no solo lo turístico, también su gastronomía, su gente, sus costumbres, su peculiaridad. Es por eso que nos gusta tomarnos el tiempo necesario en cada zona que queremos conocer.
Somos Meli, de Lima, Perú, y Matu, de Mar del Plata, Argentina, dos lugares a los que siempre vamos a volver.

Cuarentena en Bariloche
El año pasado, recorriendo la Patagonia como mochileros, luego de hacer temporada en Chile y con la intención de volver a casa en Lima, cruzamos la frontera con Argentina para conocer Esquel, volver y continuar hacia el norte por Chile. La idea original era que esto nos llevara 4 días, pero al segundo día después de cruzar, se cerraron las fronteras de Argentina y se anunció la dichosa cuarentena. La estrella del 2020 nos dejaba encerrados.


Logramos llegar a Bariloche, donde planeábamos esperar allí los presuntos “15 días” que duraría el confinamiento, “quincena” que luego se extendería por meses y meses. Nos mudamos unas cuantas veces y se nos fue terminado el dinero. Comenzamos a hacer tapabocas a mano y probando algunas otras cosas para sobrevivir, hasta que finalmente creamos nuestro pequeño negocio y así fue como la gente local nos comenzó a conocer como «los chicos de los budines».
Pasamos por todas las estaciones. El crudo invierno nos agarró sin abrigos, ya que habíamos regalado los nuestros justo antes de entrar al país, pensando que ya no los íbamos a necesitar, por lo que tuvimos que hacernos de todo nuevamente. Pasado el invierno, continuamos esperando que abriesen las fronteras sin éxito, y así fue como poco a poco ideamos un nuevo proyecto: ¡Volver a casa en bici! Algo nuevo e inexperimentado para nosotros.

Para viajar en bici solo nos faltaban las bicis…
Siempre que podemos nos gusta recibir viajeros en casa, así como también en ocasiones nos reciben a nosotros. En los últimos años hospedamos y conocimos a varios cicloviajeros y eso comenzó a gestar en nosotros las ganas de pedalear, hasta que finalmente las circunstancias nos llevaron a hacerlo (!!).
Al principio comenzamos a imaginarnos hacer el Camino de los Siete Lagos por la ruta 40, pero después pensamos: ¿Y si hacemos un poco más? Quizás desde Bariloche hasta Junín de los Andes… Y así, poco a poco, nos fuimos ilusionando, hasta que decidimos hacer… ¡todo en bici!
Eso sí, nos faltaban nada menos que las bicicletas…


Buscamos por mucho tiempo, hasta que por fin las encontramos, primero una y un tiempo después la segunda. Dos bicicletas usadas. Nos costó mucho decidir el rodado. Queríamos 27.5, pero terminamos optando por tener dos rodado 26, por la simplicidad y rapidez de conseguir repuestos en cualquier pueblo del recorrido.
Comenzamos a repararlas, armarlas y equiparlas con bastante amor e ingenio. Hicimos muchas cosas, incluyendo portabotellas y botellas grandes, alforjas caseras, grips artesanales para el manubrio y otras cosas más. (Queremos aprovechar esta parte del relato para enviarle un gran saludo a Iozzer: sus parrillas son excelentes y él nos dio una mano grande.)

De Bariloche a Mar del Plata
Nos encariñamos mucho con Bariloche y se ve que él también con nosotros, porque no nos soltó fácil: tuvimos muchos inconvenientes antes de salir y terminamos saliendo después de lo planeado.
Finalmente partimos con las bicis cargadas para 3 o 4 meses de viaje…, desde la Cordillera hasta el Océano Atlántico.
El primer destino fue Villa La Angostura. Desde ahí recorrimos los 7 lagos, surcamos caminos de montaña intransitables, senderos junto a manadas de ciervos y otros animales que nos sorprendieron, rutas abandonadas, el valle en Neuquén y Río Negro, rectas de asfalto infinitas en la zona pampeana, campos bonaerenses y llegamos a la costa atlántica. Cerca de 1.800 kilómetros en nuestra primera travesía en bici…


Viajar en bicicleta es muy distinto a viajar con mochilas. Disfrutar en la ruta de la brisa en el rostro, llegar a cada lugar con la satisfacción de saber que llegaste por tí mismo, cargando todo tu equipaje, no tiene precio. Es una recompensa única. Luchar y calcular los fuertes vientos, acampar en lugares mágicos, conocer cada uno de los pueblos diminutos que antes no registrábamos, aprender de cada uno de ellos. Parar a almorzar o por unos mates al costado de un arroyo perdido o del único árbol que encontramos en kilómetros. Sentir los sonidos de la naturaleza. Y ni hablar de llegar a un lugar y que la gente se asombre y se acerque a entrevistarnos sin poder creerlo, que te inviten agua, una comida o hasta compartir su techo.
Toda esa experiencia se une en algo mágico.


Llegamos hace unos días a Mardel justo con las nuevas medidas de confinamiento. El camino sigue, la travesía aún continúa. Vamos a esperar a que se alivie la pandemia un poco y luego seguiremos por muchos pueblos y ciudades nuevas y quién sabe qué nuevas sorpresas nos estén esperando por ahí…

Si quieres seguir nuestro viaje y aventuras, iremos actualizando y subiendo nuestros caminos en Instagram: @matusyd  https://www.instagram.com/matusyd/

 

Por Melissa Andrea Toscano y Matías Otero

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