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Cicloturismo

Viajes que pronto serán posibles: Uniendo valles en Córdoba

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El fin del confinamiento en varias provincias argentinas hará posible que en poco tiempo se puedan retomar algunos viajes cicloturísticos, particularmente dentro de nuestro país. He aquí uno de ellos, en el que poco antes de la pandemia el autor recorrió algunos de los más infrecuentes y bellos lugares de la provincia de Córdoba, una provincia que es fuente inagotable de placer para el turista en bici.

El objetivo de esta travesía en bicicleta fue unir dos puntos emblemáticos en mi vida actual: la ciudad de Córdoba, en la cual resido, y mi pueblo natal de La Paz, en el valle de Traslasierra.

El gigante dormido y las aguas cristalinas del Yuspe

Como todos, este viaje empezó en mi cabeza algunos meses atrás. Lo visualicé y tiempo después estaba dando la primera pedaleada por las afueras de la ciudad de Tanti.

El camino elegido para la travesía fue la vieja Ruta Nacional 28, antigua arteria principal en la comunicación entre la provincia mediterránea y la región de Cuyo, principalmente la provincia de La Rioja. La misma atraviesa el imponente macizo de Los Gigantes (alcanzando los casi 2000 metros sobre el nivel del mar) y la Reserva Hídrica Provincial, para adentrarse luego entre los volcanes de Pocho y desembocar tras un frenético descenso, por el Camino de los Túneles, en los infinitos llanos riojanos.

La primera etapa comenzó con una trepada de 30 kilómetros que rápidamente se encargó de poner a mi ego en su lugar y bañarlo con una buena dosis de humildad. El calor era agobiante y tras pasar la hermosa villa veraniega de El Durazno, el cansancio se empezó a hacer notar.

A los 10 kilómetros de Tanti se encuentra el acceso a la Reserva Cerro Blanco y a los 15 la Reserva Naturista Yatan Rumi. Si bien la subida es constante y casi sin descansos, el esfuerzo no me impidió dar vuelta la cabeza y poder apreciar el imponente paisaje que estaba dejando a mis espaldas. El valle de Punilla, las ciudades de Tanti, Carlos Paz y el Lago San Roque acompañaron mi pedaleo por varios kilómetros. A las orillas del camino pude apreciar varios rebaños de ovejas, tropillas de caballos y hasta llamas pastoreando en los pastizales de altura que ofrecen nuestras sierras.

Luego de 35 kilómetros, con poco más de cuatro horas y media de pedaleo y unos dolorosos calambres, llegué al parador La Rotonda, uno de los puntos de acceso a Los Gigantes. El lugar ofrece camping, alojamiento y servicio gastronómico. El camping fue mi elección. La cena fue al lado de un arroyo, con vistas al macizo e iluminado por la combinación de un cielo cubierto de estrellas y un sinfín de luciérnagas que titilaban sin cesar. Creo que no podría haber elegido mejor locación para pasar la primera noche del viaje.

El agradecimiento fue una constante a lo largo de este viaje: a la vida, al universo o a Dios, si así lo quieren llamar. Agradecimiento por poder estar pedaleando en estos lugares maravillosos y disfrutar del contacto tan pleno con la naturaleza.

A la primera noche en carpa le siguió un despertar con un fuerte viento, que no fue impedimento para realizar un trekking hasta el río subterráneo. Luego de un desayuno potente emprendí la caminata de casi dos horas por las laderas de macizo. A medida que subía por sus cuestas se formaban ante mis ojos vistas sorprendentes. Cada paso vale la pena por un circuito que no deja de maravillar tras cada pestañeo. Totalmente recomendable.

Al descender nuevamente al refugio, el premio fueron unas exquisitas empanadas caseras, elaboradas por la dueña del establecimiento, un mimo al paladar.

Luego del gustoso almuerzo continúe con mi travesía, ahora con rumbo al Río Yuspe, tramo corto de solo 7 kilómetros.

Ante el pronóstico de lluvia para los días subsiguientes, esta sería una parada casi obligatoria para disfrutar de sus aguas calmas y trasparentes. La noche me encontró a orillas de este hermoso río de montaña, viendo la puesta del sol tras las cumbres mientras se avecinaba una tormenta a lo lejos, tormenta que escuché durmiendo plácidamente en los dormis del parador Río Yuspe.

Entre las nubes hacia los llanos riojanos

Dicen que el silencio es el lugar donde uno se encuentra.

El cruce de las Sierras Grandes por su extremo norte implicaba en este viaje no solo un desafío físico sino también emocional, ya que lo realizaría en solitario y en casi total auto subsistencia.

Luego de las dos etapas que acabo de contar, ahora restaba atravesar la amplia pampa de altura característica de nuestras serranías, para luego comenzar el ansiado descenso.

Rozando los cerros a baja altura, las nubes pintaban la mañana de gris y daban una frescura al ambiente que se agradecía después de los días previos de intenso calor. A diferencia de las etapas pasadas, pocos eran los vehículos que transitaban esta parte del camino. Soledad y silencio serán los dos adjetivos que utilizaré para describir esta parte del viaje. En muchos momentos me encontré pedaleando en una total abstracción, sin pensar en nada ni en nadie, solo concentrado en avanzar, observando el abrupto horizonte al que me dirigía sin realizar ningún tipo de juicio.

El viento rosaba mi rostro y silbaba entre las quebradas, la soledad era total. Me encontraba en el medio de la nada, o quizás mejor dicho: de todo. La naturaleza plena se presentaba ante mí y yo, sin desafiarla ni temerle, con respeto y decisión, avanzaba. La soberbia magnitud del paisaje me mostraba también lo frágil e insignificante que es nuestra especie, pero también lo tenaces y perseverantes que podemos ser.

Al llegar al paraje de Cuchilla Nevada, las bajadas comenzaron a ser más frecuentes, aunque intercaladas con duras subidas. Los ríos Guampa y San Guillermo se presentaban como oasis que permitían refrescarse a sus orillas y reponer energías.

Luego de unos 40 kilómetros de pedaleo llegué al pequeño pueblo de San Gerónimo, inicio de un vertiginoso y divertido descenso que, atravesando Tala Cañada y Taninga, me depositó en Salsacate, ciudad donde descansaría esa noche. Al día siguiente me esperaba el famoso Camino de los Túneles.

A 35 kilómetros de Salsacate se inicia ese tramo, una imponente obra de ingeniería construida a principios de la década de 1930 con el fin de agilizar la comunicación con la región de Cuyo. Tras los primeros kilómetros pude comprobar que el pronóstico de lluvia se hacía cada vez más factible. Una tormenta considerable se comenzaba  a formar a mi derecha y avanzaba rápidamente sobre los volcanes de Pocho. En efecto, a los pocos kilómetros la tormenta se hizo presente en su totalidad, obligándome a hacer un parate momentáneo en la localidad de Las Palmas.

Luego de media hora de una lluvia intensa continué viaje. El camino me presentó una subida constante que tuvo como punto final el filo de las sierras, que aun permanecían envueltas por un manto blanco de nubes.

Al llegar a la cima y comenzar el descenso hacia los túneles, la naturaleza me dio un nuevo golpe de humanidad, mostrándome paisajes que escapaban por mucho a lo que me podría haber imaginado.

Por cinco días lo único que había tenido delante de mis ojos habían sido montañas y en ese momento se abrieron antes mis ojos los inmensos llanos riojanos, una extensión sin fin de tierra que parecía perderse en el horizonte.

Luego del ingreso al primer túnel el camino serpentea en un descenso vertiginoso e ideal para soltar un poco los frenos y disfrutar de la adrenalina. Las curvas se suceden una tras otra, siendo muchas paradas casi obligatorias para las fotos de rigor. Una vez abajo y dejando las sierras a mis espaldas, una recta que pareció infinita me depositaría en el paraje de El Cadillo, punto de desvío hacia la ruta provincial 51 y la Reserva Natural Chancani, que sería mi lugar de descanso esa noche.

Esa reserva provincial ofrece camping libre sin costo para sus visitantes y la posibilidad de realizar caminatas por los diversos circuitos dentro del parque. Pero desde mi punto de vista los atractivos más destacados que ofrece son el contacto directo con la flora y fauna de la región y unos de los atardeceres y amaneceres más lindos que pude ver.

La lluvia del día siguiente me hizo imposible continuar ruta, así que luego de un descanso obligado emprendí el último tramo de 70 kilómetros hasta Villa Dolores y La Paz.

Luego de atravesar el pueblo de Chancani, la ruta provincial 51 inicia una recta con leves curvas y casi llana que corre paralela al cordón serrano y se adentra en el bosque chaqueño occidental. El paisaje es un tanto más monótono que los anteriores, pero no puedo negar que tiene su encanto. Como dicen, la belleza radica en los ojos de quien la sabe ver.

Luego de poco más de cinco horas de pedaleo llegué a la ciudad de Villa Dolores, que fue el punto de descanso donde repuse energías antes de emprender el último tramo hasta La Paz, en el extremo sur del departamento San Javier, punto final de este viaje.


Por Silvio Godoy: silvio_mosq@hotmail.com

Cicloturismo

Me topé con Mendoza (un asombroso viaje en bicicleta)

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Como casi siempre en mi vida, sobre todo en los últimos años, he recorrido caminos inciertos, pero éste iba a tener un contexto único, especial e irrepetible, como cada aventura.
Un año atrás estaba en Cali, Colombia, capital de la salsa, pero Alaska era el destino, finalmente inconcluso debido a la pandemia. Así fue que me encontré paralizado, preguntándome qué iba a pasar, qué hacer, adónde ir, cómo volver a mi hogar, decisión que había tomado después de ver que la situación se sostenía en el tiempo y se hacía más y más compleja.
Después de sortear varios inconvenientes para repatriarme, con un panorama absolutamente impensado, cruzando países que impedían la circulación, llegué a Mendoza.

La decisión
Ya allí, los días… y los meses, transcurrían. Las restricciones hacían imposible subirme nuevamente a mi bicicleta. Mi compañera por años se encontraba varada en un rincón de casa, sobre ella cientos de recuerdos cosechados desde aquel inicio en el Fin del Mundo.
Con la llegada de la primavera la vuelta a la carretera estaba cada vez más cerca. Ya era hora de comenzar a soñar. Empezaba a planificar mi viaje.
Pienso, siento, reflexiono y hago un resumen de mis experiencias. Sé que soy un afortunado: nunca imaginé visitar lugares ubicados en el otro extremo del globo como Nepal, Nueva Zelanda o Vietnam, entre muchos otros. Sin dudas vivir afuera dejó algo pendiente: debía descubrir la provincia y las montañas que alguna vez me vieron partir. Ahora estaba aquí y era tiempo de saldarlo.
No fue muy difícil decidir la dirección que tomaría: el sur tenía todo lo que necesitaba. La Cordillera sería mi punto de referencia hacia esta nueva aventura. Montañas, cerros, valles, volcanes, lagos, todo un cóctel con sabor a libertad.

Los preparativos
La soledad es algo con lo que muchos viajeros lidiamos. Comúnmente las personas nos paran y nos preguntan: “¿Cómo es eso de viajar solo?” Nunca he tenido una respuesta clara a esta pregunta, más bien contesto que nunca estoy solo, siempre surge algo o alguien con quien compartir. Esta vez no iba a ser la excepción: semanas antes había hablado con Juan, un amigo, que como buen amante de la bici y la montaña escuchó sobre esta aventura y no pudo resistirse a acompañarme.
A veces me sorprendo al ver con qué rapidez afianzamos relaciones. Llevo tiempo haciendo amigos en la ruta; muchas veces un compañero se vuelve maestro, hermano. Innumerables historias compartidas en el transitar de innumerables rutas nos hacen aprender de la simpleza de una buena charla y un fogón, momentos que alcanzan para sentirnos compañeros de toda una vida.

Desempolvé las alforjas y las coloqué poco a poco en la bici, observando que todo estuviera en condiciones. Un viaje de estas características necesita de la mejor atención: cadena, frenos, neumáticos, todo tenía que estar a punto. Reconozco que preparar la bici con el tiempo se ha transformado en una práctica muy agradable, sensación parecida a la de armar las maletas cuando te vas de vacaciones.

El viaje
Finalmente llegó el día: me encontraba sobre la ruta. Los nervios que se habían acumulado en los últimos días se desvanecían con cada pedaleada.
Como era de esperar, los primeros días fueron bastantes duros. Volver a la ruta luego de estar parado varios meses no fue fácil y menos cuando las comodidades escasean. La rutina empieza a ser otra: horas arriba de la bici, buscar lugar donde montar la tienda y por supuesto cocinar nuestro menú diario, arroz y fideos.
Le decía adiós a la ciudad para sumergirme de lleno en el corazón de la Cordillera. Atrás quedaban los últimos kilómetros de pavimento. Adentrado suavemente por senderos agrestes e irregulares, la montaña empezaba a marcarme su ritmo.
En la zona del Alto del Valle Tunuyán, llegamos al Refugio Real de la Cruz, luego de haber coronado el Paso El Portillo, a 4300 msnm. El Paso Internacional Portillo de Piuquenes continuaba cerrado, así que no hubo otra salida que volver por el mismo camino y realizar la hazaña dos veces.

Como suelo decir, los lugares más excitantes se encuentran al final del mapa, donde las huellas son nuestro horizonte y los animales son espías que silenciosamente observan los pasos de los intrusos. Las emociones se multiplican, los colores son más intensos y los aromas más profundos, experimentando así una de las sensaciones más placenteras que pueda tener el ser humano: en la soledad e inmensidad nos sentimos más vivos que nunca.
Hace no mucho tomé la decisión de cambiar mi manera de viajar; ahora todo se resume a la bici y a un poco de equipaje. Una forma de viaje más sustentable y amigable con el medio ambiente que además permite que me mueva con mayor autonomía y ligereza sobre terrenos abruptos. Sin embargo, en muchas ocasiones el camino se volvía intransitable y empujar o cargar la bici cuando no hay modo de pedalear es la única forma de avanzar.

Al tomar la vieja y mítica ex ruta 40, hoy nombrada ruta 101, el sonido constante de mis ruedas abriendo camino sobre el ripio me recuerda que debo agudizar mis reflejos para fundirme con el paisaje mendocino de montañas y desiertos, en gran parte de su extensión acompañado con el perfume de jarillas, su flora por excelencia. Los caudalosos ríos y montañas como postales panorámicas son su gran atractivo, albergue de liebres, vizcachas, choiques y aves que en varias ocasiones se hicieron notar.

La Reserva Laguna del Diamante en San Carlos fue toda una sorpresa, no podría haberme imaginado contemplando tanta belleza, había escuchado alguna vez sobre estas aguas, escondidas a unos 3250 msnm, ubicadas en un campo de escorias volcánicas. El Volcán Maipo (5323 msnm) y a sus pies la laguna hacen de este lugar una postal imposible de olvidar.
La vida se ve mejor desde arriba. La altura nos hace lentos y nos somete a situaciones más extremas. El duro frío, los fuertes vientos sumados a la disminución de la presión son un conjunto de dificultades con que tenemos que aprender a lidiar. Una buena aclimatación se convierte en una de las mejores soluciones. ¡Toda una odisea!
En la montaña, los últimos rayos de sol pueden significar el comienzo de una noche helada. Afortunadamente el verano hace que la indumentaria no tenga que ser demasiada. Tengo conmigo una campera de plumas que me ayuda a mantenerme caliente, un buzo, un par de remeras y dos calzas largas térmicas. Lo justo y necesario para poder viajar ligero y así sortear todo esos obstáculos que el camino me pone.
Retomo la ruta 40 . Es el turno de visitar uno de los hoteles más emblemáticos y remotos de Mendoza, que no se encuentra en funcionamiento hace más de 30 años. Sus huéspedes nos hospedamos en una parada obligada con las mejores vistas al valle.

La visita al Hotel Termas del Sosneado, un bloque de tres pisos formado de piedras en medio de la Cordillera, junto a sus tres termas, hacen de este lugar un paraíso para cualquier aventurero.
En el monte, encontrar una arbolada es descubrir un pequeño oasis, sin duda un refugio confortable. Aquí los puesteros tienen una fuerte connotación histórica y cultural. Ellos se encargan de la práctica ganadera de caprinos y ovinos, abandonan sus familias y se desplazan hacia los campos altos durante el verano (veraneada) para engordar a sus animales.
Los arrieros también forman parte de este escenario. Encontrarse con ellos es volver a sentir la calidez de un abrazo al alma.

El sur era el destino, Malargüe el punto de referencia. Últimos kilómetros y ya estaba allí en la ciudad para cumplir unos de los propósitos con los que había emprendido este viaje: unir dos de los valles más imponentes que pueda haber, Valle Noble y Valle Hermoso.
Si de aventura se tratara esta sería la más asombrosa, el inicio sobre la Carretera de Carqueque me regalaría en cada pedaleada un paraje inesperado.

La Reserva Natural Castillos de Pincheira, monumento natural tallado por acciones erosiva, sorprende por sus dimensiones.

Portezuelo de Carqueque, a 2848 msnm, es el siguiente atractivo para concluir con las majestuosas vistas al Valle Noble y Valle Hermoso.

Me tomó por sorpresa ver como la hospitalidad en las personas seguía allí, viva. Será que estas tierras rodeadas por valles ayudan a conservar valores que otros ya hemos perdido. Mi persistencia en el camino no sería nada si no fuera por la amabilidad y atención que muchos solemos recibir. La familia se amplía y como nuevos integrantes, recibimos los honores. A veces es un plato de comida, un pedazo de pan, una cama, una ducha caliente y si estamos de suerte algo de carne, pero el mayor regalo es escuchar y aprender de las vivencias de quienes nos reciben. Cuando el destino me cruza con ellos, leo sus manos y sus pieles curtidas, los que reflejan el paso del tiempo, como la corteza de un árbol graba la belleza de lo humano, huellas de una identidad que va quedando en el ayer.
Como si esto hubiera sido poco, mis ansias por seguir descubriendo continuaron, y en una vuelta inesperada mi cabeza decidiría que esto no era suficiente. Volví a San Rafael, esta vez a conocer esos famosos diques de los que tanto me habían nombrado: Agua del Toro, Los Reyunos, El Tigre, El Nihuil y Valle Grande. Tenía que ver que Mendoza no era solo montañas.

Mi plan de viaje continúa y mi afán de explorador también. Hoy la bici se encuentra nuevamente en el mismo rincón, sobre sus ruedas lo recorrido y vivido, y con ella la ambición inacabable de explorar mis límites.

 

Por Gonzalo Zamorano
@gonzalo.zamorano

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Cicloturismo

Cómo construir senderos sustentables para bicicletas y potenciar el negocio turístico

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A veces es difícil hablar de lo que uno da por sentado, o bien de lo que para uno es sentido común y para otro no lo es. Un claro ejemplo de sentido común mal aplicado y que a los que pedaleamos en la montaña nos toca de cerca es la creencia popular de que cuando llueve los senderos se rompen, los caminos se destruyen, las ciudades se inundan y los ríos crecen. Y si bien esto último es totalmente cierto, no lo son las otras situaciones. Las ciudades se inundan cuando no tienen un buen diseño pluvial y lo mismo ocurre con los caminos y los senderos.
A la hora de presentar proyectos desde la International Mountain Bicycling Association (IMBA), siempre encontramos la misma duda sistémica. De hecho, si los integrantes de IMBA fuéramos médicos, probablemente ya hubiéramos catalogado esta duda como una enfermedad y estaríamos buscando una vacuna, ya que se trata de una tendencia de pensamiento generalizada.
Esta creencia popular y la devastación ambiental fue, entre otras cosas, lo que me motivó a formarme en el desarrollo de senderos sustentables hace más de 15 años.

IMBA y el buen diseño
No puedo negar que he sido testigo de como los senderos que construía hace 20 años se los llevaba el agua, pero también aprendí, con métodos científicos y técnicos, que un buen diseño puede controlar el impacto del agua, creando senderos que requieren un mínimo mantenimiento, al punto de que una sola persona, una o dos veces al año, puede mantener en pocos días de trabajo un sendero de 100 kilómetros. Exceptuando situaciones peculiares, claro, como tornados, huracanes, terremotos u otras situaciones catastróficas.

Hoy, desde IMBA contamos con el conocimiento y la experiencia internacional para crear sistemas de senderos aptos para turismo que requieren muy poco mantenimiento y que hasta pueden ser programados y gestionados por los propios usuarios locales.
Nuestros senderos pueden incluso estar diseñados para que sean accesibles a personas con movilidad limitada, generando accesibilidad universal en ellos, particularmente para personas en sillas de ruedas de montaña. IMBA no solo es líder mundial en desarrollo turístico sustentable, también es una de las pocas ONGs en el mundo que crea senderos de montaña con accesibilidad universal (sillas de ruedas).

 

¿Pero por qué no se hacen senderos?
Ahora bien, si IMBA es tan genial, ¿por qué no hay senderos en cada rincón de Argentina, en cada centro turístico, hotel, spa o comuna? Porque seamos realistas, si vamos a Patagonia, la gran mayoría de los senderos que suben a los refugios o son promovidos como senderos de trekking de nivel medio o son, según el estándar mundial, senderos back country, es decir senderos donde puede peligrar la vida del usuario. Otro tanto sucede en Córdoba, donde tenemos nuestra sede, y la historia se repite en el resto del país.
Tal es la falta de diseño en los senderos a lo largo y ancho de Argentina, y es allí donde tenemos una de nuestras mayores fallas turísticas. Es cierto que la realidad de pandemia que vivimos actualmente nos cortó el turismo internacional y nos permitió monetizar como nunca el turismo nacional, algo que curiosamente, en algunos casos, generó más ingresos que el turismo internacional. Eso en realidad se debe a que los turistas clase A de Argentina que buscan destinos en la naturaleza, ya sea para trekking como para ciclismo de montaña, prefieren irse al extranjero, donde, entre otras cosas, existen mejores senderos, cosa que por las cuarentenas no pudieron hacer. Por otro lado, cuando tenemos turismo receptivo internacional de este tipo, este pasa dos días aquí y prefiere irse a Chile, donde la oferta turística está más desarrollada y los senderos también.
Básicamente cuando desde IMBA hablamos de crear y diseñar un sendero nos topamos con estas preguntas o cuestionamientos: ¿Pero para qué voy a invertir si el agua lo va a romper? Es imposible un sendero para silla de ruedas. ¿Para qué voy invertir en un proyecto de IMBA si me lo hace el jardinero con la motosierra? Lamentablemente, este último ejemplo es el factor común que hace que luego los senderos se rompan con la lluvia, ante lo cual se justifican diciendo: “Por lo menos me salió más barato, porque Juancito ya trabaja acá y lo tengo limpiando la pileta también.”

El sendero de Villa Carlos Paz

Hace poco tuvimos la oportunidad de construir un sendero en un hotel de Villa Carlos Paz (CBA), para el Pinares Panorama Suites & Spa, donde proyectamos algo mucho más amplio, pero el “sentido común” de ambientalistas e incluso algunos de los propios inversores (algo lógico) hizo que se aprobara una etapa mucho más corta, con lo cual desde IMBA decidimos llamarla laboratorio de senderos, algo que aplicamos en muchas partes del mundo con el término inglés traillab.
El hecho es que construimos el sendero completamente a mano, entre cinco personas, en época de lluvias (el “sentido común” dice que hay que construir fuera de la época de lluvias) y al cabo de 25 días teníamos la primera etapa construida con accesibilidad para sillas de ruedas, siendo este el primer sendero de montaña accesible a sillas de ruedas del país. Esta etapa del sendero fue terminada a mediados de enero.

En Córdoba y como si se tratara de una broma planeada (veníamos de una muy larga sequía), comenzó a llover dos veces por semana durante la obra y las lluvias incluso continuaron luego de terminada la etapa constructiva. ¡Lluvias de 50/70 mm en media hora, muy intensas, lluvias que inundaron la ciudad, se llevaron autos, arrastraron personas, destruyeron caminos, e hicieron crecer ríos! Pero hete aquí que lo único que no pudieron hacer esas lluvias fue romper el sendero, que de hecho luego de las lluvias quedó mucho mejor, ya que la debacle climática ayudó a la recuperación vegetal y la cobertura natural.
Durante el proceso constructivo habíamos sido visitados por ambientalistas, ingenieros agrónomos, arquitectos y otros profesionales y especialistas, algunos por mera curiosidad, pero otros esperando ver como su “sentido común” tenía sentido, y en cada caso ocurría lo mismo: todos subían y bajaban el sendero de punta a punta sorprendidos. “Esto sí es protección ambiental” –reconocían. Y: “Esto es una obra de ingeniería única” Pero el mejor fue: “Yo creía que esto era una guitarreada y claramente no lo es, realmente me sorprende.”
Por suerte para el hotel, los turistas y todos los posibles usuarios, hay únicamente dos mujeres a cargo del hotel spa en cuestión (Cecilia y Marlene), dos mujeres empoderadas que aprobaron el proyecto luego de revisar las credenciales de IMBA y saber que estaban realizando una apuesta segura a un proyecto sin precedentes en Latinoamérica,  ya que además de ser primer sendero sustentable y con accesibilidad de montaña en suelo argentino también lo es de todo el subcontinente.
En este laboratorio quedó ampliamente demostrado lo equivocados que están quienes creen que no se pueden construir senderos que no se rompan con la lluvia, o senderos sustentables o senderos con accesibilidad universal. Quedó demostrado que el único camino posible a transitar son los senderos construidos con el criterio propuesto por IMBA, para de esa manera lograr desarrollar el turismo de una manera sustentable real, accesible a todos los prestadores turísticos, generando nuevos clientes, multiplicando los ingresos y monetizando la inversión realizada.
Señores, el jardinero es el jardinero, el guía es el guía e IMBA, con su equipo de profesionales, es la institución capaz de desarrollar proyectos de este tipo.

Por Alejandro Minuzzi, presidente de IMBA Argentina, director de IMBA Latinoamérica

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Cicloturismo

Un viaje flexible (y una historia de amor)

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Nos besamos por primera vez un viernes frente al Río de la Plata. Ese mismo día, él deslizó la idea de hacer un viaje en bici juntos. Dudé, pero exactamente dos semanas después estábamos los dos con nuestras bicis arriba del tren rumbo a Mercedes. El desafío era compatibilizar dos cicloviajeros solitarios que se unían en un viaje de cinco días por los caminos rurales de la provincia de Buenos Aires. Habíamos hecho viajes largos y desafiantes cada uno por su lado, pero ahora el ingrediente aventurero del viaje era la compañía.
El primer día hicimos 35 kilómetros desde Mercedes hasta Rivas, un pueblito con un puñado de manzanas y ningún camping. Acampamos en un bosquecito que incluía una bomba de agua. Lo que se conoce como lujo para el viajero que llega al atardecer, cansado luego de un largo trayecto bajo el sol.

Tomamos unos mates mientras el sol se despedía. Esos mates fueron nuestra cita número cuatro. Antes del viaje en bici nos habíamos visto exactamente tres veces. Acordamos que al día siguiente saldríamos a la ruta bien temprano, para evitar el sol ardiente del mediodía. Viajando sola tomaba las decisiones sola. Viajando con Agus, consensuaba.
En nuestro segundo día de pedaleo hicimos 80 kilómetros para llegar a Chacabuco. Siempre caminos de tierra. Cada tanto musiquita al compás del pedaleo. Fruta para las paradas. Mucha agua.
Acampamos en Chacabuco. Yo estaba insolada: muchas horas pedaleando al sol y con muchísimo calor. En los viajes en bici se pone el cuerpo. Es hermoso sentir el sol, el aire, la fauna, la flora en la piel, pero también agotador. No podía mantener el ritmo del viaje. Llegar a Junín y volver en el tiempo que nos quedaba me parecía imposible. Charlamos. La flexibilidad del cicloviajero emergió y rediseñamos el recorrido. Tramos más cortos, pedalear al amanecer, disfrutar de la bici frescos.

Cuando el tercer día partimos rumbo a Salto, recién empezaba a aclarar. No hay nada más hermoso que pedalear con la frescura de los primeros rayos del sol, con la alegría y esperanza de un nuevo día. Acostumbrados a acampar en cualquier condición, el aire acondicionado y la cama del hotel de Salto nos parecieron un lujo. El cuerpo necesitaba un buen descanso, un poco de aire fresco en medio de la ola de calor. Ser flexible es también escuchar al cuerpo y cuidarlo.

El cuarto día llegamos a Carmen de Areco luego de una pedaleada difícil. No por los kilómetros ni el calor, sino por los camiones de la ruta. No había banquina, pasaban muy cerca. Charlamos de nuevo. Decidimos hacer más kilómetros, pero tomar un desvío que nos aseguraba un camino tranquilo y sin tráfico. Flexibilidad. El camino nos regaló algunas nubes que hicieron más llevadero el calor. La pileta y la parrilla del camping municipal de Areco recompensaron el estrés de los camiones. Esa noche descubrí que Agus hace los asados más ricos del mundo. Y pensar que hasta hace poco era vegetariana.

El quinto día de pedaleada empezó a oscuras, con el objetivo de ver la salida del sol en medio del campo. Los naranjas, púrpuras, rojos de esa salida de sol fueron alucinantes. Se mezclaban con las nubes y creaban colores nuevos. Increíblemente, una estudiante de fotografía andaba por el campo a esa hora y nos regaló unos retratos hermosos, con su cámara profesional.
Llegamos a Mercedes antes de las 11 de la mañana, luego de pedalear 50 kilómetros, a tiempo para tomar el tren de regreso a Buenos Aires. Un poco más flexibles, un poco más enamorados… de la bici y los caminos rurales que nos permite recorrer.

Resumen
Fecha: Enero 2021
Kilómetros recorridos: 265
Recorrido: Mercedes – Rivas – Chacabuco – Salto – Carmen de Areco – Mercedes
Fotos del atardecer: Eleonora Cantón Vidal

 

Por Yamila Barrera
yamilambarrera@gmail.com | Instagram: yami_en_bici

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Cicloturismo

Por qué, cómo y con qué enfrentar una travesía en bicicleta fuera de ruta

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¿Qué pasa cuando las rutas y los caminos ya no son suficientes? Cuando el internarse en lo más profundo de la naturaleza para explorar áreas remotas sin trazados o referencias evidentes, se vuelve un mundo de infinitas y nuevas posibilidades.

¿Qué pasa cuando los viajes en bici comienzan a encontrar otras formas?
Con la enorme variedad de caminos y rutas de distintas dificultades y geografías que existen alrededor del mundo, tal vez la primera duda que se presente sea la de cuál es el sentido de iniciar un viaje fuera de ellos y con una bicicleta a cuestas, y tal vez entonces podamos aprovechar para comenzar este relato sincerado que puede ser una de las preguntas que jamás podremos responder con absoluta lógica.
Si fuéramos montañistas seguramente podríamos resumirlo en la frase de Mallory “¿Por qué subir montañas? Porque están ahí”, o utilizar increíbles historias de exploración como la carrera al polo, para explicar lo que en algún punto del relato deja de ser razonable. Pero como no somos montañistas ni auténticos exploradores, nos quedará simplemente el intento de contar nuestra propia experiencia.

Para nosotros el proceso fue tan natural que al día de hoy, al mirar hacia atrás, cada elección y paso que fuimos dando nos condujeron inevitablemente a la búsqueda profunda y trabajada de las zonas que recorremos. Porque realizar un recorrido de este estilo tiene mucho que ver con internarse íntegramente en los lugares por los que andamos, estudiando sus ríos, entendiendo sobre sus valles y quebradas, encontrando en los caminos que no existen la riqueza de un mundo virgen y asombroso por conocer.

Pero entonces, de qué trata una travesía en bici fuera de ruta
Trata sobre recorrer lugares donde aún no hay caminos, rutas o senderos trazados, explorando y descubriendo zonas aisladas o sin acceso para bicicletas e ir buscando el equilibrio entre el pedalear cuando el terreno lo permite y caminar cargando la bici cuando la geografía se vuelve más difícil.

Pero también trata sobre analizar mapas, buscar información, aprender a leer imágenes satelitales, relevar zonas caminando, entender sobre la geografía, el clima y la historia del lugar, minimizar riesgos, armarnos del equipo necesario para evitar posibles complicaciones, etcétera.
Lo cual no significa que sea necesario ser un eximio aventurero para realizar un recorrido de este tipo, pero sí es importante ser conscientes de no quemar etapas y entender los conocimientos y herramientas que tenemos, para que el llegar a la búsqueda de este estilo de travesías sea un camino del cual disfrutar, aprender y experimentar con total responsabilidad y respeto por los lugares que recorremos.

Sí hay algo de lo que somos extremadamente responsables desde siempre, es de tener los mayores cuidados y recaudos posibles para no involucrar ni preocupar a otros. Porque aunque no todo el mundo sea consciente de lo que puede provocarse por un simple capricho o relajo, el solo hecho de perderse o lastimarse en lugares aislados y de difícil acceso puede provocar una gran movilización de personas y recursos.

La montaña y la bici
Pero no siempre para nosotros la idea de estar aislados durante varios días en medio de la naturaleza, sin tener un trazado certero por el que avanzar, fue parte de nuestras vidas. En el 2010, la primera vez que incursionamos en el montañismo, el solo hecho de llegar hasta Tolar Grande desde Salta en nuestro autito fue una gran aventura llena de dudas y miedos.
Luego de ese viaje la cordillera nos atravesó definitivamente y poco a poco vinieron otras montañas, las primeras cumbres y cientos de nuevas dudas y miedos superados. Después llegaron las bicis, la ruta 40, los 43 cruces de los Andes y los viajes finalmente se volvieron cordillera y de a poco, muy de a poco, casi sin darnos cuenta, la montaña y la bici se fueron mezclando hasta volverse indispensables una de la otra.

Hoy, después de mucho camino y experiencias, lo que alguna vez nos fue extraño y peligroso se volvió nuestro hogar, el lugar al que pertenecemos, donde más en paz y completos nos sentimos y del cual no dejamos nunca de aprender. Solo es cuestión de señalar alguna quebrada desconocida para que el entusiasmo nos conquiste el cuerpo y una nueva historia vuelva a comenzar.

Cómo damos nacimiento a una travesía de este estilo
Lo primero que vemos necesario explicar es que nuestras travesías nacen de lugares que fuimos conociendo previamente y con los que tenemos alguna relación. Lo que significa que una búsqueda nos lleva inmediatamente a otra y así sucesivamente.
Por ejemplo: realizar los 43 pasos cordilleranos nos llevó a querer profundizar cada vez más en la Cordillera, vivir en Patagonia Austral y sentir la necesidad de explorar sitios que llamaban nuestra atención y de los cuales no se sabía demasiado.
Así es como le fuimos encontrando naturalidad y coherencia al camino que vamos generando, sin que tenga que ser el más difícil, el más extraño o el más lejano, sino simplemente el propio. Por eso, prestar atención a nuestro alrededor, desde la historia que nos puede contar algún puestero, hasta una cima lejana en la que no habíamos reparado anteriormente, estar atentos y conectados con lo que nos está pasando y con los detalles que nos generan curiosidad, es siempre nuestra principal brújula para iniciar un nuevo proyecto o travesía.

También es importante entender que al día de hoy hay muy pocas zonas que no hayan sido  exploradas previamente y que no contengan algún dato, historia o referencia de la cual poder enriquecernos. Y aunque a veces se sienta muy romántico eso de creerse pioneros o iniciadores de una idea, creemos que es mucho más importante darle valor y reconocimiento a los que verdaderamente lo fueron, para poner la historia en su lugar y poder seguir construyendo y aportando desde la nuestra.

Qué equipo utilizamos

Usamos bicis livianas con horquilla rígida. Actualmente tenemos dos Venzo Atix, que son muy livianas y nos permiten cargarlas con facilidad cuando es necesario.

Viajamos en modalidad bikepacking, usamos bolsos halawa pequeños que se adaptan a la geometría de la bici, dándonos la posibilidad de ir con muy poca carga y poder maniobrar con más simpleza.

Llevamos mochilas grandes de 60 litros y en los tramos donde se hace imposible pedalear pasamos toda la carga a la mochila para poder levantar las bicis con más facilidad y sin lesionarnos.

Tenemos ruedas tubelizadas, ya que al no existir camino las posibilidades de pinchar son constantes.

Vamos con un GPS en donde bajamos el trazado que armamos.

Contamos con un rastreador satelital SpotX, el cual nos da la posibilidad de pedir ayuda en caso de emergencia, enviar mensajes para pedir el clima actualizado, mandar nuestra ubicación en tiempo real y comunicarnos con nuestra familia o amigos sea donde sea que nos encontremos.

Aplicaciones que usamos para la lectura y trazado del recorrido
Actualmente usamos Ride Whith GPS y Fatmap. En ellas podemos analizar la geografía del lugar y trazar el recorrido que nos parece más lógico y probable de realizar. Ese track creado luego lo bajamos al GPS y también lo llevamos en el celular, descargándolo en la aplicación de Ride Whith GPS.

Herramientas que fuimos adquiriendo a lo largo de este tiempo
Además de la experiencia a lo largo de estos años, también hemos realizado cursos de primeros auxilios en zonas agrestes, orientación y cartografía, nivología y rescate en avalanchas. Creemos que el sumar conocimiento técnico nos brinda la posibilidad de poder desenvolvernos mejor en situaciones críticas y nos parece que es parte elemental de nuestra responsabilidad.

Las travesías por zonas agrestes no solo implican disfrute y aventura, sino sobre todo una gran responsabilidad y respeto por el entorno. No hacer fuego, ni dejar rastros de nuestro paso por estos lugares es la mínima obligación que podemos tener.

Por Nación Salvaje: www.nacionsalvaje.com  | nacionsalvaje@gmail.com

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