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Durante los últimos años se ha instalado en nuestro país una desordenada discusión en torno a la temática rural, en referencia a temas que van desde el avance de la industria agrícola sobre campos antes silvestres en asociación con el monocultivo hasta la cuestión de la creación y el cuidado de parques protegidos. Una discusión medioambiental centrada en el campo. Pero, ¿nuestras ciudades no son acaso parte del medioambiente? O sea: ¿por qué la problemática medioambiental urbana no es tenida en cuenta, cuando en las ciudades vive una porción absolutamente mayoritaria de la población?
Todos los que hemos nacido aproximadamente a mediados del siglo pasado somos testigos de ciudades que, al igual que los ecosistemas naturales, solían ser lugares diversos e inclusivos, en cuyas calles se desarrollaba una cantidad enorme de actividades: trabajo, comercio, juego, socialización y transporte. Hemos jugado en la calle de niños, la hemos usado para las más diversas actividades luego y, sin darnos cuenta y poco a poco, ese espacio vital se nos fue cerrando para ser “escriturado” a nombre del tránsito a motor.

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Ese espacio que antes era público y compartido por todos los ciudadanos nos fue quitado para ser adjudicado de manera completamente arbitraria a una parte minúscula de ciudadanos que eligen transportarse en vehículos absolutamente ineficientes. Y la apropiación fue además acompañada por una cultura automovilística cuyos portadores no son solamente los automovilistas sino incluso la ciudadanía en general, que acepta sin más el despojo y teme infringir algún derecho ajeno cuando debe cruzar una calle o soporta los autos estacionados hasta en la veredas (o sea en su carril) o simplemente teme a esas bolas de acero que en cualquier momento pueden desde lesionarlo gravemente hasta quitarle la vida.
Nadie puede negar que este despojo se produjo enarbolando un “razonable” argumento: mover a las personas lo más rápido posible, sin obstáculos por parte de nadie que use el espacio público para otros fines. Este razonamiento tiene sus beneficios, pero tiene un enorme costo.
En cualquier gran ciudad de nuestro país podemos constatar que la suma del espacio público y privado dedicado a estacionar automóviles es enorme y probablemente mayor a la dedicada a la población en general para actividades “no automovilísticas”. Además, la mayoría de este espacio es público y el público, o sea los ciudadanos, no pueden destinarlo a otros propósitos.
Con esto queremos remarcar que el espacio público no solo está ocupado por tránsito automotor circulando sino también por vehículos que no cumplen la función para la cual han sido creados durante absolutamente la mayor parte del día. Digamos que si esto no es equivalente al monocultivo rural del que tanto nos quejamos, ¿qué es?
Nos relegaron a carriles
Esta forma de resolver el tema del tránsito urbano no era la única alternativa, pero fue la que se impuso. Cuando los automóviles comenzaron a inundar el espacio público casi nadie dudaba que debían adaptarse a la situación existente, o sea a la prioridad peatonal. Recuerdo claramente cuando en los años 50 los pibes de la cuadra cerrábamos la calle donde vivíamos (que era una calle muy usada, ya que en uno de sus extremos había un paso a nivel ferroviario y en el otro una avenida troncal) con dos arcos hechos con piedras o ladrillos y nos largábamos a jugar a la pelota… y si aparecía algún auto debía detenerse y esperar a que terminara la jugada para que caballerosamente nos abriéramos y lo dejáramos pasar.
La calle era nuestra. Los autos eran invitados.
Pero el tiempo pasó, los comerciantes como el lechero o el panadero que pasaban en su carro todas las mañanas casa por casa y hasta los mismos kuenteniks judíos en bicicleta que vendían ropa en cuotas a domicilio o los vendedores ambulantes de gansos o pavos fueron desplazados de las calles y obligados a instalarse en locales habilitados y a pagar impuestos… para construir más calles para autos y más espacios de estacionamiento. Y a los peatones nos dedicaron un carril, la vereda, que con el tiempo, como cualquiera puede constatar hoy en su barrio, pasó a estar dedicada en gran parte… al estacionamiento de autos. Y nos dedicaron también parte del subsuelo, metiéndonos en esos infernales túneles subterráneos en los que no podemos molestar a los automóviles.
En síntesis, permitimos que encerraran a los comerciantes entre cuatro paredes, que nos relegaron a la vereda, que nos enterraran en subterráneos y que echaran a los niños de la calle y nos metieran en la cabeza que había que enseñarles desde párvulos que había que tener cuidado al cruzar la calle y temer a los automóviles.
Con los años las calles pasaron de ser una inmensa plaza a ser un páramo destinado solo a la fluidez del paso de ineficientes moles de acero que por lo general transportan a una sola persona con una relación costo/beneficio más que espantosa.
Arrancar de cero
¿Había otra manera? No la hubo, por cierto, pero hoy hay muchas ciudades que han comenzado a reconstruirse, a pensarse desde cero como un espacio ciudadano para todos, no solo para los vehículos a motor.
Barcelona, por ejemplo, con sus súper manzanas, ha democratizado su espacio público con patios y parques urbanos, recuperando sus calles del tránsito. Los automóviles seguirán moviéndose, pero en un espacio cada vez más acotado y no serán ya el eje de la diagramación del espacio público.

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O París, cuyo gobierno municipal lleva adelante un plan de ciudad de 15 minutos que tiene como objetivo crear comunidades autosuficientes donde todo lo que necesita esté a 15 minutos a pie o en bicicleta.
Y ni hablar de ciudades del norte de Europa, en donde esta transformación desde cero lleva ya décadas.
Hasta en Buenos Aires las cosas van cambiando, con sus 300 kilómetros de ciclovías, la ampliación de áreas peatonales y hasta proyectos por ahora aislados como la transformación de varias cuadras de una gran avenida como Honorio Pueyrredón en un parque lineal, un modelo muy criticado por los “conservadores” por su enorme significación cultural y su potencial modélico.

Foto: CABA
Del páramo al paraíso
Pero hay mucho aun por hacer. La gente está tan acostumbrada a dejar paso al automóvil antes de cruzar una calle por una cebra peatonal, aunque tenga el derecho a la prioridad de paso, o a soportar que los autos estacionen en las veredas o en las esquinas o en las rampas para discapacitados, que tal vez sea necesario un cambio aún más radical. ¿Por qué no preguntarse qué pasaría si prohibiéramos los autos por completo o casi por completo en las ciudades? ¿Por qué resulta tan “absurda” esta pregunta y por qué genera reacciones tan violentas cuando alguien la formula, por ejemplo, en las redes? ¿Acaso hay que dar todo por bien hecho, aun lo que está muy mal hecho? ¿Por qué no imitar a Venecia, la ciudad sin autos y quizás por ello mismo una de las más bellas del mundo, que a Los Angeles, ese páramo de cemento y acero?
La pandemia, que hizo que mucha gente se inclinara por medios de movilidad más sustentables, el aumento del costo de los combustibles, el daño que los automóviles producen al medio ambiente, el creciente e imparable aumento del costo del estacionamiento y los seguros, así como de los peajes, todo ese paquete conforma una oportunidad que el planificador con buenas intenciones debe aprovechar para revertir el flagelo del monocultivo automovilista.
Paseando como turista por el mundo he tomado miles de fotos, y cuando vuelvo a mirar las que tomé en ciudades, salvo contadas excepciones, veo en ellas una cosa en común, un bosque de autos que tapan parte de las maravillas que se ven al fondo y que eran el objeto de la foto.

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Imaginate salir a la calle y no ver filas de autos moviéndose y filas de autos estacionados, sino espacios comunitarios, una huerta compartida, un lugar de juegos para niños, árboles, flores y arbustos y, por supuesto, formas de transporte, pero sin que la movilidad sea el eje sobre el cual se diseña el espacio público. Cerrá los ojos e imaginate.
Por Mario García