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En bici por China en pleno brote del coronavirus: miedo y paranoia

Fecha: 18.03.2020

 

Somos Lucía y Alfonso, una pareja de Argentina que hace casi un año empezó a vivir un sueño: una vuelta en bici por el mundo. Llevamos pedaleados más de 14.000 kilómetros por parte de Europa y Asia. A principios de enero, entramos por segunda vez a China a la ciudad de Shanghai.
Es curioso cómo las situaciones límite ponen de manifiesto el instinto de supervivencia de las personas y nos obligan a tomar decisiones extremas. Nuestro pedaleo por el centro y sur de China durante estas semanas fue un viaje hacia las consecuencias sociales que trajo el coronavirus: miedo y paranoia.
Durante los primeros días de nuestra andanza los protagonista fueron el vacío, las calles silenciosas, las escuelas cerradas, mientras el espíritu alegre y característico de este país se iba apagando kilómetros a kilómetro, aún en el contexto festivo del año nuevo chino.
Con el correr de los días el aumento de los afectados por el virus y la repercusión a nivel mundial de esta noticia hicieron que empezara a aparecer la policía en las calles y en las rutas, demostrando una vez más su control sobre la población.


Era frecuente que nos frenaran, nos preguntaran qué ciudades habíamos visitado, nos tomaran la temperatura y chequearan nuestros pasaportes. Esta situación se repetía varias veces en nuestros días de pedaleo. Como cada vez nos costaba más avanzar y hacernos entender y la tensión policial iba en aumento, decidimos elegir pequeñas rutas internas. Fue una buena decisión, pero duró pocos días. Los propios vecinos empezaron a construir barricadas en las entrada de los pueblos impidiendo el paso de quien no era residente. Esta guardia se extendía las 24 horas del día. El sistema de control, idéntico al policial.
Nos sabemos privilegiados por no estar afectados por el virus y no tener a los nuestros en riesgo. Es desde este lugar que empatizamos con la tensión y la paranoia que fue en aumento en nuestras interacciones. Los medios de comunicación enfatizaban la alerta contra los extranjeros y eso se sentía. Se nos empezó a ver como potenciales infectados. Aparecieron los gritos, se alejaban cuando queríamos hacerles alguna pregunta por miedo al contagio, no nos dejaban entrar a ningún pueblo para comprar comida o agua. Solo podíamos pedalear por la ruta, pero eso tampoco duró mucho. Nos topamos con un control policial, el último para nosotros, en el que nos prohibieron seguir camino. Después de algunos problemas de comunicación, intervino la Cruz Roja y nos trasladaron en una camioneta a la próxima estación de trenes, en donde nos obligaron a continuar viaje con destino a Nanning, una de las últimas ciudades al sudeste de China.
Actualmente, hay muchas fronteras cerradas y la mayoría de las aerolíneas cancelaron sus vuelos. Nuestra única opción es aplicar para la visa de Vietnam y continuar en esa dirección.
No nos pasaron mucha cosas «malas» en el viaje, de hecho, creemos que esta es la primera. Y si bien en esta historia lo peor parte se la lleva el pueblo chino, nos queda un sabor amargo de esta huída y preferimos recordarlos con lo más característico de ellos: la inocencia, la curiosidad y las risas efusivas que ojalá recuperen pronto. Salud hermanos.

Instagram @una.vuelta.en.bici | alfonsosisamon@hotmail.com


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